martes, 10 de noviembre de 2015

El soberbio celeste


El soberbio celeste 

Laurencio era un gallardo joven de noble linaje, rica hacienda y fatuo comportamiento, debido más al atolondramiento de la edad, los usos de su rango y el ejemplo de las malas compañías que a su natural condición. Alguna vez se había quejado su ángel de la guarda: «Verdad es que mi Laurencio no ha hecho todavía mal a nadie, pero tampoco ningún bien. ¡Qué lástima que pase por este mundo tan vanamente!».

Los días de Laurencio se consumían, rápidos como la pólvora, cazando corzos por umbríos bosques, derramando naipes sobre la esmeralda mate de los tapetes y tañendo laúdes bajo las ventanas de las muchachas; y su ángel temía que, cuando tuvieran que rendir cuentas en el Tribunal Supremo, no oscilasen, ni por la magnitud de sus virtudes ni por el peso de sus culpas, los platillos del arcángel san Miguel.

Cuando la balanza del Príncipe de las turbas celestes permanece inmóvil y vacía significa «Ni pena ni gloria». Eso es como si se hubiese vivido en estado de hibernación, y el ángel, en situaciones semejantes, se siente fracasado por no haber cumplido su tarea.

Los ángeles guardianes siempre están alerta y preparados para entrar en acción con prontitud. Dentro del orden angélico pertenecen a un cuerpo de élite, puesto que no se limitan a servir de enlace entre el cielo y la tierra, sino que se convierten en nuestros conciudadanos. Por eso, son alistados entre los mejores y no se les concede el cargo sino tras rigurosos exámenes de aptitud. Deben saber asumir responsabilidades, tomar iniciativas, confortar y, lo que es más difícil, respetar las opciones que elija el ser al que cuidan, sean cuales sean, y acompañarlo hasta el final.

Contra lo que se pueda presumir, los seres que deciden emprender el camino de la perfección dan mucho trabajo, su ángel guardián debe mantener continuos combates con el demonio, el muy envidioso, que tratará por todos los medios de llevárselos a su terreno. Hay que considerar que el demonio dispone de un arsenal repleto de engaños y no le importa jugar sucio.

El vínculo que une a una persona con su ángel guardián es muy fuerte, y la responsabilidad recíproca muy grande: sus destinos son gemelos; por eso, por muy bribón que sea su encomendado, hasta el último minuto él hará todo lo posible para convencerle de que le permita defenderlo y ayudarlo. Proteger es la obligación de un ángel guardián, pero en las dificultades que afronte para conseguir salvar estriba su prestigio; por eso, cuando les toca en gracia un ser tan anodino como Laurencio, resulta muy frustrante.

Laurencio parecía un desolado tablero de ajedrez sin piezas para jugar. Su alma era un territorio baldío que no lo reclamaba ni el cielo ni el infierno. Y su ángel languidecía ocioso, cansado de esperar la ocasión de ejercer su profesión.

Cierto día, Laurencio ganó a los dados un condado próspero colindante a sus tierras, y tanto fue su alborozo que, cuando le entregaron las escrituras, desfiló hasta la catedral en procesión solemne. Vistió a sus servidores de gala, para que le dieran escolta enarbolando resplandecientes estandartes. Sus más briosos caballos sacudían penachos de espumosas plumas sobresaliendo de las crines trenzadas, y hábiles jinetes guiaban sus bridas salpicadas de sedosos borlones. Abría el paso una banda de músicos enanos, agrupados por decenas. Primero, la de los clarines, que parecían arrojar flechas, por lo agudo y preciso del sonido; a continuación la de las trombas, rotundas y solemnes, como caracoles minerales; seguían, más atrás, diez pares de timbales estirados semejantes a planchas de alabastro bajo los dedos rítmicos de la lluvia y, por doquier, decenas y decenas de trémulos cascabeles chispeaban al sol más que si fueran gotas de mercurio. Cincuenta niñas vestidas de blanco derramaban mullidos pétalos de almendro para alfombrar el paso de la comitiva y, precediendo al palanquín, que parecía una nave victoriosa de tan empavesado, un gracioso doncel portaba en un cojín de raso llameante el rollo de oro que contenía las escrituras.

Laurencio, reclinado con arrogancia en la tapicería adamascada, respondía complacido a los vítores de la multitud exhibiendo, en su puño enguantado, al más orgulloso de sus halcones. A la derecha, un paje mostraba el cubilete engastado en un vaso precioso y otro, a la izquierda, los dados de su fortuna taraceados de rubíes. Ambas joyas las ofrecería como exvoto en el altar mayor. «Con dados de nácar jugué, condado de Niebla gané», decían las gemas de los dados y el oro del cubilete. Este lema figuraría para siempre en su divisa.

El obispo de Alejandría salió a recibirle a las puertas del atrio, revestido con la mitra centelleante y la capa pluvial cuajada de perlas irisadas en forma de margaritas silvestres. En ese instante, un coro de voces blancas entonó el Te Deum, que es un himno de acción de gracias.

Se abrieron las puertas sagradas y el interior refulgió como un ascua dentro de una gruta. Las sombras se disiparon, se arrinconaron en la más recóndita esquina; justo en el angosto vértice donde los infortunios habían obligado a guarecerse a Valeria. Pues Valeria, al saberse desheredada por su padre del condado de Niebla, acudió a buscar refugio y consuelo en ese santo lugar.

El obispo hizo un movimiento con el bucle de su báculo, invitando a Laurencio a que entrara. Traspasó el joven los umbrales y se adentró en el aire retenido bajo la bóveda; se impregnó del maravillado arco iris de las vidrieras y rasgó la atmósfera moteada de diminutos mundos. Los bordados de sus ropajes relampaguearon y en su peto se avivó el destello del emblema reciente: la insignia del condado que acababa de hacer suyo.

Ahora, contemplando a Laurencio en la cúspide de su esplendor, Valeria sintió toda la realidad de su desgracia y las lágrimas empezaron a empapar el enrejado de sus párpados de nieve. Era injusto que su destino dependiera de unos dados lanzados desde el cubilete de su padre. Era injusto y cruel ser desposeída por quien tenía la responsabilidad de proveerla.

Valeria se deslizó sigilosamente entre la compacta muralla de la muchedumbre, pero el joven presintió el ondulado movimiento de su huida y su mirada acudió rápida e involuntaria, atraída por el imán de la curiosidad. Los ojos de la infeliz Valeria y de Laurencio se encontraron y un irreprimible destello de triunfo desbordó las pupilas del reciente conde. Su ángel comprendió inmediatamente que, por fin, el diablo había movido una pieza en el tablero. «Ahora verás», se dijo. Ahuecó sus alas, sacudió su túnica, desperezó su mente anquilosada por el aburrimiento y se dispuso a presentar de inmediato la contraofensiva.

Después de la ceremonia, se celebró un opulento banquete, y Laurencio estaba tan excitado que no podía quedarse ni un minuto quieto. Así que, sin esperar siquiera a los postres, propuso, como pasatiempo, esconderse en los todavía inexplorados laberintos de su nueva propiedad, pero había comido y bebido en demasía y las emociones de la jornada lo habían fatigado. Y se durmió a la sombra de un tilo que había escogido para esconderse. El ángel, entonces, aprovechó para volar hasta un estanque, soplar, levantar una nube y conducirla hasta el tilo. Una vez que la situó sobre la frondosa copa, desenvainó la espada y la hincó en el vientre henchido de la nube, que, instantáneamente, estalló en forma de copioso aguacero.
El agua, al caer, agitaba las ramas de tal manera que estas, doblegándose, derramaron sobre el joven verdaderos torrentes. Se despertó Laurencio y, como el árbol no le prestaba amparo alguno, echó a correr hacia su casa, pero pronto advirtió que no se hallaba en el frondoso jardín sino en un paraje desconocido y yermo.

Desconcertado, alzó sobre su cabeza su manto de terciopelo, como si fuese un toldo, pero el peso del agua tensó como plomo cada uno de los pliegues y hubo de arrojarlo al fango, incapaz de sostenerlo. Corrió desesperado sin dirección ni propósito, despojándose cada vez de alguna prenda empapada que lo entorpecía. Pronto el jubón bordado y los calzones acuchillados con brocados de oro siguieron el mismo camino que la capa en su destino. Los ricos borceguíes con sus hebillas de pedrería quedaron aprisionados en las ciénagas. A veces caía y, cuando lograba incorporarse, sus dedos emergían con alguna sortija menos, pues el barro la había engullido. Las ramas le golpeaban el rostro y le arrancaban los dijes que pendían de su cuello. El cinto recamado, la espada con la cruz estrellada de diamantes y el damasquinado de su vaina titilaron como luciérnagas antes de hundirse en las huellas blandas que marcaban sus pies.

Así vagó Laurencio, náufrago de la esperanza hasta que a lo lejos, rematando una tierna loma, divisó la espadaña de una ermita. Hasta allí se dirigió el joven buscando refugiarse de la tormenta, que, a pesar de estar bien entrado el verano, no parecía amainar. A medida que se iba acercando, le llegaban con mayor claridad los tañidos de las campanas, hasta que pudo distinguir que doblaban a muerto. Siempre es lúgubre el lamento de las campanas, pero si suena en un descampado y en medio de una tormenta resulta pavoroso.

Justo cuando la noche terminó de apoderarse enteramente del cielo, la mano de Laurencio, como una mariposa aterida, alcanzó la aldaba. No fue preciso golpearla: las puertas se abrieron con tanta facilidad como si sus goznes fueran de manteca. Sin embargo, el joven Laurencio no pudo avanzar, pues un muro de acero invisible se lo impedía.

—¿Quién solicita entrar? —interrogó una voz desde la oscuridad tersa del templo.

—Soy el conde de Niebla —respondió Laurencio.

—No te conozco —dijo la voz, y las puertas se cerraron.

Un aguijón punzó hábilmente hasta abrir una herida en la vanidad de Laurencio; no obstante, se sobrepuso con el bálsamo de la razón: «Es lógico que en este lugar tan apartado no me conozcan como conde todavía», pensó para sí. Volvió a llamar de nuevo y de nuevo se abrieron las puertas y de nuevo interrogó la voz misteriosa:

—¿Quién solicita entrar?

Laurencio respondió entonces:

—El señor del Halcón.

Pero la voz insistió:

—No te conozco.

La ira arreboló la frente de Laurencio y le clavó sus uñas emponzoñadas en lo más recóndito de sus venas, pero el ángel le tomó de la mano y le purificó la sangre con la lenta savia de la paciencia. Cuando estuvo más calmado, el ángel le hizo repetir uno a uno sus gestos anteriores, y cuando hubo de responder a la pregunta, le puso en los labios las palabras siguientes:

—Soy Laurencio; tened piedad de mí.

Y en ese instante el aire se quebró como una ventana atravesada por un guijarro, mientras la voz le decía con infinita dulzura:

—Pasa, Laurencio, hermano mío, y ven.

Laurencio avanzó y, al momento, un coro de voces tétricas entonaron el Miserere mei, indicando que el oficio de difuntos iba a comenzar.

Los ojos del joven Laurencio, como dos girasoles desorientados, traspasaron los atormentados umbrales y se adentraron en la tiniebla de la bóveda, se impregnaron con el aleteante resplandor de los cirios, rasgaron el polvoriento velo de la atmósfera punteada de átomos flotantes y resbalaron por un inmutable océano de cenizas derramadas por cincuenta penitentes.

En el crucero de la nave, un catafalco custodiado por cuatro hachones lívidos atrajo sus pasos sin que en Laurencio interviniera la voluntad.

Laurencio se acercó. En un atril revestido de paños fúnebres, un libro abierto mostraba la tinta, aún fresca, del escrito Hechos de la vida de nuestro hermano Laurencio.

Laurencio comprobó con estupor que las columnas del Valor, el Sacrificio, la Voluntad y la Misericordia estaban vacías y que su vida no estaba explicada por obras o actos de su albedrío, sino por los lances del azar. Entonces, la dulce voz de antes se dejó oír, diciendo:

—Laurencio, hermano mío, ¿de qué te sirve ganar el condado de Niebla si pierdes el imperio sobre tu alma inmortal?

Y como Laurencio solo era un inconsciente, rompió a llorar consternado, y en aquel mismo momento abjuró de todas las vanidades y pompas del mundo. Su ángel se sintió muy aliviado por esta inclinación tan favorable del alma que le estaba encomendada y, sin pérdida de tiempo, le devolvió al lugar donde se había quedado dormido.

Laurencio se despertó muy impresionado por lo que pensaba que había sido un sueño, pero, cuando se vio desprovisto de sus suntuosos ropajes y con restos de barro y de ceniza desde la punta de sus cabellos hasta las plantas de sus pies, comprendió que el prodigio no había sido una ofuscación de sus sentidos abotargados, sino un aviso celestial. Y con las ramas del tilo se construyó una cabaña donde decidió permanecer y preparar cuidadosamente la partida decisiva en la que se jugaría el Reino Eterno.

Pasaba el día orando con fervor y sometiéndose a las más duras y variadas mortificaciones. Cuando llegaban sus servidores para asistirlo, él los atendía arrodillado, los llamaba «mis dueños y señores» y les besaba humildemente los pies. Muchos se burlaban de su conducta por considerarla extravagante, pero él lo soportaba todo con la mansedumbre de un cordero y la sencillez de una paloma. Esta actitud favorecía el descaro de los más desaprensivos, que, en su atrevimiento, acudían hasta la misma entrada de la choza a importunarlo con sus chanzas y su curiosidad.

En cierta ocasión, uno de sus más fieles servidores, que pasaba próximo al lugar, se percató del alboroto que provocaban ciertas personas y que no dejaban con sus risotadas que el joven se concentrase en sus rezos. Prontamente desenvainó la espada para impedir semejantes muestras de irrespetuosidad. Pero Laurencio se asomó a la puerta y le dijo:

—No quiero que por mi causa, dueño mío, se apodere de ti el pecado de la ira. No te enojes, pues, con ellos; más bien agradéceles su empeño, pues me están procurando los más valiosos triunfos para la jugada futura.

Ni que decir tiene el contento del ángel al verlo tan mudado de parecer y entregado a tan distintas ocupaciones.

«Eso del sueño fue una excelente idea y ya está produciendo sus frutos», comentó para sí muy ufano. Y añadió: «¡Cómo me gustaría verlos!». El ángel sabía que no podía abandonar a Laurencio, pero sentía grandes deseos de comprobar los méritos que ambos habían conseguido; así que, mientras lo dejaba arrebatado por un éxtasis, voló a la región del Edén.
En ese maravilloso lugar estuvo una vez el Paraíso, pero, desde que se clausurara para las criaturas de este mundo, se destina a hacer germinar las raras plantas que las almas hacen crecer mediante sus obras. Es un jardín privilegiado por la calidad de su tierra y la bondad de su clima.

Entró el ángel de Laurencio y observó los hermosos macizos de azucenas de las almas puras, la exacta geometría de las rosas de los místicos, los frondosos árboles de mostaza de los apóstoles, las airosas palmas de los mártires, los radiantes botones de oro de los generosos, los inflamados claveles de los compasivos, los amoratados lirios de los penitentes, los fragantes cedros de los justos y las interminables veredas de romero de los peregrinos errantes. Pero cuando llegó a la parcela de Laurencio solo encontró, empinándose apenas entre el acolchado húmedo del trébol, una fragante violeta.

«No puede ser», se dijo el ángel, «que mi Laurencio se merezca nada más que esta insignificante flor», y regresó velozmente a la choza del joven con el firme propósito de convertirlo en el más santo de todos los santos.

Es sabido que el alma, aun cuando no tenga nada malo que reprocharse, puede presentar ciertas inclinaciones que la aten y distraigan, y aunque no tienen por qué ser nocivas sí pueden ser inconvenientes. El ángel, ni corto ni perezoso, se propuso entrar en el interior de Laurencio dispuesto a una limpieza general. Debía hacer desaparecer cualquier resto de su vida pasada que le impidiera actuar con libertad absoluta.

Hay en las personas tres clases de apego que condicionan sus decisiones individuales. El primero, que es el más difícil de suprimir, adhiere los bienes materiales al alma; el segundo, menos dificultoso, la entretiene con preocupaciones mundanas; y el tercero, más rápido en desaparecer, es el lazo que suponen para el albedrío los afectos terrenos. Como el símbolo de la purificación es el fuego, a estas tres pasiones se las conoce como apegos de leña, de heno y de paja, según sus diferentes grados de combustión.

El ángel de Laurencio había resuelto que su custodiado abandonara este mundo limpio de toda miseria, dependencia y vanagloria. Nada más llegar hasta él le puso en la mano una tea y lo sacó del éxtasis para que, destruyendo todo lo que poseía, se librara de la servidumbre que dividía su corazón.

El lastre de todos los leños que le atenazaba el alma ardió con el palacio y los establos, con los bosques y los frutales, con las balsameras de los parterres y la simetría de los setos. Huyeron sus halcones domesticados destrozando los espejos fulgurantes del aire; se desbocaron sus caballos predilectos con las crines parpadeantes de chispas, y sus jadeantes jaurías corrieron arrastrando tras sí el cuero de las traíllas, delgadas como víboras y raudas como su veneno. Todo era confusión y desorden, pero Laurencio permanecía en paz observando cómo su imperio se le desprendía como una torre de azúcar bajo la lluvia. Su alma quedaba lisa como la orilla que ha lamido la marea.

El diablo, enfurecido, viendo que se le escapaba de las manos un botín que siempre creyó seguro, hizo girar el remolino de sus satélites, que se dispararon lanzando horribles alaridos. A cada uno de ellos le conminó a utilizar sus malas artes y oficios de encantamiento a ver si lo recuperaba otra vez.

El primero en entrar en acción, el Diablo de la Culpabilidad, se disfrazó de madre de Laurencio y, cuando el joven se encontraba entregado a sus oraciones, se presentó ante él y se puso a decirle que mirara lo que había hecho, que si no se compadecía de la penuria a la que la había condenado, que si es que no tenía corazón, al haber arrastrado a sus hermanitos pequeños a pordiosear de puerta en puerta...

—Hijo —se lamentaba la fingida madre—, nos has puesto en las lenguas de toda la comarca.
Pero Laurencio, aunque su corazón sangraba de dolor, le volvió las espaldas y le dijo las palabras que le dictó el ángel:

—Mujer, no hay para mí otra familia que la del cielo, así que vete en buena hora y no me perturbes con tus lloros, ni me entretengas con tus preocupaciones temporales, ni interrumpas con tus charlas mis conversaciones con el Señor.

Tales fueron las palabras de Laurencio, por lo cual el compinche del Sultán del Averno hubo de marcharse con el rabo entre las piernas.

«Esto va muy bien», pensó el ángel, con gran satisfacción. «Es bueno que se halle bien dispuesto a aceptar segregarse de sus gentes porque así podré purificar sus afectos y conducir su voluntad hacia los asuntos que más convienen a su espíritu.»

Laurencio, junto con las adherencias de leño, se despojó también de las de heno y de las de paja; por eso las cosas del mundo y los lazos familiares los consideraba faltos de interés y dignos de desprecio. La mayoría lo llamaba loco, pero otros empezaron a considerarlo santo.
Prestar oídos a ese transitorio galardón que es la fama le hacía sentir al ángel el orgullo de su dominio y quiso someter a su protegido a una prueba mucho más comprometida: lo llevó a vivir bajo el mismo techo que Valeria. Así se certificaba la obediencia y la fortaleza del joven.

Después de aquella desdichada partida de dados, el padre de Valeria, no pudiendo soportar la pérdida de sus bienes, la deshonra de sus blasones ni el peso de su irresponsabilidad, se había precipitado al abismo de la locura empujado por los remordimientos. Valeria quedó sin otro patrimonio que su juventud y sin otra herencia que el hermoso rostro materno para hacer frente a la vida. También ella tenía hermanos pequeños a los que sacar adelante y no podía permitirse el lujo de amilanarse ni de autocompadecerse. Soltó la cascada de sus trenzas y buscó el sitio donde sus efímeros dones fuesen valores de cambio y el perfeccionamiento de sus habilidades le garantizase una inmediata recompensa. Ese sitio era una casa de mala fama, la peor de Alejandría.

Laurencio entraba todas las mañanas en la alcoba de la esquiva muchacha que tantas veces lo había desdeñado, le cambiaba las sábanas del agitado lecho y la atendía solícito en todo lo que ella pudiera necesitar. Entre ellos jamás se cruzaron palabras de reproche, ni gestos altaneros. Laurencio, en todo momento, mantenía la mirada baja con gran modestia, y tanto él como ella tuvieron la delicadeza de fingir no reconocerse. Pero, como es natural, los demonios eran incapaces de asistir a este espectáculo sin temblar de rabia y sin planear la perdición de los dos.

Sucedió entonces que el Diablo de la Melancolía susurró en los oídos de Valeria el recuento de los días felices. Esta estrategia de la evocación tiene como fin dejar al descubierto las partes más débiles y vulnerables donde abrir una brecha fácilmente. A continuación apareció el Diablo del Despecho. Este diablo tiene una lengua afilada con más terquedad que la navaja de un esbirro y la usa con perseverancia y habilidad. Nada más terminar el trabajo de ambos, que no era otro que el de abrir de par en par las puertas al desasosiego, apareció el Diablo de los Deseos Desordenados y, en vista de que tenía el camino libre, se le instaló en el pecho como una garrapata.

Valeria se retorcía las manos, se mesaba los cabellos, se golpeaba la cabeza contra las paredes sin lograr sacarse de dentro el reproche de las oportunidades perdidas.

—Tantas veces quiso bailar conmigo y le dije que no... Tantas veces cantaba bajo mi balcón y yo sin salir. .. Tantas veces, cuando era dichosa, no reparé en él y ahora es él quien ni me mira.

Valeria se pasaba las horas obsesionada con ello, hasta que consiguió convencerse de que estaba enamorada de él y que tenía que lograr por todos los medios ser correspondida.

Llegado a este punto, el Diablo de los Deseos Desordenados comprendió que ya la tenía en su poder. Entonces urdió la manera de persuadir a la muchacha para que firmara un contrato sacrílego. Por medio de este escrito, Valeria cedería eternamente su alma al diablo a cambio de un solo momento de amor con el joven Laurencio.

—Está bien —consintió Valeria, aturdida.

—Dentro de una hora y tres cuartos ve a tu alcoba y aguarda, que conduciré hasta ti lo que tanto ansías —le prometió el diablo.

Con este fin, el Diablo de los Deseos Desordenados se disfrazó de Laurencio y se fue a redactar el contrato para dejarlo a punto de rúbrica.

Cuando el ángel de Valeria se percató de semejantes preparativos se dijo a sí mismo que no sería prudente dejar correr las cosas y que bueno estaba lo bueno: había que recortarle las alas a cierto ángel. Así que, con las mismas, se apareció al ángel de Laurencio:

—¿Eres tú el guardián de una tal alma privilegiada que se está haciendo santa a costa de la condenación de las demás? —le abordó sin preámbulos en medio del pasillo donde el ángel observaba embelesado los trances de su Laurencio.

—¿Por qué me hablas con tanta insolencia? —contestó el ángel de Laurencio, muy molesto por esa interrupción.
—Porque por culpa de tu Laurencio mi Valeria se pierde.
El ángel le respondió con altanería que qué le importaba a él la salvación de una cortesana cuando su misión era servir a un elegido de Dios.
—¿Elegido por Dios o por ti? —Quiso precisar el ángel de Valeria—: mientras tu Laurencio se flagela con zarzas, su madre está agonizando en un hospital sin más auxilio que el que le proporciona mi Valeria. Tu Laurencio solo busca su beneficio y sin embargo ella hace el bien sin esperar ningún provecho. Y si tu Laurencio, en vez de incendiar la comarca y arruinar a todas las familias, arrebatando las obras del Señor con su soberbia desmedida, se hubiera casado con mi Valeria...
Pero el ángel de Laurencio le interrumpió, advirtiéndole que se dejara de vulgaridades, y que desde luego él no era un casamentero ni iba a consentir que un alma privilegiada anduviese en tales contubernios con nadie.
Ante estas arrogantes declaraciones, el ángel de Valeria convino en que todo era inútil, pues el que debía ser su aliado estaba más poseído de sí mismo que el propio Lucifer. Y, punto en boca, sin esperar más ayuda que su iniciativa, trazó su plan y se puso manos a la obra, porque había que darse prisa.
Se reunió de nuevo con Valeria, que, agitada, esperaba ya en su alcoba; entonces, tomándola de la mano, la escondió detrás de la cortina. A continuación, se acurrucó en la cama de la joven y se envolvió en la colcha para que no se descubriese la suplantación.
Enseguida entró el Diablo de los Deseos Desordenados disfrazado de Laurencio, y fingiendo motivos de pasión y demás, se arrimó a la cama. Pero el ángel, al sentir la proximidad de su aliento de azufre, dejó asomar su pie diminuto, lo apoyó en el pavimento y suplicó con la voz de Valeria:
—Desatadme mis sandalias, os lo ruego.
El diablo, muy galanamente, se arrodilló y le desanudó las cintas y, así que hubo terminado, comentó el ángel:
—Que Dios te lo pague con largueza.
Al oír el nombre de su gran enemigo, el Diablo de los Deseos Desordenados se revolvió y el que parecía ser Laurencio tomó forma de resbaladiza serpiente, que huyó rugiendo despavorida.
En ese instante, el contrato sacrílego estalló como una estrella en el silencio de la noche, y Valeria, comprendiendo el peligro del que había escapado, fue a buscar al verdadero Laurencio y a pedirle perdón, por haberlo querido involucrar en su desatino, mientras sus ojos vertían raudales de lágrimas. Tan sincera fue su contrición que murió allí mismo, y su alma, convertida en purísima paloma, voló al cielo.
—Ruega por mí, Valeria, puesto que me precedes en la bienaventuranza —alcanzó a encomendarle Laurencio, conmovido.
Cuando el ángel de Laurencio oyó que una cortesana intercedería por su protegido ante el Tribunal Supremo, se metió en una hornacina que había en el muro y dio la espalda a todo cuanto acaecía.
Y Laurencio quedó excluido del halo protector.
Como cuando se desploma la carpa de un circo, Laurencio se encontró sin sujeción y sin asideros; sin instrucciones que seguir y sin espejo que lo reafirmara. El abandonarlo a su propio albedrío fue sentenciarlo a morir en medio de un desierto. A su alrededor solo había noche y desolación y perplejidad. Estaba acostumbrado a estar atendido, apoyado y guiado exclusiva e incondicionalmente; por tanto, también estaba convencido de su incapacidad para obrar y discernir.
—No soy nada. No sé nada. No tengo nada. No sirvo para nada. No importo nada —se repetía obsesivamente.
Su corazón era un torbellino, su pensamiento una pesadilla, y su única aspiración era acabar con esa sensación de no ser.
—Yo me había desgajado del mundo. Yo no esperaba nada del mundo. Yo no necesitaba nada del mundo. ¿Por qué me duele tanto el sentirme aparte?
Laurencio estaba desorientado y confundido. Tanteaba en las sombras buscando una puerta que lo abocara al abismo definitivo o que lo devolviera a su antigua seguridad. Se hirió los nudillos golpeando, enronqueció llamando y sus ojos se fatigaban aturdidos por los confines blindados de su corazón. Hasta que consiguió distinguir un hilito, muy tenue, de esperanza. Apareció de improviso sin que le fuera posible precisar si era un presentimiento o una señal fiable. Sin embargo, conforme insistía en esclarecerlo, se hacía más consistente su presencia. Se aferró a él como a un salvavidas. Tirando de él pudo ir separándolo, desenredándolo de la angustia poco a poco y ordenarlo en un ovillo listo para guiarlo hasta la salida. Y así escapó.
Laurencio miró en torno suyo y supo que su anterior conducta había significado para los demás tragedia, desesperación y daño: que sus supuestos méritos se asentaban en la desgracia ajena y que se había confinado en sí mismo, al margen de los conflictos y los deseos que no fueran los propios. Comprendió que si era difícil encontrarse y reconciliarse consigo, mucho más lo era el reconocer a cada uno de los otros y diferenciarlos, aceptarlos. E incluso aprender de ellos.
Entonces, llamó a los que tan inconscientemente había desheredado, los reunió a todos y juntos se fueron a los valles que él una vez arrasara, y con sus propias manos cultivaron la maltratada tierra hasta hacerla germinar. Y conforme los valles producían sus frutos, la parcela de Laurencio florecía en el jardín del Edén.
Se acabaron los amos y criados. Nadie hacía manifestaciones de mortificación ni de bondad. Eran sencillos. Vivían con alegría en la fraternidad del esfuerzo y la plegaria. Quizá Laurencio ya no accediera a las altas regiones de los éxtasis, pero recogía experiencia y obtenía una visión más amplia y completa de las cosas. Quizá ahora tuviese más dudas y más equivocaciones, pero se ejercitaba en distinguir y en escoger. Por fin, la humildad le hizo entender que él no era la regla de oro ni el centro del universo y que lo que estimaba como un bien para sí no tenía por qué ser un bien para los demás.
Un día, Laurencio observó que el laurel que sombreaba la casita que todos compartían se había inclinado hasta formar una guirnalda estrechísima con una frondosa mata de valeriana. Conoció en ello la proximidad de su hora. Convocó a sus amigos y les recomendó que su marcha no los entristeciera. Salió, pues, el alma de su cárcel mortal y se fue hasta la hornacina donde su ángel aún persistía, rebeldemente, con la cara contra la pared.
—Ven conmigo, ángel mío —dijo Laurencio—, pues hemos de comparecer ante el Tribunal Celestial.
Pero el ángel no dio muestras de inmutarse y Laurencio no tuvo más remedio que cogerlo en sus brazos como si se tratase de una criatura. Con él a cuestas se llegó hasta el jardín del Edén, y el ángel, entre las rendijas de sus alas, pudo advertir con estupefacción que la parcela de Laurencio estaba esmaltada de las más bellas flores. Pero Laurencio pasó entre ellas con indiferencia y se acercó hasta la pequeña violeta escondida. Entonces la cortó y, mostrándosela al cielo, dijo humildemente:
—Señor, he aquí la única flor que Laurencio y su ángel han sido capaces de merecer; vuelve hacia ella tu rostro y sé propicio.
El ángel se apartó las manos del rostro y, mirando atónito el espléndido vergel al que renunciaba, quiso protestar. Pero Laurencio replicó:
—Somos responsables el uno del otro, ángel mío. Tenemos que salvarnos juntos o juntos perecer.
Al oír esto, brotaron dos perlas de las pupilas del ángel, lo cual significaba que lloraba y que todas las tretas de su soberbia habían concluido, y, como por milagro, una flor idéntica a la de Laurencio perfumó sus dedos de marfil.


Cuando se tiene a alguien a nuestro cuidado, existe la irresistible tentación de considerarnos su dueño. El que nos necesiten nos puede hacer creer que somos indispensables y que todo deban recibirlo de nuestras manos; el que dependan de nuestra aprobación nos convierte en jueces infalibles. Nos sentimos todopoderosos si conseguimos que obren conforme a nuestros criterios. Cada éxito nos lo apuntamos como un logro personal. Cada fracaso suyo nos decepciona. Nos gusta sentirnos orgullosos por lo que consideramos nuestra obra, y cuanto mayor sea nuestra dedicación más nos persuadiremos de que nos merecemos que cumplan nuestras expectativas. No nos damos cuenta de que con esa manera de conducirnos no ayudamos, ni educamos, a un ser individual: estamos pretendiendo modelar nuestra réplica.

Es agradable contemplar fuera de nosotros el reflejo ideal de nosotros mismos, por eso les exigimos que nos confirmen lo sabios que somos, lo atinados que estamos y la razón que nos asiste. Con la excusa de que obramos por su bien, los avasallamos imponiéndoles nuestras aspiraciones y proyectándoles nuestros temores y recelos. La experiencia nos autoriza a manipular sus decisiones y apreciaciones hasta conseguir la perfecta simetría.

Es difícil determinar dónde acaba la responsabilidad y dónde empieza la absorción de otro ser. Es difícil no intervenir cuando estamos convencidos de que podemos darle lo que le conviene. Es difícil no empeñarnos en procurárselo. Es difícil no obligarle a que acepte lo mejor.

Cuidar no es poseer, acompañar no es anular, defender no es impedir. Un verdadero ángel guardián no debe preservar de las pruebas ni de las equivocaciones que ejercitan el albedrío. Su misión consiste en dotar de autonomía y de responsabilidad propia a los actos, en despertar en los corazones una conciencia moral que otorgue autoridad interior.

Sin embargo, hay padres, madres, maestros o guías capaces de renegar de la persona a su cargo si no se ajusta a sus pretensiones. Se enfurecen si no les devuelve la imagen de ellos que esperan. Quieren ser los artífices de una criatura perfecta, y no soportan que el material que manejan sea una identidad propia con sus limitaciones, sus rebeldías y sus sueños.

Ni perdonan que las respuestas estén en otro lado o la felicidad en otra casa o las metas en otras ambiciones. No comprenden que su obligación empieza con sembrar y termina en cuanto despunta el brote. Después, sea cual sea la cosecha y la recoja quien la recoja, no deben afanarse, porque el campo no es suyo. Su responsabilidad concierne a la calidad de la semilla: si es buena, tiene muchas probabilidades, nada más. Es bueno que el ángel confíe y nos deje caminar sin sujeción. Es bueno que nos alejemos de su halo.

La inocencia es un estado original, pero la construcción de nuestra individualidad es un ejercicio de fortaleza. Y, si nos ama de verdad, debería alegrarse de lo que hemos descubierto, aprendido y superado; debería alegrarse de lo que estamos en disposición de ofrecer.


Ese día, a la hora undécima, todos los puros de corazón vieron cómo un ángel y un alma, con las manos enlazadas, se elevaban desde poniente hasta el trono del Altísimo impulsados por las hélices de dos diminutas violetas. Y, desde entonces, son ensalzados en la presencia del Señor por los siglos de los siglos.

del libro: El Lenguaje Secreto de los Cuentos - Ana Rosetti

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miércoles, 4 de noviembre de 2015

Optimismo en la vida diaria


OPTIMISMO EN LA VIDA DIARIA
No obstante estar rodeados de condiciones aparentemente desalentadoras en que vivimos los seres humanos, no debe influir en nuestra fe, el hecho de que todo trabaja hacia el bien final. Las circunstancias pueden ser tenidas en cuenta como un desafío, una oportunidad de progreso.
Max Heindel afirmó en una de sus obras: “El Ego tiene, delante de si, una vida eterna de progreso. Las limitaciones son una irrealidad, porque el Espíritu es una Chispa del Infinito, capaz de desarrollar todas sus potencialidades”. En el “Concepto Rosacruz del Cosmos” también leemos: “Nos cumple buscar siempre el bien oculto en todas las cosas”.
Esa bondad innata del ser humano se expresa muy sutilmente, porque no puede, debido a su propia naturaleza, ser percibida en medio del clamor y la agitación de la vida mundana. Todos están muy prontos y atentos a notar las fallas humanas, los hechos y las circunstancias desagradables, como si todo eso fuese auto-sustentable. Esas fallas y circunstancias ocurren debido a que los hombres las alimentan con sus pensamientos y sentimientos negativos, realmente no tienen vida propia.
Los pequeños actos de bondad practicados diariamente por todas aquellas personas de nuestro medio ambiente, muy a menudo pasan totalmente desapercibidas. Todo eso ocurre porque valorizamos en forma por demás excesiva todas las situaciones dramáticas, las actitudes que pretenden aparecer como muy valientes o grandilocuentes.
Debemos observar a nuestro alrededor cuantos héroes que actúan en forma anónima, siempre dispuestos a sacrificarse por el bienestar de sus semejantes, sin esperar nada a cambio. Mientras tanto, nadie les exalta su capacidad de hacer el bien. Nunca se los honra ni se les concede ningún homenaje.
Por último, por más que se agraven los problemas, debemos siempre conservar nuestra fe en el bien final, pues la bondad innata del hombre triunfará finalmente sobre todo lo que es negativo.-
Gilberto Silos
Artículo traducido del Boletín ECOS del Centro Rosacruz de San Pablo, Brasil.


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La verdadera Sabiduría


LA  VERDADERA  SABIDURÍA

En la literatura esotérica encontramos en forma reiterada la palabra sabiduría, como definiendo a una cualidad superior que poseen algunos hombres.
            Existen varias definiciones de la palabra sabiduría, más todas ellas son incompletas si no contienen el amor. Sin ese ingrediente esencial, la sabiduría, cuando mucho, será apenas un simple conocimiento, erudición, aguda percepción de las cosas.
            El conocimiento puede ser usado tanto para el bien como para el mal. Más en la sabiduría encontramos intrínsecamente manifestado el poder del amor, lo que por si mismo indica su naturaleza superior y altruista.
            Sin manifestar amor una persona nunca puede ser sabia por cuanto solamente esa virtud la inspirará a renunciar a sus intereses personales utilizando sus conocimientos en beneficio de los demás.
            Nos dice Max Heindel en su libro Enseñanzas de un Iniciado: “La verdadera sabiduría es siempre el fruto de la unión de la mente con el corazón, porque ninguna enseñanza que carezca de estos complementos puede ser llamada sabia. La naturaleza del hombre es compleja y las enseñanzas que realmente lo ayudarán a purificarlo y elevarlo espiritualmente, deben necesariamente abarcar también múltiples aspectos.
            La sabiduría nunca puede ser enseñada ni dominada en un breve lapso de tiempo. Ella se desarrolla por medio de las experiencias recogidas en muchas y muchas vidas La naturaleza establece que cualquier atributo divino requiere, para su evolución, un largo período de maduración. Algunas plantas crecen de noche ya que no soportan la luz del día por tener una gran fragilidad. Otras demoran décadas para alcanzar la edad adulta, convirtiéndose en árboles tan fuertes al punto de mantenerse incólumes soportando las mayores borrascas.
            Lo mismo ocurre con la sabiduría. Lleva mucho tiempo para desenvolverse, más, luego de que esto ocurre se torna  inextinguible.
            El desenvolvimiento de la sabiduría en la  humanidad, así como el desarrollo del conocimiento, tuvo sus orígenes en la “Caída”. Una vez que el hombre tomo la función creadora en sus propias manos, acabó por dejarse dominar por el sexo. Por consiguiente, el uso inmoderado de esa función, tuvo como resultado la  cristalización del ser humano y lo identificó cada vez más con el plano material. A partir de ese evento surgió la necesidad del abrigo, la alimentación, la salud, la seguridad. Fue entonces el hombre obligado a pensar y actuar de tal manera que pudiera satisfacer sus necesidades inmediatas.
            Con el tiempo aprendió a pensar en el futuro empeñándose en la prevención del frío y del hambre. Ahora, al ser motivado por la compasión, algunos hombres se esfuerzan por auxiliar a sus hermanos menos afortunados para que sean liberados de tales amenazas. Aplican en esa actitud de benevolencia,  el conocimiento y el corazón. En resumen, utilizan la sabiduría. La verdadera salvación consiste, según el entendimiento de Max Heindel, en la aplicación del conocimiento atemperado por el amor, siendo esta la verdadera sabiduría.-
                                                                                                               Gilberto Silos      
ASOCIACION INTERNACIONAL DE
CRISTIANOS  MISTICOS MAX HEINDEL
Colombres 2113 – Bº Lomas de San Martín
5.008 – Córdoba – República Argentina


Agradecemos al Sr. Raúl Sasia, por este aporte.

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sábado, 31 de octubre de 2015

LEXIS NOVO










LEXIS NOVO 
– El Nuevo Verbo (Interpretación sobre lo traducido al 11/07) 

Esta “interpretación” o “vivencia personal” del Lexis Novo surge de los primeros trabajos sobre ellos, comenzados en vida del Prof. Stelardo y aún en proceso…

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           LEXIS NOVO – Es el Nuevo Lenguaje para expresar el Verbo, el Verbo de la Humanidad como un Todo, como Unidad.
            La “experimentación” (vivencia) de estos Tercetos parece ser una forma de revincular al hombre con su Alma. La “contemplación activa” de los mismos, debería resultar un medio para percibir lo que somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos y por qué... 
           Si partimos de supuesto de que “materializar el espíritu” y “espiritualizar la materia” son los extremos de un único proceso, podríamos decir que éste tiene al Creador en un extremo y al hombre en el otro, y en realidad sería en el medio dónde el Creador puede actuar a través del Hombre o mejor dicho dónde el Hombre con Verbo es un Creador, lo cual sólo será posible entregándose y dejándose guiar por el Alma y no por la personalidad. A esto refieren los primeros 11 Tercetos. 
       Es el planteo de cómo interactúan forma y esencia (el Hombre y su Alma) y de cómo el Verbo evoluciona a través de sí mismo, de la unidad a la multiplicidad y luego nuevamente a la unidad. La vibración producida por la verbalización de los tercetos hace evolucionar al Huevo-Hombre-Alma-Grupal que bien podríamos representar en el punto medio de encuentro entre materia y espíritu, siendo la resolución trina de la dualidad espíritu-material.
          Y cómo se llega allí? A través de la pureza de intenciones, del desapego y de la despersonalización de la obra... Por ello en el “Hábil Corazón” florece y tiene su ser la “Blanca Rosa”.
       Hablan de Proserpina estableciendo su vínculo de Fuego en la Tierra y esto es muy importante...
     También hablan de Stella Fulgen, una fuerza viviente, un rayo que ilumina a la Vida desintegrando a Maya. Será tal vez éste el vínculo de Fuego de Proserpina?. 
     Así, vemos que es el final de los primeros 11 Tercetos, la primera etapa del ciclo del descenso del espíritu a la materia y del despertar del hombre. 
       Más luego, al realizar el hombre sus bodas alquímicas (Coito Mágnum) la Naturaleza fluye a través del Ser y es influida por el Ser. 
       Es así que Proserpina se establece en la Tierra (vuelve del Hades) uniendo su Fuego singular (y dual) al Fuego trino de la unidad. Se termina un ciclo a través de un vínculo de Fuego. El hombre se establece como Divinidad de Fuego en la Tierra y la Humanidad rompe sus cadenas y se libera de sus ataduras al proceso material. 
     Y es así como el Ser Pleno individual vehiculizará al Ser Pleno Universal. 
      La unión con el Fuego reconquista a la Divinidad para el Hombre (como Humanidad) a través del Verbo y lo que expresan los primeros 11 tercetos es que la cadena que detiene al Ser en evolución será rota sólo por la Acción de él mismo, bajo el imperio de su Voluntad. 
     El hombre primero se re-crea a sí mismo, luego re-crea a la Naturaleza y por último re-creará al Hombre como Humanidad.
     Primero fueron las revelaciones Ezequiel, luego las del Evangelio de San Juan y ahora, las revelaciones a través de Lexis Novo son como un nuevo Apocalipsis.
    Juan el Bautista bautizaba con agua (con luna, con una sola fuerza, la de la noche)... procedía de una etapa anterior, una etapa de pluralidad, de “yo grupal”, es decir sin individualidad. 
    El Cristo trajo la auto-iniciación del individuo auto-conciente, a través del bautismo en Fuego (proceso narrado por Juan en el Apocalipsis). El hombre conquista el Yo Soy a través del dominio de las 6 fuerzas solares (de amor) + 1 lunar (de sabiduría). Por ello la Luna llena es Sabiduría más Amor.
     Y así la trinidad Sol-Luna-Tierra tienen por finalidad el desarrollo del Yo Soy, de la autoconciencia, que a través del ejercicio pleno de la Voluntad conquistará el Verbo Creador.
     En la etapa “Lunar” el hombre logró sabiduría, en la Tierra debe desarrollar y perfeccionar el “Amor” y en el final de este ciclo será la “Acción” de su Voluntad la que lo llevará a evolucionar hacia la luminaria Venus (no el planeta) como Humanidad.
     Los Tercetos hablan de una iniciación a nivel de la Humanidad como un todo... Porque ahora el hombre debe comenzar concientemente a ir más allá... Del individuo al grupo, al revés de la etapa anterior. 
   Y cuál es la diferencia? Que en la etapa lunar del yo-grupal no existía el “Yo”, ahora el “Yo” debe concientemente ser un canal para el “Grupo” Humanidad. Es el tiempo de la “Acción”. 
     Y cómo será esto? Será como sucede con las abejas... 
    El Fuego del hombre “maduro” produce la “miel” que alimenta al hombre-larva hasta que la miel llene todo el huevo (colmena) de la Humanidad y se pueda producir la primera migración, que no es en realidad la primera, pero sí lo es para este ciclo, para esta quinta raza.
     El hombre-abeja se transforma así en la misma miel (alimento), siendo a la vez materia prima, obrero y obra.
    La miel vendría a ser algo así como la “energía de acción” que el Verbo pone en movimiento con su Voluntad. Pero los hombres, vehículos y resultados, son Uno más allá del velo de la ilusión, en los planos sutiles.
      Es la colmena (el huevo) llena de miel el Alma de la Humanidad ya iniciada. 
     El Hombre está en el Alma y el hombre (cada uno) puede expandir su conciencia y ser concientemente el vehículo a través del cual el Alma se manifieste singularmente, pero también puede lograr ser un canal para la manifestación del Alma Grupal.
    Así el hombre-canal-abeja entrega su vida, su existencia, para ser un vehículo de manifestación de la Vida y se convierte en un Prometeo, que “roba” el Fuego de los Dioses para alimentar a los hombres de barro (hombres-larva).
   Somos seres espirituales teniendo una experiencia en la Tierra, pero esta es una verdad que palpita silenciosa en el recinto dormido mientras desde el otro extremo nos empecinamos en la creencia de ser seres físicos (humanos) teniendo una experiencia Espiritual. 
    Luego de la iniciación a nivel de Humanidad, vendrá la migración a través del huésped germinal... la semilla de la nueva vida, de la nueva colmena... Una nueva mutación de la especie Humanidad, una y única que habiendo sido “iniciada” -y en un paralelismo con el hombre- “al morir no morirá”. 
     Pero mientras el hombre se crea un ser humano intentando tener una experiencia espiritual no habrá Verbo encarnando en la materia, su acción no nacerá del mandato de la Voluntad Universal, es decir del Espíritu y su creación no estará vivificada por la esencia del Alma porque no estará guiada por ésta.
     Este Huevo es como un punto en el centro del círculo, pero cuando se expande y su energía se libera más allá de sus propios límites, él llena todos los espacios vacíos y traspasa la circunferencia... emigra. 
     Antes del amanecer... de la vida nueva. 
    La comprensión y experimentación de los Tercetos llevará a la iniciación del Hombre como Humanidad. Se tensa el arco-útero para este nuevo nacimiento y el silencio se transforma en Verbo, es decir pasa de la inactividad a la Acción conciente, guiada por la Voluntad Universal. 
    En el primer grupo el hombre se auto-inicia y se convierte en un Creador con Verbo. 
   Los segundos 11 Tercetos hablan de la etapa cúspide, del punto medio, pero mientras la evolución sigue se comienza a gestar una nueva etapa. Esto ocurre en el tercer grupo de Tercetos... 
   En este segundo grupo se anuncia una iniciación a nivel del Hombre como Humanidad, por la Acción individual pero conjunta de los hombres abeja que llenan la colmena con la miel que alimenta a los hombres larva. El ciclo está asegurado...
     En el tercer grupo se anuncia el tiempo de la migración, el nuevo nacimiento. Se prepara el advenimiento de la nueva colmena...
    Los 33 son le mensaje y el medio, pero también son una advertencia.
    Tercetos 12 al 22: 
   El segundo grupo de tercetos es según mi entender, el momento presente, lo central del Lexis Novo, del nuevo Verbo, el Verbo de la Humanidad... Porque lo recreado en los tercetos 1 a 11 es una clarificación del mensaje sobre el camino que del hombre cuando comprende su destino. Entonces “La Rosa de Sal vence al espejo y el Trébol domina la Tierra”. “Sic transit Gloria Mundi”. 
   Los hombres-larva viven en sus celdillas hexagonales (six stella) que no alcanzan a percibir. Es la estrella de 6 puntas, los triángulos de oro y planta, etc., pero sólo perciben el cubo dentro de ellas, el cuaternario de la manifestación (cuadruplex dono).
    La miel es como el maná, alimento de los Dioses. Sólo que estos DiosesLarva potenciales, aún duermen en un estado de existencia germinal. Los hombresabeja producen la miel del accionar de su Alma y así mantienen el orden y alimentan a las futuras obreras. 
    Y finaliza diciendo... “predice el Verbo, en la morada de los Dioses (colmenaHombre), el siguiente en llegar a Ser.” El hombre-Dios (abeja) será el canal (Verbo) de la manifestación del Hombre-Dios (Humanidad).
    El Alma Grupal de la Humanidad será “el siguiente en llegar a Ser”, el siguiente en llegar a la manifestación como una unidad, a través del canal de la pluralidad que dejará de ser tal. 
   Si tratamos de explicar este “salto” evolutivo sobre el árbol de la Cábala, podríamos hacerlo de la siguiente forma: 
   La Humanidad presente tiene planteado como desafío llegar al Cristo, a Thipheret, al Sol, pero la revelación del Lexis Novo nos habla de un ir más allá. 
     Tal vez será en Daath, donde el Hombre vehiculiza el Viento Cósmico (Universo estrellado). El centro, la unidad existencial del Ser ya no se representará en su corazón sino en el centro de su cabeza. 
    Partiendo de la base de que las cadenas-rondas-razas que se van sucediendo en la evolución del Universo se superponen en su transición y no comienzan ni terminan abruptamente, es que comprendemos como la revelación de esta futura ampliación del “horizonte” tiene por misión un efecto de arrastre hacia “arriba” de la Humanidad como un todo, siendo los punteros los nuevos Hombresabeja, las nuevas semillas.      El mensaje de Lexis Novo ha sido en estos tiempos revelado a la Humanidad en latín y ello no ha sido por casualidad. 
    Siendo éste un idioma muy rico en acepciones y significados permite infinidad de traducciones a otros idiomas. Tantas, como osados hombres que se arriesguen a sumergirse en la decodificación de su mensaje.       Y tengan la certeza de que cada quien encontrará una “traducción” afín a su tiempo y lugar en el Sendero; un mensaje que lo impulsará a ir un poco más allá... siempre y cuando esté dispuesto a aceptar el desafío de vencerse a sí mismo.
    Esta ha sido mi palabra…
    Sea la vuestra, vuestra contribución a la Gran Obra! 

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jueves, 29 de octubre de 2015

Perdonar


PERDONAR

            Dice un escrito: Si un imprudente me agravia, le corresponderé con mi voluntario amor y perdón. El mal está de su parte, el bien de la mía. Dijo un sabio persa: siempre opongo la suavidad a la dureza y la bondad y el perdón a la perversión. Dice un proverbio chino: Vence el enojo con el amor; el odio nunca por el odio, sino por el amor y el perdón.
            El odio es un derroche de energía que se puede emplear para mejores obras y que se puede curar con el perdón. Solo quienes tengan la mente amplia, el corazón magnánimo, la mirada franca, el alma noble y un anhelo irrefutable de perfeccionamiento, puede perdonar y pasar a integrar el ejército de los que quieren ser buenos verdaderamente.
            No hay que ensombrecer nunca la vida de nadie, no maldecir a aquellos que viven en la penumbra, oscurecida su mente por amargo desengaño o cualquier otro inconveniente. Más bien, perdonemos y pidamos al Señor por la corrección de su senda para que vuelva por la ruta del bien y del perdón.
            Con nuestro recto pensar, con nuestro noble sentir y sobre todo con nuestro bien obrar y nuestro perdón, seamos la antorcha que ilumine el camino de todos los que viven extraviados y están en forma permanente en busca de la paz.
            El amor es vida, el amor es todo en todos. Cuando es confianza no es celos, cuando es paz no discordia, cuando es perdón no es odio, de esa manera  es brújula de la existencia.
            Recordemos que los mártires han sido siempre más felices cuanto mayor han sido sus sufrimientos y sus dolores y no olvidemos de que todos más o menos, somos mártires de las injusticias o de las calumnias o de la envidia o de tantas cosas. Perdonemos de todo corazón a aquellos que nos han martirizado con su envidia y con sus incomprensiones.
            El que nunca ha consolado al que sufre, el que se niega a practicar la caridad; el que se niega a abandonar su vanidad, el que ha sembrado en su corazón el resentimiento y con la dureza de su corazón pretende encubrir la dureza de su forma de actuar, nunca conocerá la infinita dulzura de lo que significa el dulce perdón, que es lo que nos devuelve la paz que tanto necesitamos.
            Cuando alguien te haya ofendido de alguna manera, recuerde que el que ofende siempre sufre más que la persona ofendida y perdónelo en nombre del Maestro. El perdón es el don de los dones y el más difícil de practicar.
            Vale la pena perdonar. ¿Quién sufre? ¿El que odia o el que es odiado? Sufre más el que odia, ya que nunca tendrá paz, en cuanto no decida perdonar. El día que perdone, sentirá un alivio tan grande que acabará diciendo: valió la pena perdonar. Gracias Dios mío.
            San Pablo dice de Jesús que se olvidó de si mismo y se despojó de su rango; de ahí el máximo de su humildad. Fue humillado hasta morir como un esclavo, lo que lo llevó a manifestar: “Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón”; agregando que son felices los humildes de corazón, ya que están preparados para recibir a Dios y los mansos que no perdonen con violencia, sino con el perdón.
            El que no es capaz de perdonar una ofensa, no sabe perdonar, no conocerá nunca ese estado interior y plenitud de la conciencia que llamamos paz y quien no conoce la paz, nunca podrá ser feliz.
            El perdón es una práctica que no debemos olvidar. El perdón trae las fuerzas de los planos invisibles que nos rodean. Disuelve las formas de los pensamientos de odio, de venganza y de mala voluntad. En el perdón está la fuerza restauradora y creativa.
            Cuando albergamos o enviamos pensamientos de odio, no solamente generamos un veneno en nuestro cuerpo físico, sino que nos afinamos con las vibraciones inferiores del Mundo del Deseo. Por el contrario, cuando enviamos pensamientos de perdón, de bondad, de compasión, nos ponemos a tono con las vibraciones del Cristo.
            Nuestros principales líderes religiosos y filósofos, han sido las personas con mayor capacidad para perdonar. Jesús de Nazaret fue modelo de perdón. Perdonó a las prostitutas, a los malhechores, la traición de sus propios discípulos y finalmente a aquellos que lo mataron.
            Probablemente, no hay alegría más auténtica que la del perdón, porque posiblemente no existe congoja mayor que el sentimiento de culpa, por este amargo binomio: vergüenza y tristeza. Podríamos afirmar que el perdón es la más alta expresión de amor y la más genuina. El perdón nos hace superiores a los que nos injurian. El perdón es el sustento de la vida, es siempre un consuelo, una esperanza de calma.
            Todos sabemos que el odio conturba la mente, como si tuviese un velo pesado y es ese peso el que nos impide el claro raciocinio; el análisis claro y la justa comprensión de los hechos y las cosas. En cambio, el perdón tiene la virtud de dulcificar, de suavizar, de inspirar nobles acciones.-

            Tema extraído del Boletín del Centro Rosacruz de Santiago de Chile.

ASOCIACION INTERNACIONAL DE CRISTIANOS
MISTICOS MAX HEINDEL
Colombres 2113 – Bº Lomas de San Martín
5.008 – Córdoba – República Argentina

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Agradecemos al Sr. Raúl Sasia, por este aporte

domingo, 25 de octubre de 2015

Todos tenemos un poco de culpa


TODOS  TENEMOS  UN  POCO  DE  CULPA

            Muchos Dicen que deberíamos orar en forma constante para mejorar el mundo y así lo hacemos cuando vamos a los Templos y escuchamos benéficos sermones, oímos misas, etc., Más, lo que ocurre en la vida práctica es que pronto nos olvidamos de todo lo que aceptamos internamente, aunque algo siempre afecta nuestro sentimiento.
            El pensamiento creador que tiene una esencia divina, podrá mejorar lo que hoy lamentablemente ocurre con gran frecuencia, tales como las guerras que estamos viviendo, así como las innumerables perturbaciones sociales.
            Pero aclaremos mejor este tema: Se puede decir, sin vacilación alguna, que es una verdad de que una mayoría extraordinaria continúa luchando tanto para defender como acumular más y más bienes y riquezas materiales, sin preocuparse mucho, tal vez ni siquiera un poco de la Ley Divina.
            Creyentes y ateos, todos intentan defender su bolsa y su dinero, mientras que millones de seres padecen hambre o sed espiritual, hambre que podría ser saciada mediante donaciones de un poco de los que mucho tienen y que les sobra o sed que podría ser aliviada por la fe en el Señor.
            El egoísmo humano se enseñoreó tanto de los corazones, que cuando se medita acerca de los hechos de nuestra vida, se comprende con facilidad que ni aún los creyentes, que dicen amar a Dios, no se dieron cuenta de los consejos del Divino Maestro  Cristo Jesús, de sus máximas puras y perfectas que podrían salvar al mundo del caos que sigue precipitándose por su locura egoísta.
            Sabemos que existe una minoría que puede gozar de los beneficios espirituales que produce el amor, el servicio y la caridad, más son muchísimos los que se suman al número de la indiferencia, olvidando casi con naturalidad las enseñanzas de Jesús, porque no todas las religiones siguen fielmente los verdaderos postulados, enseñando y practicando esencialmente la verdad de Cristo; las religiones que tergiversan las verdaderas enseñanzas del Divino Maestro, que de nada sirven sus alardes y  ceremonias llenas de ostentación, si no se deciden a rectificar su conducta y hacer que el hombre pueda recuperar su fe, mediante sus buenos consejos, buenas acciones y siendo verdaderos ejemplos mediante una vida recta y justa.
            La falta de fe consciente trajo a la sociedad males muy graves, precipitando a una de las peores calamidades: “La Guerra”.
            La verdad es que todos tenemos un poco de culpa de este momento tan difícil por el que atravesamos. Vivimos engañándonos a nosotros mismos y esta cruel barbaridad nos sitúa en este ambiente tan asfixiante. Ni los políticos ni las religiones que no cumplen con los mandamientos pueden salvar esta situación; no se trata de un problema de unos pocos hombres de buena voluntad, es una solución que deben hallarla  todas las mujeres y hombres del mundo.
            Se precisa pues reconocer la verdad que Jesús enseñó y que hoy está falsificada por el egoísmo. Rompamos la cadena de la indiferencia y retornemos al camino de la espiritualidad, más entremos totalmente decididos a trabajar y estudiar.
            El Rosicrucianismo de Max Heindel es un excelente curso de verdades que revelan la existencia eterna de nuestro destino; si nos decidimos a estudiar y practicar sus enseñanzas, comprenderemos con facilidad la gran misión de Jesús y de otros enviados para tratar de liberar a la humanidad de sus sufrimientos y de la misión que cada uno de nosotros tenemos que cumplir.
            Si somos buenos y fieles discípulos del Maestro, la respuesta será caminar por el sendero espiritual, donde llevemos a Dios en nuestros corazones y en nuestras obras. Si la mayoría se interesa por buscar la Paz en el mundo, la Paz que deseamos para la felicidad de los pueblos, en la medida de nuestras fuerzas, debemos colaborar en la conquista sublime de la humanidad. Y no olvidemos nunca que nuestro esfuerzo contribuirá en alguna medida, para que nuestro Señor, el Cristo, vuelva a reinar, estableciendo el orden de “Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad.” Que no son en verdad meras palabras, sino esencialmente una gran verdad.
            Para crear aquella poderosa Fe tan necesaria, tenemos que aceptar la inmortalidad del Espíritu y comprender bien que es la Vida, que para definirla Max Heindel anotó en sus libros: “Si se pregunta a un hombre de ciencia cual es el origen de la vida, comenzará a hablar de protoplasmas, protones y cualquier otra cosa de naturaleza parecida, mas esto solo concierne a la forma, no importa cuan insignificante, pequeña o simple que sea esa forma y desde el punto de vista del ocultista, la pregunta está mal formulada, porque el Espíritu Es y siempre Será”.
            Dice Sir Edwin Arnold en su hermoso poema “La Canción Celestial”: “Nunca nació el Espíritu y nunca dejará de ser. Nunca hubo tiempo en que el no fuese, ya que principio y fin  son solo sueños / el Espíritu permanece siempre sin nacer ni morir y la muerte no puede afectarlo absolutamente. / Así como alguien deja la ropa ya usada y tomando otra dice: Hoy usaré esta, así también el Espíritu deja su ropaje de carne y va en busca de otra nueva”.
            Es la vida que construye las formas y las emplea por un cierto tiempo para progresar con su ayuda y cuando su utilidad se termina, la Vida se va, dejando a la forma en estado inerte. De manera que la Vida Es,  no teniendo origen ni fin. ¿Y la muerte? Pues ella es apenas un paréntesis.

            Tema extraído de la Revista Joyas Espirituales, publicación del Centro Fraternidad Rosacruz de Asunción del Paraguay.


ASOCIACION INTERNACIONAL DE CRISTIANOS
MISTICOS MAX HEINDEL
Colombres 2113 – Bº Lomas de San Martín
5.008 – Córdoba – Argentina

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Agradecemos al Sr. Raúl Sasia, por este aporte

Encuentro Fraternidad Rosacruz de Córdoba Charla Sres.Alejandro López y Osvaldo Tapia




ENCUENTRO ROSACRUZ INFORMAL 
HERMANOS ALEJANDRO LOPEZ Y OSVALDO TAPIA, PARTE ( 1a)


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ENCUENTRO ROSACRUZ INFORMAL
 HERMANOS ALEJANDRO LOPEZ  Y OSVALDO TAPIA, PARTE ( 2a)



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Agradecemos al Sr. Ángel Iacono, por este aporte