martes, 10 de noviembre de 2015

La niña extranjera


La niña extranjera 

A los dieciséis años de Rut, extranjeros y subterráneos.

Ella era una niña muy, muy guapa; y muy, muy inteligente. Todo el mundo que pasaba junto a ella se volvía y comentaba lo guapa que le parecía, porque la Belleza externa salta a la vista y es fácil darse cuenta aunque no se sea un lince.

Pero nadie se preocupaba en descubrir su Belleza interior. Conforme la niña crecía, más admirada era, y entonces, un día, su padre dijo: «No quiero que nadie disfrute sin mi permiso de lo que es mío». Y le ordenó ocultarse el rostro con espesos velos que jamás se debía quitar. La Belleza, tanto externa como interior, es un don a compartir. Impedirla o extirparla es un grave delito pues nos privamos, y privamos a los demás, de un bien.

Como, pese a los velos, la niña tenía fama de guapa y el padre hacía muchos viajes, empezó a temer que alguno se la robara y decidió construir una torre para encerrarla allí. Pero no sabía que es imposible encerrar el entendimiento o la imaginación o el afán de saber.

La niña estaba enfadada con su Belleza externa pues era la causante de su prisión, y acudió en busca de consuelo a su Belleza interna, pues explorando a través de sí misma encontraba una posibilidad de escapar.

Sucedió que como la Belleza externa depende mucho del estado interior, cuanto más se cuidaba ella por dentro más le brillaban los ojos y su rostro le resplandecía. Cierto que esa parte de su Belleza estaba escondida por los velos y nadie podía admirarla. Ni siquiera ella misma, pues su padre pensaba que, si el espejo le decía lo guapa que era, le llenaría la cabeza de malos consejos.

Pero el espejo solo puede llenarnos la cabeza, como mucho, de ensoñaciones, y el único peligro de los ensueños es que atraen a la tristeza y a la melancolía. Sin embargo, hay otra manera de llenar la cabeza y es de reflexión, y otra manera de mirarse que es con el conocimiento de una misma.

Cuando alguien empieza a conocerse, empieza a estimarse, y entonces, hasta un esclavo puede decidir sobre lo que quiere y lo que debe hacer. Por eso, a quienes les gusta mucho mandar, eso de que la gente piense les parece muy peligroso porque podría llegar a tener ideas propias y enterarse de lo que es injusto y negarse a obedecer. Para la soberbia del padre no había en su hija más entendimiento ni más voluntad que el capricho de él, no advertía que la niña lo tenía todo a su favor para aprender a pensar por sí misma, porque la inteligencia se fortalece en lo oculto y, por muy escondida que esté, tarde o temprano se manifiesta.

Aún no he dicho el nombre de la niña pero no importa demasiado, porque ella misma se lo cambió cuando se encontró amurallada en la torre sin ninguna posibilidad de salir. Todas las ventanas eran tan estrechas y estaban tan altas que apenas podía ver un trozo de cielo. Comprendió que, a partir de entonces, dentro estaba lo que sería su patria, su familia y su vida. Que esos muros eran la frontera. Que fuera de ellos todo le era extranjero y lejano. Y que ella, a su vez, se había convertido en extranjera para el resto del mundo.

Tenía a su servicio a varias mujeres muy capaces en sus respectivos cometidos, pero se había puesto especial interés en que fueran mudas. Así la niña no corría el peligro de que la embaucaran con cualquier tipo de ideas. De todos modos, ellas tenían órdenes severas de no dirigirse a la niña más de lo estrictamente necesario.

La niña decidió llamarse EXTRANJERA; es verdad que es un nombre poco corriente pero, si nos damos cuenta, extranjera viene de EXTRAÑA, y ella se sentía así. No tanto por ser diferente a los demás, sino porque estaba apartada de los demás.

Al principio de su encierro en la torre, la niña Extranjera se desesperó mucho porque pasaban y pasaban los días y ella no encontraba nada que mereciera ser consignado excepto «Hace treinta días que estoy aquí» o, a lo más, «hace treinta y un días que estoy DENTRO de aquí». Por eso, todas las noches, trazaba una raya arañando la pared con una de sus horquillas y todas las mañanas la tachaba: no tiene sentido contar lo que no tiene fin. Pero todas esas rayas cruzadas por una vertical representaban unos barrotes y es que ella no podía expresar otra cosa sino su prisión.

Hasta que un día, después de haberse estado un buen rato llorando, se dio cuenta de que si pasaba una y otra vez las manos por sus mangas de terciopelo, cuando aplastaba hacia delante los hilos de seda –porque el terciopelo está hecho de muchísimos hilitos de seda todos de punta– parecían mojados, como de plata, y cuando los aplastaba hacia atrás la tela se oscurecía.

He dicho brillantes como si estuviesen mojados. Eso está mal dicho porque no todo brilla con el agua. La arena, por ejemplo, brilla cuando está seca y cuando se moja se oscurece. Y a la hierba le ocurre al revés, aunque eso todavía ella tardaría muchos días en percibirlo. Pero, volviendo a la seda, ese experimento de la dirección del brillo lo puede hacer todo el mundo y comprobar que ocurre exactamente así siempre. A lo mejor cada cual saca una conclusión distinta, pero la niña Extranjera esa noche no hizo ninguna raya.

Esa noche pensó: «Las cosas no tienen un aspecto único. Todo tiene su derecho y su revés. El brillo y la sombra se encuentran simultáneamente incluso en una delgada hebra de seda. Por eso sabemos que es seda», y lo estuvo repitiendo y repitiendo hasta que se quedó dormida.

A partir de entonces, la niña Extranjera decidió que, en vez de lamentarse por ver siempre las mismas cosas, debía tratar de verlas de forma diferente. De todas las formas diferentes que pudiera. Y se dedicó a observar el aspecto cambiante de las cosas inmóviles. Y supo que, en determinadas horas, el arco iris alegraba las lágrimas de las lámparas y rebotaba en la loza de los aparadores, que de arco iris eran las pompas de jabón y que los colores pueden brotar de improviso de las cosas que normalmente no tienen color alguno.

«Hasta lo más anodino v sin interés tiene su instante de sorpresa», reflexionó la niña Extranjera. «Hay que procurar estar alerta para poderlo atrapar.»

Mirando lo que está coloreado y lo que está incoloro, lo que brilla y lo que se oscurece, lo que resalta y lo que se desdibuja, la niña Extranjera hacía sus investigaciones hasta que un día, sin proponérselo, descubrió algo muy importante.

Resulta que se había mojado el pañuelo con zumo de limón, y entonces la niña Extranjera lo acercó a la llama de la vela para que se secara y ocurrió el siguiente prodigio: la mancha, que era invisible, apareció al calor del fuego.

A partir de ese momento, la niña Extranjera tuvo con qué escribir. Bastaba con pedir zumo de limón en vez de leche antes de acostarse. Pidió también que, al plancharle los pañuelos, los almidonaran tanto que se quedaran más tiesos que una cartulina. Se hizo un cuadernito con docenas y docenas de pañuelos en los que todas las noches escribía con tinta invisible de limón en la que mojaba una varilla de abanico a modo de pluma. Al terminar, pasaba la vela y los renglones se iban dibujando como por obra de magia.

«Es muy importante la atención, pues, en cualquier parte, la solución está esperando a que la imaginación la encuentre», fue lo primero que escribió la niña Extranjera en una página ribeteada de vainicas.

Otro día se puso a fijarse en lo que le sucedía a lo que había en la despensa. Por ejemplo a la sal y el azúcar, que parecían iguales y, sin embargo, eran tan diferentes… y no solo por su sabor. Aunque tanto el azúcar como la sal pueden diluirse, la sal recupera su aspecto cuantas veces quiera. El azúcar, no. El azúcar, si se quema, se vuelve líquida y oscura y, cuando se enfría, se endurece. La sal, no. La fruta, para conservarse, necesita cocerse en agua y azúcar. Sin embargo, al pescado y a la carne, para conservarse, les basta solo con meterse crudos en la sal. Porque el azúcar y la sal no están hechas de lo mismo.

«Por un lado está la apariencia: blanca y granulada, que las hace semejantes, y por otra la índole, que es lo que las distingue y le da a cada una su valor propio», anotó la niña Extranjera. «Las cosas se componen de apariencia y de índole.»

Sin embargo, encima de la mesa siempre había un ramo de flores y se dio cuenta de que no se marchitaban por igual, aunque fueran de la misma clase, tuvieran el mismo aspecto y la misma índole y estuviesen cortadas el mismo día y del mismo rosal. Cuando lo comentó con la jardinera, ella la miró extrañada, como si estuviera escuchando una grandísima tontería, y por gestos le dio a entender que, además, las flores no florecen todas a la vez aun cuando compartan un mismo tallo.

«Entre la semilla y la flor», escribió la niña Extranjera en su cuadernito de batista, «están los accidentes de la naturaleza y los cuidados de mi jardinera, pero hay una tercera cosa misteriosa que hace que las rosas de un mismo rosal no broten ni se marchiten a la vez.»

Estaba deseando que llegara el día siguiente para buscar grupos compuestos por cosas que le parecían idénticas y averiguar qué es lo que hace que dos cosas iguales no sean la misma.
Por la mañana, escogió una fila de hormigas y se dispuso a vigilar su doble recorrido: el que iba desde el hormiguero a unas migas de pan y el de retorno al hormiguero. Y se dio cuenta de que, por lo menos, podían diferenciarse unas de otras por el lugar que ocupaban en la hilera, pues eso les hacía llegar antes o después a la comida o al hormiguero, cargar más o quedarse sin nada, encontrar la muerte o salvarse de ella.

«Porque todo es lo mismo pero nada es igual, a pesar de su aspecto y a pesar de su índole, si se considera esa tercera cosa», insistía la niña Extranjera. Y todos los días emprendía la búsqueda del número tres.

Pronto se sorprendió porque tenía muchas cosas que escribir cada noche en su cuadernito, pues la vida y sus tareas están en todas partes y los acontecimientos no dependen del bullicio, ni la actividad de la prisa. Además, ya no se sentía encerrada desde la noche en que escribió: «Lo de fuera puede estar dentro y lo de dentro fuera. Lo de arriba, abajo y lo de abajo, arriba», pues se había dado cuenta de que, si cerraba las contraventanas de su dormitorio dejando entrar una franja de luz, se reflejaba en el techo perfectamente todo lo que había fuera, pero al revés y en pequeñito: la jardinera podando un seto o la lavandera con su canasto de ropa semejaban duendes de dibujos animados. Así que, a pesar de que no alcanzaba a asomarse, podía estar al corriente de todo lo que pasaba al otro lado del muro.

Se paseaba con una bandeja de plata, tan pulida que podía hacer las veces de un espejo, mirando en ella, y era como si caminase por el cielo raso. Era muy divertido ver cómo las lámparas crecían hacia arriba como palmeras, y la sensación era tan real que, cuando llegaba al dintel de una puerta, era inevitable hacer el ademán de sortearlo y levantar un pie.

«Puedo poner el mundo bocabajo sin que se altere: excepto para mí», escribía la niña Extranjera, pero sin olvidarse nunca del número tres.

Mientras tanto, el padre, que era un hombre muy rico pero muy ambicioso, se dijo que si casaba bien a su hija mejoraría su situación considerablemente. Como la chica era joven y tenía fama de hermosa, sería fácil encontrarle un marido que, además de pagarle un buen precio por ella, tuviese buenas influencias de las que él se pudiera beneficiar. Eso significaría también hacerles una jugada a sus adversarios. Así que empezó a tantear, entre todos los hombres reconocidos por su poder, sus dominios y su fortuna, cuál le convendría más para sus planes.

Había encargado a una agencia la confección de una lista con los datos bancarios de los candidatos y, después, los visitaba y les llevaba algún regalo o los invitaba a comer. Según cómo le cayera cada uno, o lo borraba o le ponía al lado una cruz. Esta labor de selección era pesada y lenta. Él la llevaba a cabo con mucha discreción para que no le descubrieran sus intenciones, pero todo lo tenía bien calculado, puesto que era un gran hombre de negocios.

Quería engatusar con amabilidades a los pretendientes para hacerlos sus aliados, los eligiera luego o no, pero también deseaba deslumbrarlos. Para ello, no se conformaba con la bien guardada belleza de su hija: una debida ostentación de lujo los persuadiría de que hacían una buena inversión. De ese modo, en la transacción él tendría la última palabra.

Entonces creyó oportuno introducir algunas reformas en la torre sin reparar en gastos, pues la ocasión lo requería y porque, tarde o temprano, se iba a resarcir de todo ello. Dispuso que se habilitara una estancia con gruesas alfombras, sillones de cuero y librerías de caoba repletas de libros con lomos de vistosos colores y cantos dorados. Con tan imponente biblioteca, él podía dárselas de enterado y los pretendientes lo tendrían en mejor estima. El contenido de los libros carecía de interés para él, claro. Igual que le traían sin cuidado los sentimientos de su hija, completamente ajena al motivo de todas estas invasiones. Él pagó las facturas y dio por terminado el asunto.

La niña Extranjera recibió los cambios con alegría y gratitud por lo que le aportaban de distracción y novedad, además de que de los libros ella esperaba compañía.

Los libros eran de Aritmética, Música, Geometría, Astrología, Gramática, Retórica y Dialéctica. Al principio parecían aburridos, pero eran muy bonitos de ver y muy agradables de tocar. Algunos hasta tenían grabados. La niña Extranjera los agrupó según sus colores, por ocuparse en algo. Eran tantos que empleó una semana, y el domingo, cuando acabó, la habitación había convertido sus paredes en una inmensa escalera de tonos del rojo al violeta.
«El rojo es para la gramática, el naranja para la retórica y el amarillo para la dialéctica: son las Artes referentes a la palabra», comprobó la niña Extranjera. «El verde, el azul, el añil y el violeta son respectivamente para la geometría, la aritmética, la astrología y la música, que pertenecen a los signos matemáticos».

Los libros, sin embargo, le infundían cierto respeto, pero como no tenía otra cosa que hacer se sentaba en el sillón de cuero y los miraba.

«La gama del fuego es para las letras y la del frío para las cifras. Pero en el verde está el amarillo y en el violeta el rojo», escribió una noche, y al día siguiente se pasó mucho rato hojeándolos.

Y luego se atrevió y los leyó.

A la niña Extranjera seguían pareciéndole unos perfectos rollos pero, como no tenía donde elegir, insistió una y otra vez hasta que un día empezó a darles sentido y todo lo que había en las páginas significó de repente cosas maravillosas. Y entonces le gustaron, pues allí se le ofrecían las interpretaciones de aquello que observaba y las palabras precisas para poderlo expresar. A partir de entonces, la niña Extranjera comprendía las cosas con mayor rapidez, pues estas asignaturas tratan de las Artes del Entendimiento.

«No hay que desesperarse si no podemos derribar una puerta a golpes: quizá, si la estudiamos con atención, descubramos dónde está el pomo», concluyó una noche la niña Extranjera.

La niña Extranjera había iniciado su adiestramiento en la perseverancia, y los libros se convirtieron en llaves que le abrían continuamente puertas secretas.

El padre estaba dando por terminada la segunda fase de las eliminatorias. El número de candidatos que respondía a los requisitos exigidos se iba reduciendo. El tiempo empezó su cuenta atrás y el padre, ni corto ni perezoso, mandó a la torre un telegrama anunciando la llegada de un ajuar costosísimo, advirtiendo la conveniencia de que la niña bordase en cada pieza alguna cosita para darse a valer ante los candidatos.

La niña Extranjera, cuando vio tanta sábana y tanta mantelería a su disposición, se puso a saltar de contento porque los pañuelos se le estaban acabando ya. Y ahora, no al acostarse, sino con las primeras luces de la mañana, abría su costurero y ajustaba la tela en el bastidor. «Dos energías enlazadas por una tercera cosa forman un átomo», bordó primorosamente la niña Extranjera en el festón de la sábana nupcial.

El padre, después de varias entrevistas por las cinco partes del mundo, había eliminado a casi todos los magnates de Oriente y Occidente y, en su cabeza, ya había destacado a un favorito entre tres. El negocio de la boda iba progresando. Satisfecho, ordenó que en la torre se instalara una piscina cubierta y se abrieran en el muro dos ventanales que dieran al jardín. Según él, eso le haría parecer un hombre de mundo ante los pretendientes.

Le presentaron toda clase de proyectos y él eligió uno que le recordaba a la piscina del Magnate Mayor. El Magnate Mayor acababa de morir y solo había dejado una hija. Pero, por suerte, la hija del Magnate Mayor estaba ya casada: por lo menos no le haría a su hija la competencia. El padre, una vez que aprobó los presupuestos de las obras y contrató a la constructora, se desentendió completamente de todo ello, como de costumbre.

Por fin, llegó el día de la última prueba. El padre fue a la torre dispuesto a recibir a los tres pretendientes. Los reuniría en la biblioteca para tomar un aperitivo y de paso proceder a la proclamación del vencedor. Pero antes de la hora de la cita, aprovechó para pasar revista al resto de sus posesiones. Naturalmente, primero solicitó que la niña Extranjera fuera traída ante su presencia, y una vez que la tuvo delante le ordenó que se quitase los velos.

La niña Extranjera salió de los tules como una mariposa rasgando la crisálida, pero no tenía nada de etérea. Su belleza era la fuerza, la pureza y la decisión. El confinamiento la había convertido en una imagen de alabastro. Los ojos atentos, las pupilas de un azul imperturbable y una mirada tan aguda como pinzas. La boca, adiestrada en el silencio, no estaba acostumbrada a la queja ni a la súplica, y los labios, al entreabrirse, más que solicitar respuestas, las exigían. Sus manos aún sostenían la orla del velo entre unos dedos ágiles y seguros. Y estaba descalza. Sus pies apoyaban las plantas contra el suelo como si brotaran del mármol. El pelo, que jamás le habían cortado, le caía a ambos lados de la cara y le llegaba hasta el filo del vestido: una túnica de terciopelo color guinda, tan oscuro como sus labios, que asomaba apenas una delgada cuchilla entre las ondas. Un bucle se le había enroscado en el tobillo. Blanca, roja y azul, parecía engastada en ébano.

El padre se frotó las manos de gusto.

—Vale una mina de oro tartesio. Lástima que no esté más rellenita, pues haría pagar su peso en lingotes. Veamos ahora la piscina —dijo.

El recinto era una torre octogonal. La piscina, en el centro, abría un octógono de agua purísima. Tres ventanas hacían cruzar al cielo en una triple diagonal de luz y lo plasmaban en el muro contrario como tres láminas de oro.

—Esta no es la obra que encargué —bramó el padre.

—Esto es la obra unificada —dijo la niña Extranjera serenamente.

— ¿Qué significa eso? —quiso saber el padre.

—Que he unido lo que está fuera con lo que está dentro. He construido alrededor de mí lo que está en mi interior, para poderme observar —dijo la niña Extranjera—. Mira —añadió, ilusionada de poder comunicar sus ideas a alguien—: ocho lados y ocho lados, dieciséis, que es mi edad. Y estas ventanas iguales que iluminan toda la estancia representan la contemplación, el amor y la acción, que tienen que ir unidos para vislumbrar el centro de las cosas.

—Yo dije dos ventanas. Con dos ventanas era suficiente —dijo el padre, obstinado.

—Pero fíjate en la luz —explicó la niña Extranjera—. La luz, que es una aunque se divida en tres, me recuerda que son tres las cosas que hay en cada cosa.

— ¿Qué cosas? —se impacientó el padre.

—Por ejemplo, el agua —dijo la niña Extranjera metiendo su mano en la piscina—, que es dos partes de hidrógeno y una de oxígeno y una tercera cosa que no conoce nadie...

—Cállate y no digas estupideces —la interrumpió, furioso, el padre, sin sospechar que su hija, autodidacta, era doctora en Artes Liberales.

Sin embargo, a su pesar, tuvo que reconocer que la piscina superaba con creces lo que él había previsto. Y se calmó.

Cuando padre e hija entraron en la biblioteca, los tres pretendientes se levantaron de sus asientos, estupefactos. Jamás habían visto una belleza parecida.

—Hija —dijo entonces el padre muy ufano, pues se había dado cuenta de que los tenía en el bote—, estos son los tres finalistas de entre todos los hombres poderosos y acaudalados que me han pedido tu mano.

—Dices bien: mi mano —respondió la niña Extranjera pausadamente, ofreciendo sus dos palmas abiertas—. Por cierto, ¿cuál de ellas quieres arrancarme?

—Disculpadla —quiso disimular el padre—, se ha criado fuera del mundo y no entiende que esto no es más que una forma de hablar. Lo que quiero decir, tontita, es que estos caballeros me han pedido permiso para casarse contigo.

—Entiendo perfectamente la frase —dijo la niña Extranjera con gran firmeza—. Lo que no entiendo es por qué tres desconocidos tienen que pedirte permiso a ti para disponer de mi persona.
—Porque yo soy tu padre —repuso el padre, fingiendo condescendencia ante las visitas.

—Bien, pues entonces tendría que ser yo, tu hija, quien pidiera consejo a tu experiencia, y a tu amor la bendición, si resolviera casarme o no casarme. Apreciaría tu parecer y agradecería tu aprobación, pero no te comprometería en nada más: entiéndelo bien. Porque elegir una norma de vida depende de mi absoluta responsabilidad y no de tu permiso o de tus órdenes.

—No seas insolente —rugió el padre dándole una bofetada.

—Papá, mi obligación para conmigo misma está por encima de los pactos que hayas hecho con ningún extraño.

—Tu única obligación es honrar a tu padre —intervino uno de los pretendientes.

— ¿Qué honra podría dar si no tuviera respeto por mi propio honor? Para honrar dignamente, primero hay que ser digno de honrar —contestó la niña Extranjera.

—Honrar o no honrar no hace ahora al caso —se impacientó el segundo pretendiente—. Lo importante es que le obedezcas.

—Una cosa es obedecer, que es un acto de la voluntad, y otra aniquilarse, que es un acto de degradación —puntualizó la niña Extranjera cortésmente.

—Señores, es hija única y está un poco mimada, pero una buena tunda de vez en cuando es un remedio infalible para que mantenga cerrado el pico —se apresuró a decir el padre, alarmado de que sus cálculos se le fueran a pique.

—Bueno, bueno —dijo el tercer pretendiente, tratándola como si fuera peor que boba—, con lo guapa que eres no tienes por qué jugar a ser tan razonable. Las niñas marisabidillas se ponen muy feas y se quedan solteronas y amargadas.

—No puedo consentir —estalló entonces la niña Extranjera con extraordinaria vehemencia—, no puedo consentir que se tome la Belleza como pretexto para insultarme en mi inteligencia y en mi libertad.

—Vámonos de aquí —dijeron más o menos los tres pretendientes—: parecía una muñequita andadora y es una bomba de relojería

— ¡Desgraciada! —Prosiguió el padre, usando como látigo su correa—. Esto te enseñará lo que son modales.

—Sé muy bien lo que quieren decir los modales: hablas de conceder mi mano en el lenguaje refinado del mundo, pero el hecho es que me venderás como a una yegua.

—Harás lo que te ordene porque soy tu padre.

—Entre nosotros está la herencia de la sangre y los vínculos de la ley. Pero existe una tercera cosa que es el albedrío, y es más fuerte que las otras dos.

—Te mataré —dijo el padre, fuera de sí.

—Podrás convertir el agua en vapor o en hielo —gritó la niña Extranjera—, pero siempre será Hache-Dos-O.

El padre se precipitó hacia ella y ella escapó al monte y se refugió en una gruta. Pero parte de sus cabellos se quedaron fuera, asomando como pequeñas culebras. Y el padre la descubrió.
Ahora tengo que escribir que el padre, con la media luna de su alfanje, le cortó la cabeza. Pero también que, cuando el padre bajaba del monte, un fuego misterioso cayó del cielo y lo redujo a cenizas.

Extranjera es el significado de «Bárbara».




Esta es la historia de santa Bárbara, la valerosa y sabia niña de Turquía que es la patrona de todas las profesiones de alto riesgo y precisión. La que protege a los que excavan en las entrañas de la tierra y a los que apagan los fuegos. La que tiene poder sobre las tempestades y tormentas. La que ha dado su nombre a los almacenes de explosivos de los buques de la Armada. La que, en las universidades medievales, presidía la defensa de las tesis de los jóvenes arquitectos. La que está flanqueada por dos granadas de artillería y lleva entre sus brazos una torre con tres ventanas, como la de la carta XVI del Tarot.

Pero con esto no quiero desviar el asunto. No quiero engañar. Por muy triunfal que pueda parecer el desenlace, las injusticias solo crean víctimas. Y la violencia es germen de venganza. Y la tiranía, de desesperación. Y reprimir sistemáticamente es como cercar con fuego un polvorín.

Además, esta historia no es una fábula. Es verdad. Todavía es verdad. Aún hay chicas perseguidas y asesinadas por pretender dirigir sus propios destinos.

Aún hay chicas encerradas en sí mismas confiadas a la tutela de sus padres o de sus maridos porque no pueden decidir. Aún hay chicas a las que se les niega el derecho a disponer de su cuerpo, desarrollar su inteligencia y ejercer su libertad.

Aún hay chicas silenciadas. Chicas de las que no hablará nadie.

Pero esta no es una historia de chicas y solo para chicas.

Todos tenemos una torre en nuestro interior.

Parte de nosotros permanece en esa torre interior.

Algunos entran allí atemorizados, sin atreverse a abrir las ventanas para saber qué es lo que hay fuera. Pero la oscuridad les impide saber lo que hay dentro. Algunos saben lo que hay, pero prefieren esconderlo de sí mismos para no tener que defenderlo ante los demás. Algunos quizás salgan al exterior, pero se olvidan de lo que han dejado en la torre, aunque, sin saberlo, viven intentando encontrar fuera algo parecido. Algunos tienen miedo a sacar algo de la torre. Por si pierden algo. Por si les quitan algo. Algunos querrían, pero les da vergüenza mostrar, regalar algo.

Algunos están completamente encerrados en la torre, no quieren salir de la torre. No quieren correr el riesgo de ser señalados como extranjeros y extraños y diferentes.


Algunos no tienen valor.

del libro: El Lenguaje Secreto de los Cuentos  -  Ana Rosetti

*

La cueva de la doncella


La cueva de la doncella 

Esto era de cuando las doncellas permanecían en las cuevas de los dragones hasta que un caballero las rescataba. Ninguna estaba allí mucho tiempo, es verdad; a menudo, nada más el dragón comenzaba a descerrajar las mandíbulas, aparecía un caballero, le rebanaba la cabeza al dragón y se llevaba a la doncella para convertirla en buena esposa y prolífica madre de familia.

Claro que, a veces, el caballero se retrasaba y entonces la doncella tenía que entretener al dragón. Para ello, dadas las dimensiones que las cuevas solían tener, solo les era permitido contar con un arpa, porque la música amansa a las fieras, o con una rueca, porque entre su zumbido y el girar del huso le hipnotizaba.

Pero la doncella de esta historia no contaba ni con una cosa ni con la otra. Con arpa no porque, cuando le tocó el turno a su hermana Rosaura, la muy boba se la dejó en la cueva con gran disgusto de todos, pues era un arpa de familia y se la habían estado pasando de madres a hijas desde el tiempo en el que el rey David la inventara. Y con rueca tampoco, pues estaban prohibidas en ese reino desde lo de la Bella Durmiente. Así que no tuvo otra solución que descolgar el tapiz de la cabecera de su cama, enrollarlo y tirar para adelante con él en ristre. Era un tapiz muy curioso con muchas figuras extrañas y, desde que ella podía recordar, se había pasado las noches contándose historias sobre los dibujos. Las historias se entrelazaban, se agrupaban o se expandían inquietantes, siguiendo los colores de los hilos. Entre el parpadeo de la lámpara de aceite ella adivinaba manchas raras que a veces eran ojos, lenguas, frutas, pájaros o navíos en animada acción. Nada de lo que pudiera soñar dormida podía comparársele a los fabulosos mundos que entreveía despierta.

Pues bueno, una vez que entró en la cueva nuestra doncella, el dragón se preparó para dar buena cuenta de su persona, pero entonces ella desenrolló una esquinita del tapiz. Solo la esquinita, porque desde luego estaban muy estrechos y no había sitio para nada.

—Veo veo —se puso a decir, pero apenas había comenzado a interesar al dragón cuando en la tierra retumbaron los cascos de un caballo, señal de que un caballero estaba al llegar. Ella enseguida despejó todo, se sacudió las faldas, se ahuecó los pliegues, se colocó las trenzas en su sitio, se pellizcó las mejillas, se mordió los labios y se puso en posición de rezar para que la sorprendieran como Dios manda.

Y en esto que cesó el galope y a la entrada de la cueva relampagueó un escudo y se inflamó una espada, y el dragón cesó de relamerse y se dio la media vuelta para atacar, y el caballero retrocedió para coger carrerilla y entonces la doncella, que estaba mirando de reojo para no perderse nada, se dio cuenta de que el tal caballero no era caballero, ni muchísimo menos, porque no resaltaba en su armadura ni en su escudo ninguna divisa de caballería.

La divisa, según el diccionario, es una señal exterior para distinguir personas, grados u otras cosas. O sea, que lo mismo puede ser un logotipo o una marca o el distintivo de un club de fútbol o de los colores de una ganadería, y basta con convenirlo y registrarlo. Pero en caballería esta señal es el «blasón» del escudo de armas, y un escudo de armas no se improvisa así como así. Cada figura, cada color significa «honor y gloria» por las hazañas y méritos de su dueño y, por lo tanto, uno debe ganárselo a pulso.

Contra los dragones solo valen la espada de la Verdad y el escudo de la Virtud con su blasón correspondiente, equipamiento al que, sin estar armado caballero, como queda dicho, no tiene acceso nadie. Y aún más, si se consiguen estas cosas por cualquier otro procedimiento, no reportarán ninguna utilidad porque la Verdad y la Virtud no son talismanes, sino cualidades que se adquieren mediante el ejercicio y la perseverancia. Comprar todas las medallas olímpicas que haya adornará mucho la vitrina de alguien, pero no le van a hacer batir ningún récord; ni el falsificar títulos académicos servirá para insuflar ciencia alguna al que los cuelgue en su despacho.

Por eso, la doncella, al tanto del peligro que su presunto salvador corría, decidió intervenir: le dio con el tapiz enrollado un mandoble al dragón que lo dejó, por lo pronto, fuera de combate.

—Deteneos —gritó a continuación la doncella, interponiéndose para cerrar la entrada—. 

Deteneos y no oséis introducir vuestra espada en este lugar, pues no está ungida y os puede suceder cualquier desgracia horrible.

El no-caballero frenó justo a tiempo, descendió del caballo, se arrodilló ante ella, levantó la visera de su yelmo y dejó ver el dulce ámbar de sus ojos, su nariz delicada, la playa de sus mejillas, el hoyo del mentón y sus labios firmes como los bordes de una concha púrpura.

—Señora —dijo él con mucha educación—, me llamo Jorge y si me concedéis el alto privilegio de entrar en vuestra cueva...

—De ningún modo. No estáis entrenado para ciertas cosas —le atajó la doncella.

—Ya lo sé —admitió Jorge—, pero nadie nace sabiendo y alguna vez hay que dar el primer paso.

—Pero nunca delante de un precipicio —respondió la doncella, juiciosa.

—Vos merecéis mi suerte, sea cual sea —dijo Jorge, galante.

—A mí no me hagáis responsable de vuestro destino —replicó la doncella, molesta por semejante atrevimiento—. No soy de esa clase de persona.

— ¡Por favor! —Suplicó Jorge—: permitidme que os deba mi gloria o mi muerte.

—Me parece muy arriesgado contraer tales deudas con alguien a quien no se conoce de nada —se obstinó la doncella.

—Hacedme la merced de aceptar mi vida en prenda a cambio de vuestro rescate —se obstinó a su vez Jorge—. Quiero ser caballero. Dadme una oportunidad y seré vuestro para siempre.

—Bastante hemos hablado —le interrumpió ella sin dejarse impresionar y, ni corta ni perezosa, metió uno de sus piececitos en la boca del dragón, que estaba traspuesto todavía, para que el tal Jorge viera que era capaz de dejarse devorar y todo lo que fuera menester, antes que comprometerlo en una empresa de la que podía salir muy mal parado.

Y, por lo tanto, el muchacho desistió y, sin perder más el tiempo, se dirigió hacia otros territorios donde su afán de adquirir experiencia caballeresca tuviera más ocasiones.

Se marchó, pues, Jorge, y por el camino encontró otra cueva con su doncella y su dragón rugiente. Ninguno de los dos le puso mayores problemas que los propios de las circunstancias y se prestaron a colaborar en el experimento. Con lo cual, en menos de un cuarto de hora, él se llevó a la grupa a la una, tan ricamente, después de haberle tajado al otro sus siete terroríficas cabezas. Gracias a los méritos de esta valerosa hazaña, estuvo en grado de armarse caballero, portar divisa propia y convertir a la doncella en cuestión en buena esposa y prolífera madre de familia. Y se dispusieron a vivir felices, como suele suceder en los cuentos cuando ya se acaba el cuento, en un castillo de seis torres, un torreón y el blasón correspondiente esculpido sobre la puerta principal.

Pero, bueno, esto no tiene nada que ver con nuestra primera doncella, que se encontró con que el dragón volvía a revivir y a querérsela merendar, así que, con mucha paciencia, desenrolló de nuevo la esquinita del tapiz para seguir engatusándolo con el veo-veo.

No se sabe cuánto tiempo pasó, pero la doncella consiguió que el dragón se aficionara a las figuras del tapiz y, como era tan difícil extenderlo, hasta él mismo ayudó a cortarlo pedacito por pedacito para que fuera más manejable. El dragón con sus uñas puntiagudas sacaba los hilos de la trama como para hacer vainicas, y entonces ella podía cortar sin torcerse con las tijeritas del neceser. No había mencionado antes el neceser pero se entiende que, si una puede cargar con arpas y ruecas, qué le puede estorbar un neceser, sobre todo cuando existe la probabilidad de pasar la noche fuera de casa.

En el neceser había un gran surtido de imperdibles por si acaso el dragón, en un momento de descuido de ella o de vehemencia de él, le hacía algún desgarrón pudiese la doncella remediar el desperfecto antes de que el caballero se percatara. Es cierto que, como cada vez que se le cortaba la cabeza se volvía a regenerar hasta llegar a siete, había tiempo sobrado para hacerse una costura en condiciones. Lo que pasa es que con la cueva ocupada, y entre una cosa y otra, no había ni luz ni manera para enhebrar una aguja tranquilamente y, a pesar de que lo de los imperdibles era una reverendísima chapucería, se trataba de un caso de emergencia sin discusión.

Con estos imperdibles la doncella fue uniendo las piezas del tapiz en grupos, como si fuesen libros. Cada uno trataba de una historia distinta, según sus matices cromáticos, los accidentes de su trama y los vericuetos de sus cenefas. Había historias de sirenas y tesoros, de monstruos y hechiceros, de estrellas y navíos, de bandidos y fantasmas. Pero la que más le gustaba al dragón era una que trataba de ellos, o casi.

—Veo-veo —empezaba la doncella.

— ¿Qué ves? —respondía, obediente, el dragón.

—Veo lejos, muy lejos, un condado próspero y feliz.

— ¿Y qué más?

—Esta es la gente que es muy laboriosa y vive en paz con su prójimo.

La doncella iba señalando con el dedo siguiendo los contornos de colores:

—Las casitas... los pozos... los árboles... los rebaños de ovejas pastando... las lavanderas en el río... el molino de viento... las vereditas de romero... las abejas...

— ¿Y qué más?

La doncella muy, muy despacito, iba pasando las páginas.

—El conde. ¿Lo ves? Está muy satisfecho por la cosecha de manzanas y ha decidido dar una fiesta para celebrarlo. Estas son las mesas para el banquete, estos son los barriles de vino, y esta montaña es de manzanas rojas, esta otra de manzanas verdes y esta de manzanas amarillas. Mira, por aquí viene el cortejo de músicos...

— ¿Y qué más?

—Estas son las guirnaldas de laurel fresco y estas son las banderitas de papel de seda y este es un buey enorme asándose... Todo esto son los troncos de leña para el fuego.

—Y ahora yo aparezco por detrás de los troncos...

—No, todavía no, pesado. Espera a que todos se sienten y empiece la diversión.

—Pero, mientras, ¿dónde estoy? Pasa ya esta página.

—Tú estás aquí, en este lago azul turquesa, sumergido. Por eso no te ve nadie.

—Yo los acecho así, quieto-quieto.

— ¿Ves estas cintas enredadas? Son las pérgolas: los jóvenes están aquí debajo, bailando. Tú escuchas la música y entonces te enfureces y entras en acción.

—Gruuuuug, gruuuuug, gruuuuug.

—Eso. Entonces el conde manda a este grupo de soldados para que investiguen, pero cuando sacas la cabeza salen huyendo despavoridos.

— ¡A que sí! Gruuuuug...

—Ya vuelven otra vez, pero son muchos más y traen todos los cuchillos, hachas, palos y bolas de hierro que han encontrado.

— ¿Y qué me hacen?

—Nada. Tú eres tan fiero y descomunal que las lanzas de hierro son para ti palillos mondadientes.

—Ja, ja, ja: no me dais miedo, mequetrefes. ¡Acercaos!

—Tú tienes hambre y se te hace la boca agua a la vista de tan ricos manjares.

— ¡Soy una trituradora! ¡Venid a que os hinque los dientes! Di: ¿me los como ya?

—No, hombre.

—Pero es que tengo un hambre devoradora, y si ellos se me ponen a tiro... Anda, solo un bocadito...

—Que no. Mira, aquí están lanzándote el buey al lago y ovejas estofadas y pavos rellenos para que te los comas.

— ¡Uhmmm!, ¡qué rico!

— ¿Te gusta? Bueno, pues a partir de este momento tienen que echarte de comer cada tres horas porque, de lo contrario, saldrías del lago y te los zamparías sin dejar de ellos ni las raspas.

—Y están asustados, ¿no?

—Muertos de miedo.

—Yeso que no saben que les estoy infectando el lago y que el olor a putrefacción les va a llegar hasta sus casas, les va a contaminar el ambiente y se van a asfixiar.

—No seas tonto, si se mueren te los vas a tener que comer a todos de golpe, y puedes reventar de la indigestión: si no lo haces, se te van a estropear. ¿No ves que no están congelados, ni tienen conservantes ni nada? Y como te los comas caducados o en malas condiciones, pues te intoxicas.

— ¡Ah!, ¿y entonces qué hago?

—Tú te esperas a que te vayan trayendo todos los animales uno por uno hasta que se les acaben las vacas, las cabras, los corderos, los conejos y los pollos en cien leguas a la redonda.

—Y los gatos y los perros y los patos y las codornices...

—Total, que el condado está aterrorizado, pues la gente no sabe qué hacer para seguir manteniéndote. Se están gastando mucho dinero en traerte comida de otros lugares. Aquí, en esta esquina, detrás de estas matas de acanto, está el Consejo, que es esta granada y los granitos de dentro son todos, que se han reunido con sus birretinas rojas como enanitos. Están deliberando cómo acabar contigo antes de que tú acabes con ellos. Llevan horas discutiendo y cavilando. Algunos muestran unos ingenios que han ideado para capturarte y tratan de conseguir voluntarios para que los hagan funcionar.

—Yo quiero empezar a comerme a la gente cruda ya mismo.

—Han decidido, a la desesperada, hacer cada día un sorteo y echarte a la persona que le toque la china.

— ¿Y cuándo te va a tocar a ti?

—Enseguida. No llega a la semana y media. Mira, aquí estoy yo: esta corola blanca. Yo era la hija del conde y acabo de sacar la piedra negra, esta especie de hojita oscura, ¿la ves?, que es mi sentencia de muerte. Mi padre no quiere entregarme y dice que me va a canjear a cambio de todo el oro y la plata que tiene en el salón del tesoro. Pero sus súbditos se le han rebelado y lo están amenazando con quemarlo vivo por no cumplir lo pactado, como todo el mundo. Esta especie de zarza son las puntas de las flechas que están apuntando al conde, mi padre. Yo no tengo más remedio que despedirme y salir a tu encuentro.

—Huuuummmm..., ¡huelo a carne humana!

—Yo voy llorando. Es un día radiante y la vereda está toda cuajada de margaritas. Mi padre, cuando cumplí quince años, me prometió llenar el castillo de margaritas el día de mi boda; pero ya no hay bodas que valgan. Estoy pensando en esas cosas tristes cuando, casualmente, se me cruza en el camino un caballero. Es este sol, ¿sabes?, porque su armadura es tan resplandeciente y está tan bruñida que parece un espejo de oro, y el penacho de su yelmo es tan suave y tan vaporoso como la clara a punto de nieve. Descabalga y me pregunta la razón de mi pena. « ¿Qué hace una novia», dice: porque yo voy con mi traje de novia, para que me sirva de mortaja, «¿qué hace una novia», repite él, «sola por los caminos y deshecha en llanto con el día tan bonito que hace?». Pero yo le digo que se monte en su caballo y que salga corriendo y se salve porque tengo miedo de que, si lo pillas conmigo, igual también te lo comes y yo no quiero irme al otro mundo con ese cargo de conciencia. Él no se mueve del sitio y me pide que le explique detalladamente mi caso, y cuando acabo de contarlo va y me dice: «Hija, no tengas miedo, yo soy san Jorge v te voy a ayudar».

—Entonces yo asomo la cabeza de debajo de las aguas pestilentes y digo: «Sí, ya, ¡que te crees tú eso!».

—El caballero, acto seguido, se santigua, sube al caballo de un salto, hace un par de molinetes con la lanza, se la enristra y, picando espuelas, se va enflechado hacia ti. Prepárate. En cuanto te tiene a su alcance, te hunde la lanza justo en el centro del corazón Y ¡zas!, te deja en el sitio.

—No, eso no vale. No me tiene que matar.

—Bueno, pues lo que hace su lanza cuando te llega al corazón es convertirlo en un corazón de oro, ¿vale? Oro de ley.

—No sé en qué consiste eso.

—Sí: en que te haces bueno y manso. Entonces me dice San Jorge: «Quítate el cinturón y átaselo al cuello».

—De eso, ni hablar.

—Y desde entonces tú eres mi animal de compañía favorito.

—No, no y no. Quita esa página. Yo solo quiero hacer cosas tremendas. Yo os tengo que devorar a los dos con caballo y todo.

—Pero, ¡cómo vas a devorar a san Jorge!
—¿Y por qué no? ¿A ti no te gustan los huesos de santos?
—Que no puede ser. En todo caso, cuando te hinque la lanza tú vas y, ¡pum!, te esfumas en el aire como una columna de humo, y en el lugar donde cayó la sangre brota un rosal de rosas rojas.
—Pero, por lo menos, antes te como.

—No, no insistas con eso. No tiene ningún sentido que me comas delante de las narices de san Jorge.

—Que sí, mira: yo te como. Y, en vez del rosal, que eso son tonterías de los cuentos de hadas, pues yo voy y te vomito después si quieres.

—¡Te he dicho que no!

Con el final jamás se ponían de acuerdo, pues el dragón no quería ser amansado ni tampoco que lo hicieran picadillo y la doncella quería ser salvada a todo trance porque no le hacía ninguna ilusión morir teniendo, tan a la mano, a un santo y a un caballero andante en una sola pieza. Y lo de ser vomitada, menos: eso era una guarrería. Así que no había un desenlace fijo, con lo cual el dragón siempre estaba intrigado y jamás satisfecho y la última página no terminó nunca de prenderse con las demás.

En lo que sí coincidieron fue en llamar al condado «Barcelona», que, aunque no sabían qué quería decir ni recordaban cómo ni de dónde salió ese nombre, les parecía una palabra mágica.

Dos reinos más allá, el primer Jorge, que ya era caballero, pensaba a menudo en aquella doncella que rechazó el auxilio de su espada sin atreverse a imaginar la continuación, porque era demasiado obvia y demasiado truculenta. Pero el recuerdo le rondaba continuamente, y esa obsesión muchas noches no le dejaba dormir. Le torturaba el haber hecho caso a la doncella, haberse dejado convencer tan fácilmente. Le era imposible dejar de revivir ese momento sin sentirse culpable por haber seguido, sin más, su camino.

—No soy un verdadero caballero, no merezco los blasones de mi escudo —se lamentaba—: dejarla a merced de una fiera solo porque a ella se le había metido en la cabeza protegerme de Dios sabe qué peligro no es suficiente excusa.

No. Eso no había estado bien. Eso no era, desde luego, una acción de la que se enorgulleciera.

Un día decidió descargar su pesadumbre. Pero cuando le abrió el corazón a su esposa, su esposa no le dio mayor importancia, solamente dijo: «Peor para ella», con cara de estar pensando: «Mejor para mí». Abrió su corazón al hijo mayor y el hijo mayor dijo: «Qué necia», y se rió. Abrió su corazón al mediano y el mediano dijo: «Pobre chica», y se puso serio. Abrió su corazón, finalmente, al más chico de los tres, pero el más chico de los tres no dijo nada. Y él volvió a hundirse en los remordimientos.

Pero el más chico de los tres, a escondidas, buscó mapas en los desvanes, se aprendió los nombres de las estrellas y se ejercitó en fuerza y rapidez hasta que fue diestro en el manejo del escudo y la espada. Y una noche salió del castillo de las seis torres y un torreón, pero no por la puerta principal. Por fin había conseguido crecer y robustecerse lo suficiente como para ajustarse la armadura de su padre y soportarla. Solo llevaba una hogaza de pan y una bota con clarete.

Noche tras noche cabalgó sin descanso cruzando parajes desconocidos, lo mismo desiertos que selvas, praderas que pantanos, y conforme avanzaba por el camino que le señalaba el cielo, la impaciencia le ardía en el corazón.

Cada anochecer, antes de ponerse en camino, se santiguaba, tomaba un pellizco de pan, bebía un sorbo de vino sin permitirse otro alimento porque, de noche, era imposible distinguir los árboles frutales de los venenosos, las fuentes puras de las emponzoñadas y no era el caso. Por eso, al llegar a la cueva solo pudo decir: «Señora, soy Jorge», y cayó desfallecido.

La doncella entonces salió, se arrodilló junto a él, le levantó la visera del yelmo y pudo ver el dulce ámbar de sus ojos, su nariz delicada, la playa de sus mejillas, el hoyo del mentón y los labios firmes como los bordes de una concha púrpura. Pero también vio, menos mal, el escudo refulgiendo de caballerescos blasones y se dio, finalmente, por rescatada.

Con destreza montó en el corcel del caballero desvanecido y, tomando imperiosamente las bridas, le ordenó: «Andando». Pero el corcel dobló las rodillas fatigado ante la idea de volver a sufrir las calamidades pasadas, y la doncella tuvo la sensación de que había llegado el momento de desesperarse de una vez por todas.

No pudo, sin embargo. Ni le dio tiempo a deshacerse las trenzas siquiera: el dragón, que la había estado observando como quien no quiere la cosa, se echó al hombro derecho el corcel moribundo y en el izquierdo al supuesto caballero y a la doncella y, como era un dragón volador, en menos de nada los puso en la puerta de la casa de él.

Los padres del joven Jorge, que habían estado deshechos con su escapada, cuando lo encontraron en tal mal estado, en lugar de regañarle, lo metieron en la cama y le dieron friegas de alcohol y cosas ricas. Pero nadie reparó ni en el dragón ni en la doncella. Ninguno de los de la casa, se entiende, porque los curiosos no dejaron de importunar metiendo las narices por los barrotes de la verja del jardín y queriéndolo saber todo con pelos y señales. Entonces la doncella respondía muy amablemente contándoles la historia que tanto le gustaba al dragón.

—En un condado llamado Barcelona, apareció un terrible dragón que les infectaba el lago y que, para mantenerlo a raya, los habitantes tuvieron que ir sacrificando sus ganados, sus rebaños y sus corrales, y cuando acabaron con los animales no tuvieron más remedio que entregarse ellos mismos. Las víctimas se designaban diariamente mediante sorteo hasta que un día le tocó a la hija del conde. Como cualquier hijo de vecino, el conde, deshecho en llanto, la despidió y la joven se dirigió al lago siniestro sumida en negros presagios. Pero grande fue su sorpresa cuando la alcanzó al galope el joven Jorge que, enterado de su trágica suerte, no vaciló en poner a su disposición su valor y su lanza...

La gente escuchaba fascinada esa fantástica historia del dragón terrible, la doncella sacrificada y el caballero de la lanza milagrosa, por lo que se difundió rápidamente. Antes de que cayese el sol, la hazaña del joven Jorge ya había saltado las murallas y sobrepasado las fronteras y, a medida que la historia se relataba y se expandía, progresaban los preparativos para que el joven Jorge ingresara en la Orden de Caballería tan pronto como se reanimase.

Y claro, la doncella se dio cuenta, aparte de que ya no estaba en edad de convertirse en buena esposa ni prolífera madre de nadie, de que este caballero tampoco era caballero pero que, según lo que ella atestiguara, lo podría llegar a ser.

Desde luego, nadie mejor que ella sabía que el joven no le había dado a su espada el uso debido, pero ya había vivido lo bastante y había urdido suficientes peripecias y sabía que las cosas son verdad cuando se cree en ellas, y veía las cosas de manera diferente a como las veía cuando el Jorge padre le quiso dar la oportunidad de ser la madre de Jorge hijo. Y decidió que si el chico iba a ser armado caballero, ella no pondría obstáculos. Es más, le ayudaría a estrenar su espada mediante cualquier otra prueba que lo hiciera acreedor de un escudo con blasón propio sin necesidad de matar a su amigo el dragón.

Por eso, cuando estaba para clarear el día siguiente, entró en la alcoba del chico y, aprovechando que su voz ejercitada en persuadir y encantar, era fresca y armoniosa, se deslizó entre los doseles de la cama del joven Jorge y le susurró lo siguiente:

—Deseo una cosa de vos.

—Lo que deseéis es vuestro —respondió el joven Jorge, espabilándose en el acto.

—Antes de que el sol se beba el rocío de los parques cortadme una flor —dijo ella.

Entonces, el joven Jorge saltó de la cama, enarboló su espada virginal, corrió al jardín y cortó una rosa blanca, que enrojeció al instante como si se hubiera sumergido en un charco escarlata.

Así la espada hizo su servicio.

El joven Jorge, con una rodilla en tierra, entregó a la doncella la rosa transfigurada.

—Señora...

Los labios del joven Jorge se posaron sucesiva y delicadamente sobre el tallo de la rosa y en uno de los dedos que lo sostenían: el dedo corazón.

—Yo también quisiera obsequiaros —dijo ella, emocionada, y rebuscando en la amplitud de sus faldas, añadió cuando encontró lo que quería—: Tomad. Todo lo que pasó en la cueva está aquí. Esta es mi declaración.

Y le dio el libro.

—Le falta el final —observó el joven Jorge.

—El final es una rosa roja —fue el comentario de ella.

Y se dio la vuelta lo más dignamente que pudo, aguantando las ganas de correr, pues tenía miedo de que el sol, que empezaba a encenderse, le jugase una mala pasada.

La doncella desprendió del tallo de la rosa el beso del joven Jorge y se lo ensortijó sobre el otro beso, que temblaba en su dedo corazón, y se sujetó la rosa en el pelo cerca, muy cerca de su mejilla. Buscó luego al dragón y juntos regresaron a la cueva a seguir descubriendo historias fabulosas en los montoncitos del tapiz porque, fuera de allí, ya no se hallaban.

Al principio todo el mundo preguntaba por la doncella, e incluso la estuvieron buscando para que ratificara su testimonio y se casara con el joven Jorge y etcétera, hasta que se cansaron y la olvidaron. Y nadie supo nada más de ella. Ni, por supuesto, del dragón.


Ni la doncella y el dragón supieron que, cada 23 de abril, los jóvenes de un condado llamado Barcelona se regalan libros y rosas rojas porque es San Jorge, ni que las Cortes Catalanas lo eligieron patrón de Cataluña, ni que el día de San Jorge es también el Día del Libro.

Claro que el joven Jorge se llamaba así por su padre y su padre por el san Jorge auténtico, ese santo que celebra su día el 23 de abril y que tiene una historia bien diferente, aunque no por ello menos prodigiosa.

Era un caballero de Georgia. Una tierra mítica cuyas leyendas inspiraron a los más célebres poetas de la antigüedad. Sufrió durante siete años, y en presencia de setenta reyes, toda clase de pruebas de las que salió victorioso, e incluso, por tres veces, desafió a la muerte escapando de su dominio. Lo que pasa es que todo el mundo lo confunde con el san Jorge de la historia del tapiz, ese valeroso caballero que cabalgó por la imaginación de una doncella cautiva desafiando dragones y cortando rosas rojas.

Con ese pretexto, algunos que se pasan de listos vienen diciendo que el tal san Jorge no es verdad porque no existió nunca. Como si solo fueran verdad las cosas regidas por el tiempo y la materia.

El san Jorge de Georgia, por lo pronto, fue y es y seguirá siendo porque, existiera o no existiera, se trata de una alegoría. Sus suplicios y sus resurrecciones representan los procesos a los que el individuo debe someterse para alcanzar el conocimiento de sí mismo, pero también a la muerte y la resurrección de la tierra según el ciclo de las estaciones. San Jorge se nos presenta como un caballero. Las tradiciones secretas de las órdenes de caballería enseñan cómo vencer las leyes de la materia y del tiempo, y San Jorge es también el santo protector que simboliza, defiende y guarda esta sabiduría oculta como la semilla y las raíces. En realidad, aunque se le identifica como un caballero, nadie sabe a qué orden de caballería pertenece, y es porque él representa a otra clase de caballeros. «Caballero», en lenguaje simbólico, quiere decir «cabalista»; y «caballo», «Cábala». Al igual que para manejar un arma no solo hace falta fuerza sino pericia, para ser experto en la Cábala no basta con saber leer con los ojos. Cada letra es un número, cada palabra un sistema y cada frase una fórmula, y es necesario mucho esfuerzo y perseverancia hasta llegar a descifrarla correctamente.

El Jorge de la historia, el caballero de resplandeciente armadura que salvara a la princesa de un terrible dragón, tampoco es mentira. Y que su día sea el Día del Libro tiene su porqué, aparte de que precisamente Shakespeare, Cervantes y el Inca Garcilaso, murieran un 23 de abril.

Un libro, como San Jorge, puede rescatar a la princesa, que es la Inteligencia, de la cueva del dragón de la Ignorancia. ¿O no?

Quizá, para la razón, solo pueda demostrarse lo que está sujeto a datos, fechas, peso, dimensión y cantidad. Quizás la realidad sea eso: materia y, por tanto, sujeta a mudanzas. Pero la verdad es invisible. Es una soberana de la que se puede desertar, pero no se la puede destronar ni destruir. Por eso, cuando una historia, por muy insólita que sea, se expande y permanece confirma su autenticidad imperecedera en el territorio de lo esencial, más allá del reino de la percepción.


Y, además, esta historia le salió preciosa a la doncella.


del libro:  El Lenguaje Secreto de los Cuentos - Ana Rosetti

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