miércoles, 12 de septiembre de 2012

La Lengua Perdida CAPÍTULO V de “El Peregrino de la Rosacruz” Phileas del Montesexto




La Lengua Perdida
CAPÍTULO V de “El Peregrino de la Rosacruz”
Phileas del Montesexto

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La propuesta revolucionaria de los rosacruces del siglo XVII destinada a crear una “nueva sociedad” con una nueva Ciencia, una nueva Política, un nuevo Arte y una nueva Religión, implicaba además la adopción de una “nueva lengua”, un lenguaje perfecto y universal basado en la “lengua perdida de Adán” (“lingua adamica”).
A esto se refiere la “Fama” cuando dice que los cuatro fundadores de la Hermandad compusieron una lengua y una escritura mágicas para uso interno, un dato importante que se confirma en la “Confessio”: “Nosotros hemos tomado nuestra escritura mágica de estos signos y letras, y descubrimos e hicimos un nuevo lenguaje para nosotros mismos, en el cual además está expresada y declarada la naturaleza de todas las cosas. De manera que no es nada raro que no seamos tan elocuentes en otros idiomas, los cuales, según sabemos, son completamente diferentes a la lengua de nuestros antepasados Adán y Henoch, y se perdieron completamente por medio de la confusión babilónica”. (1)
La recuperación de un lenguaje perdido y perfecto anterior a la “confusión de las lenguas” (“confusio linguarum”) relacionado con la caída de la Torre de Babel, a fin de convertirlo en una lengua de uso universal será el tema que abordaremos en el presenta capítulo, atendiendo especialmente a la relación de la Fraternidad Rosacruz con la “Palabra Perdida”.
La lengua de los rosacruces
En los dos manifiestos anteriormente estudiados se hace referencia a la necesidad de un nuevo idioma, un lenguaje iniciático propio de la Hermandad Rosacruz, como un intento de sustitución de la lengua adámica, perdida para siempre en la “confusión babilónica”.
Esta confusión está vinculada con el episodio del Génesis donde es destruída la Torre de Babel: “En ese entonces se hablaba un solo idioma en toda la tierra. Al emigrar al oriente, la gente encontró una llanura en la región de Sinar, y allí se asentaron. Un día se dijeron unos a otros: «Vamos a hacer ladrillos, y a cocerlos al fuego.» Fue así como usaron ladrillos en vez de piedras, y asfalto en vez de mezcla. Luego dijeron: «Construyamos una ciudad con una torre que llegue hasta el cielo. De ese modo nos haremos famosos y evitaremos ser dispersados por toda la tierra.» Pero el Señor bajó para observar la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo, y se dijo: «Todos forman un solo pueblo y hablan un solo idioma; esto es sólo el comienzo de sus obras, y todo lo que se propongan lo podrán lograr. Será mejor que bajemos a confundir su idioma, para que ya no se entiendan entre ellos mismos.» De esta manera el Señor los dispersó desde allí por toda la tierra, y por lo tanto dejaron de construir la ciudad. Por eso a la ciudad se le llamó Babel [confusión], porque fue allí donde el Señor confundió el idioma de toda la gente de la tierra, y de donde los dispersó por todo el mundo”. (Génesis 11:1-9)
La lengua original, es decir aquel lenguaje divino y primigenio es llamado habitualmente “lengua adámica” (“lingua adamica”) mientras que otra lengua primordial y prototípica se vincula generalmente con la figura de Henoch. Etimológicamente, Henoch (o Enoch) significa en hebreo “iniciador”, “instructor”, “dedicado”, “maestro” y fue considerado el inventor de la escritura, es decir el constructor de una lengua escrita basada en el idioma primordial, después de la simbólica caída o expulsión del Paraíso.
De acuerdo a la leyenda, Henoch encontró una plancha triangular de oro en lo alto de una montaña, con ciertos caracteres sagrados que estaban grabados en ella, estableciéndosele la prohibición absoluta de pronunciarlos. Para proteger esta plancha divina, Henoch planificó la construcción de un Templo sostenido por nueve arcos en las entrañas de la tierra, también conocido como el “Templo primordial”.
La monumental obra arquitectónica fue llevada a cabo por el hijo de Henoch (Matusalén), “que no estaba enterado de los motivos que tenía su padre para tal acción. Ese templo consistía en nueve bóvedas de ladrillo, situadas perpendicularmente debajo de cada una, y comunicadas por aperturas puestas en el arco de cada bóveda. (...) Henoch hizo fabricar una placa triangular de oro, de un codo por cada lado; la adornó con las más preciosas piedras e incrustó la placa en una piedra de ágata de igual forma. Sobre la placa grabó en caracteres inefables el verdadero nombre de la divinidad, y, colocándola sobre un pedestal cúbico de mármol blanco, depositó todo dentro del arco más profundo.
Cuando este edificio subterráneo fue completado, hizo una puerta de piedra y atándole una anilla de hierro, por medio de la cual pudiera ocasionalmente ser izada, la colocó sobre la abertura del más elevado de los arcos y lo cubrió de manera que la abertura no pudiera ser descubierta”. (2)
En esta historia la palabra inefable (esto es, la Palabra Perdida) se puede vincular con la tradición griálica porque, si prestamos atención a las claves del simbolismo arcaico, la Palabra Perdida y el Santo Grial son exactamente la misma cosa, y los llamados “custodios del Santo Grial” son también los “guardianes de la Palabra Perdida”. Esto lo comprende muy bien René Guénon cuando equipara “búsqueda de la Palabra Perdida” con la “búsqueda del Santo Grial”. (3)
Basados entonces en las lenguas de Adán y Henoch, los rosacruces se propusieron restituir el lenguaje primordial perdido mediante una lengua nueva, universal e iniciática. De acuerdo con Umberto Eco, “la doctrina rosacruciana de la lengua mágica es deudora de la teoría de las señales que aparece en Jakob Böehme, un místico que tuvo una gran influencia en la cultura europea posterior, que era sin duda conocido en el ambiente rosacruciano alemán. (…) Webster, en el “Academiarum examen” de 1654 recuerda que las ideas de Böehme eran «reconocidas y adoptadas por la iluminadísima confraternidad de los rosacruces»”. (4)
Böehme hablaba de un “lenguaje de la naturaleza” y creía que “no hay nada creado en la naturaleza que no manifieste externamente su forma interior porque esta fuerza, por así decir, trabaja en el interior para manifestarse en el exterior. Así el hombre podrá llegar a conocer la Esencia de las Esencias”. (5) La lengua “esencial” era la que había adoptado el propio Adán al nombrar las cosas, según leemos en el Génesis: “Entonces Dios el Señor formó de la tierra toda ave del cielo y todo animal del campo, y se los llevó al hombre para ver qué nombre les pondría. El hombre les puso nombre a todos los seres vivos, y con ese nombre se les conoce.
Así el hombre fue poniéndoles nombre a todos los animales domésticos, a todas las aves del cielo y a todos los animales del campo”. (Génesis 2:19-20)
Este lenguaje original con el que Adán dio nombre y habló con los pájaros es conocido también como “lengua de los pájaros” (“lingua passerum”) pues nos muestra a un hombre integrado a la naturaleza tal como lo indicara Eliade al decir: “Aprender el lenguaje de los animales, y en primer lugar el de las aves, equivale, en cualquier parte del mundo, a conocer los secretos de la naturaleza”. (6)
Esta tradición fue tomada por el Islam y en el Sagrado Corán se puede leer que “Salomón fue verdaderamente heredero de David; y decía: “¡Oh gentes! Nos ha sido enseñado el lenguaje de los pájaros, y se nos ha dado en abundancia de todo lo bueno: ¡ciertamente, esto es en verdad un claro favor de Dios!” (Corán XXVII:16), atendiendo a la idea que la lengua de los pájaros fue revelada tras la caída “a Salomón, quien se lo comunicó a la reina de Saba y a Apolonio de Tyana”. (7) En otras versiones, esta “lingua passerum” no es revelada a Salomón sino a Henoch, quien –a su vez– se la habría transmitido a su hijo Matusalén, pasando posteriormente a Melquisedec, en una cadena iniciática que repite el linaje del Santo Grial.
Como bien dice Guénon, “los pájaros se toman con frecuencia como símbolo de los ángeles, es decir, precisamente, de los estados superiores” (8) y por lo tanto esta lengua primigenia tiene un origen metafísico, una idea que tuvieron en mente tanto Heinrich Cornelius Agrippa como John Dee al dar a conocer diversos idiomas angélicos, con sus respectivas grafías, como el malachim o el Henochiano, según veremos más adelante.
El lenguaje de los pájaros es, por su propia definición, una lengua musical y rimada, fundamentada en la “ciencia del ritmo”, y por esta razón las enseñanzas islámicas auguran que Adán hablaba en verso. El sufismo destacó este punto, en uno de los escritos más famosos de la espiritualidad musulmana: “La Conferencia de los pájaros” (mantiq at-tair), escrito en el siglo XII por Farid ud-Din Attar. En esta obra, una abubilla (que había servido de guía al rey Salomón, de acuerdo con el Corán XXVII:20-28) se convierte en el líder de los pájaros guiándolos por siete valles llenos de peligros y desafíos a fin de encontrar a un pájaro maravilloso llamado Simorg. (*)
En la tradición hermética, especialmente en la Alquimia, este lenguaje está vinculado al círculo interno de los Iniciados, y se lo conoce como “lenguaje verde”. En esta línea de pensamiento, Fulcanelli relaciona el lenguaje de los pájaros con el “argot”, explicando que: “el argot es una de las formas derivadas de la lengua de los pájaros, madre y decana de todas las demás, la lengua de los filósofos y de los diplomáticos. Es aquella cuyo conocimiento revela Jesús a sus apóstoles, al enviarles su espíritu, el Espíritu Santo. Es ella la que enseña el misterio de las cosas y descorre el velo de las verdades más ocultas. (…) Ahora bien, los diccionarios definen el argot como «una lengua particular de todos los individuos que tienen interés en comunicar sus pensamientos sin ser comprendidos por los que les rodean». Es, pues, una cábala hablada. Los argotiers, o sea, los que utilizan este lenguaje, son descendientes herméticos de los argo-nautas, los cuales mandaban la nave Argos, y hablaban la lengua argótica mientras bogaban hacia las riberas afortunadas de Cólquida en busca del famoso Vellocino de Oro. Todavía hoy, decimos
(*) El Simorg es un ave mitológica de los antiguos persas que poseía alas, aletas de pez, arrojaba fuego como el dragón y tenía patas para desplazarse por la tierra, es decir que representaba una síntesis de los cuatro elementos)
del hombre muy inteligente, pero también muy astuto: lo sabe todo, entiende el argot. Todos los Iniciados se expresaban en argot, lo mismo que los truhanes de la Corte de los milagros –con el poeta Villon a la cabeza– y que los Freemasons, o Francmasones de la Edad Media, «posaderos del buen Dios», que edificaron las obras maestras argóticas que admiramos en la actualidad. También ellos, estos nautas constructores, conocían el camino que conducía al Jardín de las Hespérides...”. (9)
La Palabra Perdida
Los rosacruces han sido considerados tradicionalmente los “custodios de la Palabra Perdida”. Según dijimos anteriormente, esta Palabra Perdida puede ser identificada plenamente con el Santo Grial, al que hemos definido no como un objeto (ni una copa ni una piedra) sino como una fuerza, un poder intangible que transforma al profano en iniciado, del mismo modo que la piedra filosofal convierte al plomo en oro.
En ambos casos, tanto el Grial como la Palabra son símbolos del centro primordial, del árbol de la vida que hemos de alcanzar para comer de su fruto y alcanzar la reintegración. Dicho de otro modo, el reencuentro con esta Palabra Perdida (“Verbum Dimissum”) supone el regreso al estado adámico o primordial, el retorno al centro, o sea la meta suprema del sendero iniciático.
Mientras que los francmasones auténticos (esto es, aquellos que trabajan a la gloria del Gran Arquitecto del Universo) se afanan en la búsqueda de esta Palabra Perdida, la cual se cita recurrentemente en todos los rituales y todos los grados, los rosacruces (esto es, aquellos que han logrado hacer florecer la rosa en su cruz) no necesitan buscarla porque ya son poseedores de la misma.
Un poema editado en Edimburgo en 1638, dice en una de sus estrofas: “Porque somos Hermanos de la Rosacruz / Tenemos la palabra del masón y una segunda vista / Podemos predecir correctamente las cosas que vendrán…”. (10)
En el ritual masónico del grado 18º (Caballero Rosacruz) se hace referencia a esta Palabra y el Maestro solicita a los Hermanos: “Empleemos todos nuestros esfuerzos y nuevos trabajos en recobrar la Palabra Perdida”, hasta que finalmente, en los trabajos son clausurados “la hora en que la Palabra fue hallada y la Piedra Cúbica se transformó en Rosa Mística, en que la estrella refulgente ha vuelto a aparecer en todo su esplendor y nuestros instrumentos han tomado su forma primitiva”. (11)
Esta Palabra Perdida es “inefable”, es decir inexpresable y va más allá de las palabras. Por esta razón se la comprende íntimamente en el silencio. Sin embargo, en su afán por descubrir y utilizar esta palabra poderosa, los hombres han intentado reducirla a una palabra conocida y pronunciable (INRI, Mathra, Mathrem, Aum, YHWH, etc.)
Desde una óptica mística, la Palabra Perdida representa el nombre del Ser, el Absoluto, el Uno sin Segundo y, de este modo, al pronunciarla estaríamos entrando en comunión con esta divinidad, haciéndonos uno con él. Esto significa que la pronunciación de esta Palabra sería accesible solamente a los puros, a aquellos Iniciados dignos de abrir la Puerta del Templo. En otras palabras, el descubrimiento de la Palabra no sería otra cosa que el recuerdo de esa Palabra (que ya conocemos pero que hemos olvidado) a través de una ascesis espiritual.
En el judaísmo, la Palabra Sagrada es el nombre de la divinidad o Tetragrammaton (YHWH),
el cual estaba prohibido pronunciar, excepto en la fiesta de la expiación del mes hebreo de Tirsi. No obstante, en la tradición rosacruz –retomada por la Masonería– la Palabra Sagrada se resume en la sigla neotestamentaria “I.N.R.I.” que en su versión exotérica significa “IESVS NAZARENVS REX IVDAEORVM” (Jesús de Nazareth, Rey de los Judíos).
La placa “I.N.R.I.” clavada sobre la cruz está íntimamente vinculada con la cuarta iniciación y con el sacrificio del Cristo, simbolizado con un pelícano que se perfora el pecho con el pico para alimentar a sus pichones con su propia sangre. Sobre este punto, Antenor dal Monte revela que “el gran secreto de los Rosacruces es la Palabra, la palabra creadora, religante: muerta y perdida para el mundo, pero que los Rosacruces han recuperado haciéndola carne y sangre en sí mismos para darla (dar-se) en alimento. (…) Su misticismo y religión es EMMANUEL –que significa “Dios en nosotros”. Su amor, la Humanidad”. (12)
I.N.R.I. ha sido interpretado de diversas maneras, desde la citada acepción profana “IESVS NAZARENVS REX IVDAEORVM” hasta la iniciática y alquímica “IGNE NATVRA RENOVATVR INTEGRA” (”Por el fuego se renueva completamente la naturaleza”).
Otra interpretación (que no excluye la anterior) señala que I.N.R.I. es una palabra formada por las iniciales de los cuatro elementos en hebreo: lan (agua), Nur (fuego), Ruaj (soplo), e labejad (tierra).
En un ritual arcaico de la Rosacruz, aparecía un sugestivo diálogo donde se hacía referencia al I.N.R.I.:
“¿De dónde venís?” de I-udea
¿Hacia dónde vais? a N-azaret.
¿Quién es vuestro guía? R-afael
¿De qué tribu sois? de I-udá”. (13)
Otras interpretaciones de la sigla crística son las siguientes:
Intra Nobis Regnum Iehova: Dentro de nosotros está el Reino de Jehová.
Igne Nitrum Roris Invenitur: Por medio del fuego se descubre el nitro del rocío.
In Nobis Regnat Ille: Él triunfa en nosotros.
In Nobis Regnat lesus: Jesús reina en nosotros.
Ineffabile Nomen Rerum Initium: El Nombre inefable es el inicio de todas las cosas.
Iustum Necare Reges Impios: Es justo matar a un rey impío.
In Nobis Rosa Invenitur: Descubrir la Rosa en nosotros.
Ignem Natura Regenerando Integrat: Mediante la regeneración, la naturaleza mantiene la integridad del fuego.
Inter Nos Regnat Indulgentia: Entre nosotros reina la bondad.
In Neci Renascor Integer: En la muerte, uno renace intacto y puro.
Mientras que las interpretaciones clásicas cristianas relacionan el I.N.R.I. al Cristo histórico, las hermético-alquímicas suelen aludir al fuego renovador, pero en ambos casos se hace referencia a un elemento que quema y purifica.
En tiempos modernos, algunos ocultistas creyeron encontrar la Palabra Perdida en el vocablo persa “Mathra” (también mencionado como “Matra”, “Manthra” o “Mathrem”).
La palabra “Mathra” tiene un origen zoroastriano, por lo cual puede rastrearse en las escrituras sagradas de Persia, en especial el Zend-Avesta. Dicho vocablo denominaba a aquellas palabras sagradas que eran proferidas en himnos, fórmulas y plegarias, las cuales debían ser memorizadas e interiorizadas. La práctica de vocalización de estas poderosas palabras de poder fue heredada principalmente por el brahmanismo, siendo el origen de los “mantras” o “mantrams” védicos.
El más conocido y poderoso mantra de la tradición inda es el Om (Aum). Todos los filósofos espiritualistas han destacado el valor de la sílaba sagrada “Om”. Mientras que Blavatsky señala que “Om es el misterio de los misterios, fuente de todo poder y verdadera esencia de toda enseñanza” (14), Devananda confirma que “todos los mantras encierran el Om, que es el mantra abstracto y supremo del Cosmos. Om es el símbolo manifestado de la vibración Sabda-Brahman o Dios”. (15)
Siendo el Om un símbolo tanto visual como sonoro, se convierte en la quintaesencia de la espiritualidad oriental. Ramiro Calle lo considera “la vibración cósmica, el sonido de la energía universal que todo lo penetra, la sílaba mística con la que se designa al sustratum cósmico, la Totalidad, y que se halla desde lo más sutil a lo más burdo, desde lo más inmenso a lo más infinitesimal, incluso en los elementos subatómicos más minúsculos. Es el mantra de lo Inefable, de lo Incondicionado. Evoca el Cosmos, la energía toda, y para los creyentes el Divino, la Mente Única, el Tao” (16), recordando además que “mediante el mantra, el meditador concentra la mente y se identifica emocional y mentalmente con aquello que el mantra designa. (…) Aunque hay innumerables mantras, el meditador suele servirse de mantras que desarrollen su sentimiento oceánico, el acrecentamiento y expansión de su conciencia, el retorno a su fuente o el establecimiento en su propia naturaleza real, aquella que es a la vez personal y transpersonal. (…) El mantra se utiliza como puente hacia la supraconciencia, hacia una percepción de orden superior, más allá de la mente dual. Concentrando la mente en el mantra, se estimulan determinadas energías latentes, se liberan nudos energéticos, se unifican las potencias de la mente, se
reacondiciona positivamente el subconsciente, se estimula la emoción positiva y se dispone la mente hacia una apertura en lo inmenso. El mantra es un instrumento liberatorio, un soporte del cultivo de la atención. Mediante la recitación mántrica lúcida y consciente, la mente se va desprendiendo de los objetos externos y se retrotrae sobre sí misma, conectando con la realidad más íntima, saturando la conciencia con su significado, combatiendo la dispersión mental y enfocando al meditador sobre su espacio interior. En todas las tradiciones se ha utilizado el mantra, que debe ser recitado correctamente y, sobre todo, acompañado de genuina motivación. No cabe duda de que la eficacia de la recitación mántrica será tanto mayor cuanto mayor sea la purificación de la mente, la intencionalidad mística, la genuina aspiración, la firme resolución y la constancia en dicha recitación. El mantra también tiene una función de higienización mental y, atentamente recitado, penetra hasta las más profundas esferas del órgano psicomental, reorientando las energías emocionales hacia lo incondicionado. Así el mantra ayuda a drenar el subconsciente y a que el meditador se desplace de la mente caótica y superficial a la mente silente y profunda”. (17)
En busca de la lengua primordial
“Federico II quiso comprobar qué lengua e idioma tendrían los niños al llegar a la adolescencia si no habían podido hablar jamás con nadie. Y para ello dio órdenes a las nodrizas y ayas que dieran leche a los niños ... pero con la prohibición de hablarles. Quería en realidad saber si hablarían la lengua hebrea, que fue la primera, o bien la griega, o la latina, o la lengua árabe; o si acabarían hablando la lengua de sus propios padres, de quienes habían nacido. Pero se afanó en vano, porque los niños o infantes morían todos”. (Umberto Eco)
Si nos atenemos al relato bíblico, el Dios del Génesis es una divinidad suprema que crea a través del verbo y toda la creación es producida por un acto de habla. Por eso el Evangelio de Juan señala que “al principio era el Verbo” (Juan 1:1), lo cual puede comprobarse al repasar el Antiguo Testamento:
“Y dijo Dios: «¡Que exista la luz!». Y la luz llegó a existir”.
“Y dijo Dios: «¡Que exista el firmamento en medio de las aguas, y que las separe!» Y así sucedió: Dios hizo el firmamento”.
“Y dijo Dios: «¡Que las aguas debajo del cielo se reúnan en un solo lugar, y que aparezca lo seco!» Y así sucedió”.
Posteriormente, este Dios hizo al hombre “a su imagen y semejanza” y le dio esta instrucción: “Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de él comas, ciertamente morirás”. (Génesis 2:16-17), es decir que en este primer mandato Dios habló al hombre en un lenguaje primigenio, que –como vimos antes– la tradición designa como “lengua adámica”. Esta lengua ha sido relacionada muchas veces con el hebreo, y numerosos escritores cristianos, entre ellos Orígenes y San Agustín, aseguraron que –antes de la confusión de Babel– la lengua común (esto es, la misma hablada por Adán) era el hebreo.
Guillaume Postel, por su parte, creía que “la lengua hebrea procede de la descendencia de Noé, y que de ella han derivado el árabe, el caldeo, el indio y, sólo de forma mediata, el griego” (18) y en sus obras no solo “afirma que todas las lenguas derivan del hebreo, sino que destaca
también la importancia de la lengua como instrumento de fusión entre los pueblos. Su idea del hebreo como protolengua se basa en un criterio de Divina Economía. Según lo que escribe en De Foenicum litteris (1550), así como hay un único género humano, un único mundo, un solo Dios, también debe haber habido una única lengua, una «lengua santa, divinamente inspirada al primer hombre”. (19)
Athanasius Kircher, el sabio jesuita se afanó en el desciframiento de las claves de los jeroglíficos antes del descubrimiento de la piedra Rosetta, también se dedicó a desentrañar los misterios de la lengua madre, sosteniendo que “si Dios fue el inspirador de las palabras pronunciadas por Adán, después la humanidad desarrolló el lenguaje de una manera autónoma, y el hebreo no es más que una de las lenguas madre posdiluvianas”. (20)
Sea como sea, la tradición kabalística ha profundizado el estudio de las 22 letras del alfabeto hebreo por considerarlas un reflejo fiel del alfabeto primordial y cósmico, es decir un “alfabeto celeste” grabado en el firmamento (etimológicamente “aquello que está firme”) por la pluma de Dios.
Para los kabalistas todo lo que procede del espíritu debe tener necesariamente una manifestación visible (tal como postulaba Jakob Böehme, al que citamos anteriormente) y desde este punto de vista se justifica la existencia de un “alfabeto del cielo”.
En el Zohar se lee: “En toda la extensión del cielo, cuya circunferencia rodea el mundo, hay unas figuras, unos signos por medio de los cuales podríamos descubrir los secretos y los misterios más profundos. Estas figuras están formadas por las constelaciones y por las estrellas, que son para el sabio motivo de contemplación y manantial de misterioso gozo. Aquel que tenga que salir de viaje no tiene más que levantarse al despuntar el día y mirar atentamente hacia Oriente; así podrá ver cómo caminan por el cielo unas letras, unas ascendiendo y otras descendiendo. Estas formas brillantes son las dos letras con las cuales Dios creó el cielo y la tierra [Alef y Bet], constituyendo su nombre misterioso y sagrado”. (21)
Otro libro sagrado de la tradición kabalística, el “Sepher Yetzirah”, confirma: “Veintidós letras fundacionales. Él [Dios] las grabó, las talló, las pesó, las permutó y las combinó y formó con ellas todo lo que fue formado y todo que se formaría en el futuro. (…) Las grabó con la voz, las talló con el aliento, las fijó en los cinco sitios de la boca. (…) Él las pesó y las permutó: Alef con todas ellas y todas ellas con el Alef; Bet con todas ellas y todas ellas con Bet. Continúan en ciclos y existen en doscientas treinta y una puertas. Así, todo lo que es formado y todo lo que es hablado deriva de un Nombre”. (Sefer Yetsirah 2:2-5)
“Los verdaderos judíos reconocen que el origen alfabético de su Lengua viene de la parte celeste y no de la convención de los hombres. Ellos encuentran todos los caracteres de esa lengua claramente escritos en el recorrido de las estrellas de donde han salido”.
(Martínez de Pasqually)
J.H. Broome sostiene que “algunos de los rabinos judíos conectan el origen de los caracteres cuadrados del lenguaje hebreo escrito con configuraciones astronómicas” (22), lo cual se deja en evidencia al comparar las 22 letras del alfabeto hebreo con 22 constelaciones, como apreciaremos en las próximas páginas.
A lo largo de la historia, varios escritores de la tradición hermética intentaron reconstruir el

Comienzo del Salmo XIX en el Alfabeto astral
Fuente de las imágenes: “The astral origin of the emblems, the zodiacal signs, and the astral hebrew alphabet” (J.H. Broome)
Traducción: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos”
alfabeto celeste, siempre teniendo como referencia al hebreo. Uno de los intentos más conocidos fue el del filósofo Heinrich Cornelius Agrippa que, en su obra “De Occulta Philosophia libri III” describió tres alfabetos celestiales y angélicos, señalando que: “entre los hebreos hay muchas clases de caracteres, y una [de sus escrituras] es antiquísima: se trata de la Escritura Antigua que emplearon Moisés y los profetas, que no debe ser revelada temerariamente a nadie, pues las letras hoy en día utilizadas fueron instituidas por Esdras. Entre ellos hay una escritura que llaman Celeste, pues explican que fue ubicada y figurada entre los astros, igual que los otros astrólogos obtienen las imágenes de los signos de los lineamientos de las estrellas. Hay también otra escritura que llaman Malachim o Melachini, es decir, escritura de los ángeles, o real. Tienen otra que llaman Pasaje del río”. (23)
Estos son los alfabetos que nos enseña Agrippa en su obra:
Malachim [Siglo XVI]
(del hebreo Mal’ach, que significa “ángeles” o “mensajeros”)
Alfabeto “celeste” [siglo XVI]
Alfabeto “del pasaje del río” [Venecia. 1523]
(Transitus Fluvii o “Transitus fluminis”) Concebido por el rabino Abraham de Balmis en su obra “Peculium Abrae. Grammatica hebraea una cum latino”.
A continuación incluimos un diagrama donde se comparan todos estos alfabetos mágicos:
ALFABETOS SAGRADOS
HEBREO
MALACHIM
CELESTE
PASAJE
DEL RÍO
LETRA
LETRA
LETRA
LETRA
NOMBRE
VALOR
NOMBRE
VALOR
Alfabeto celeste en el hemisferio Norte
ALFABETOS SAGRADOS
HEBREO
MALACHIM
CELESTE
LETRA
LETRA
LETRA
LETRA
NOMBRE
VALOR
NOMBRE
VALOR
Alfabeto celeste en el hemisferio Sur
Estos intentos por descubrir un alfabeto metafísico que nos permita comunicarnos con las entidades del mundo invisible no es patrimonio exclusivo de Occidente, ya que aparece repetidamente en las escrituras sagradas de Oriente. En los “Yogas Sutras” de Patanjali –por ejemplo– podemos leer que “el lenguaje de los hombres de la tierra no puede llegar a los Señores. La Magia consiste en dirigirse a los dioses en su propio lenguaje”. (24)
Los postulados de Agrippa, Paracelso y otros sabios del hermetismo que se afanaron en construir un puente semántico con el mundo angélico, fueron retomados a fines del siglo XVI por John Dee, quien –además de ser un antecedente comprobable del rosacrucismo de los manifiestos– fue el creador de otro alfabeto “metafísico” fundamentado en la sabiduría arcaica y conocido como “Henochiano”, el cual analizaremos en nuestro próximo capítulo.
Abajo: Tabla combinatoria presentada por el jesuita Athanasius Kircher, que postulaba que el origen de la escritura y del lenguaje debía ser buscado en la revelación divina. En esta tabla se pueden apreciar las siguientes columnas (de izquierda a derecha): escritura normal, doble tipo de caracteres gráficos angélicos, el código de “transitus fluminis” de Abraham de Balmis, escritura de los antiguos samaritanos, escritura florida de los samaritanos según Villalpando, los caracteres usados por Moisés al escribir las tablas de la Ley, la escritura siríaca y por último, la verdadera escritura hebrea.

pueden bajarlo desde aquí:

http://initiationis.org/Lengua%20Perdida%20-%20Phileas%20del%20Montesexto.pdf

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Saludos afectuosos, Edgardo

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