martes, 1 de octubre de 2013

pregunta 166 del libro Filosofía Rosacruz en Preguntas y Respuestas Vol II







Hola Amigos, empezamos hoy la publicación en audio, formato mp3, algunos escritos de interés extraidos de la Obra de Max Heindel

En esta ocasión, se trata de la actitud rosacruz hacia la oración, tal cual está explicado en la pregunta 166 del libro Filosofía Rosacruz en Preguntas y Respuestas Vol II

Usted puede escuchar acá el contenido


PREGUNTA Nro. 166 DE LA ORACIÓN

¿Cuál es la actitud Rosacruz hacia la oración, a la luz de las admoniciones Biblicas?
Respuesta: En cierto lugar la Biblia nos aconseja orar sin cesar. En otro Cristo repudia la
práctica diciendo que no debemos imitar a los que creen que son oídos por sus muchas
palabras. No puede haber, por supuesto, ninguna contradicción entre las palabras de Cristo y
las de Sus discípulos, y debemos por consiguiente reconstruir nuestras ideas de la oración de
tal manera que podamos orar siempre, y no obstante, sin expresión verbal o mental
voluminosa. Emerson dijo:

"Although your knees were never bent,
To heaven your hourly prayers are sent
And be they formed for good or ill,
Are registered and answered still."


Aunque tus rodillas nunca se doblen,
Al cielo tus frecuentes oraciones son enviadas,
Y ya sean hechas para bien o para mal,
Son recibidas y siempre contestadas.

En otras palabras, cada acto es una plegaria que, bajo la ley de causa y efecto, nos trae los
resultados adecuados. Obtenemos exactamente lo que necesitamos. La expresión en palabras es innecesaria, porque la acción sostenida en cierto lineamiento indica lo que deseamos, aun cuando nosotros mismos no lo comprendamos, y con el tiempo, largo o corto, de acuerdo con la intensidad de nuestros deseos viene aquello por lo cual hemos orado.
Las cosas así obtenidas o logradas pueden no ser lo que real y conscientemente deseamos. De hecho algunas veces podemos obtener algo de lo cual procuraríamos deshacernos pronto, algo que es una maldición y un azote pero la oración-acto nos la ha traído y debemos aceptarlo hasta que legítimamente podamos librarnos de ello. Si lanzamos una piedra al aire, el acto no está completo hasta que la reacción ha devuelto la piedra a la tierra. En ese caso el efecto sigue a la causa tan rápidamente que no es difícil notar la conexión entre los dos.
Sin embargo, si le damos cuerda a un reloj despertador, la fuerza queda almacenada en la
cuerda hasta que la libere un cierto mecanismo. Luego viene el efecto -el reteñido de la
campanilla- y aunque podamos haber estado durmiendo el sueño de los justos, la reacción o
desenrollamiento de la cuerda tiene lugar de todas maneras. Similarmente, las acciones que
hemos olvidado alguna vez producirán sus resultados siempre, y de este modo es contestada la plegaria de acción.
Empero, existe la verdadera oración del místico -la oración en la cual nos encontramos con
Dios cara a cara, como Elías lo hizo. No le hallamos en el tumulto del mundo, ni en el viento,
ni en el terremoto, ni en el fuego, sino que cuando todo está quieto la voz silenciosa nos habla
interiormente. Sin embargo, el silencio que se requiere para esta experiencia no es un mero
silencio de palabras. No existen ni siquiera las imágenes internas que frecuentemente pasan
ante nosotros en la meditación, ni tampoco pensamientos, sino que nuestro ser entero se
asemeja a un lago tranquilo y transparente como un cristal. En él la Deidad Misma se refleja y
experimentamos la unidad que hace innecesaria la comunicación por palabras o por cualquier
otra forma. Sentimos todo lo que Dios siente. El está más cerca que nuestras manos y pies.
El Cristo nos enseñó a decir “Padre Nuestro que estás en los cielos”, etc. Esa plegaria es la
más sublime que pueda ser expresada en palabras, pero esta oración de la que estoy hablando puede en el momento de la unión expresarse a sí misma en la palabra no hablada "Padre". El devoto, cuando está verdaderamente en disposición de orar, nunca va más allá. No hace peticiones, porque, ¿qué utilidad tiene? ¿No tiene la promesa de que "El Señor es mi pastor; nada me faltará”? ¿No se le ha dicho que busque primero el reino de Dios y todas las demás cosas serán dadas por añadidura? Su actitud puede ser mejor comprendida, tal vez, si tomamos el símil de un fiel perro que mira con muda devoción la cara de su amo, saliéndosele el alma entera por los ojos amorosamente. De parecida manera, sólo que, por supuesto, con mucha mayor intensidad, el verdadero místico contempla al Dios interno y se explaya en silenciosa adoración. De este modo podemos orar sin cesar, internamente, al mismo tiempo que laboramos como celosos servidores en el mundo externo; porque recordemos siempre que no se quiere decir que nos pasemos la vida soñando. Al mismo tiempo que oramos a Dios interiormente, también debemos trabajar para Dios exteriormente.


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