viernes, 1 de mayo de 2015

El silfo que empujaba las nubes


EL SILFO QUE EMPUJABA LAS NUBES
 por Francisco-Manuel Nácher

      Lo que voy a contar me sucedió no hace mucho. Estaba leyendo una obra sobre las gestas griegas y, momentáneamente, supongo que posé el libro sobre mi regazo, como acostumbro cuando medito, y dejé volar mi imaginación, preguntándome, con un poso de extraña certeza en el alma, si aquellas hazañas, aquellas guerras, aquellos oráculos, aquellos sueños y, mejor aún, sus protagonistas, los héroes aqueos y troyanos y beocios y corintios, y los filósofos y los dramaturgos y los escultores y tantos otros, hombres como yo, pero de otra época, habrían influido en ésta y, especialmente, en mi vida. Y, más especialmente aún, si cada uno de ellos habría influido en mí y, en caso afirmativo, cómo. Y me dejé perder por las cadenas de los siglos y los acontecimientos y los fenómenos, corriendo tras mi fantasía. Vi pasar ante mis ojos internos series casi infinitas de hechos, concatenados sucesivamente en rosarios causales. Contemplé la sinfín interacción que, de modo ininterrumpido, está configurando el mundo de cada instante y desmontándolo para volverlo a reconstruir, de modo distinto, al momento siguiente. Todo en una especie de "eterno ahora", fuera del tiempo y más allá del espacio, siempre lo mismo y siempre diferente. Vi las fuerzas que dirigen esos cambios: Unas eran simples hombres, causantes de los más pequeños cambios; otras eran seres sin forma permanente, que aparecían ante mí provocando terremotos o inundaciones o huracanes o incendios pavorosos... 
    Mi atención, no sé por qué motivo, quedó fija en uno de esos seres. Y tal debió ser mi fijeza, que se percató de ella y, aunque no podría explicar cómo, se me aproximó o, mejor dicho, sentí, supe que se me aproximaba.
    Curiosamente, no experimenté ningún temor. Más bien, una gran curiosidad. Recuerdo que, por un instante, me dije: "Seguramente me he dormido, así que esto es un sueño; por tanto, voy a disfrutarlo ahora y a tratar de grabarlo bien claro en la memoria para volverlo a disfrutar al despertar y cuantas veces me apetezca en el futuro." Así que, con ese ánimo en mi subconsciente, me atreví a dirigirle la palabra.
   - Estaba observando...
  - Ya - me dijo, aunque él no hablaba, sino que yo veía dentro de mí lo que él decía o pensaba - Ya me he dado cuenta. Y no es corriente. 
  - ¿No es corriente qué?
  - Que a un hombre, que a un humano, le sea dado contemplar nuestro trabajo.
  - ¿Por qué? 
  - No sé. Pero a mí es la primera vez que me ocurre.
  - ¿Cómo has sabido que te observaba o, mejor aún, que te veía?
 - No lo sé. Pero lo he sabido. Y por eso estoy aquí contemplándote. Siempre he creído que vosotros no podíais subir a nuestro mundo.
  - Pues ya ves, aquí estoy. Pero yo creo que no he dejado de estar en mi mundo.
   - ¿No? 
  - No. Yo pienso que sólo una parte de mí está aquí contigo. He empezado a pensar y entonces, inesperadamente me he situado en tu mundo.
   Pero también estoy en otros mundos.
  - No lo entiendo pero puede ser. Yo sólo conozco mi mundo y mi trabajo.
   - ¿Cuál es tu trabajo?
   - Empujar el aire.
  - ¿Empujar el aire? 
  - Sí.
   - ¿Para qué? 
  - No lo sé. Yo sólo sé que tengo asignada una zona en la cual he de empujar el aire hacia una dirección determinada, haciéndolo a la vez girar.
   - ¿Y no sabes para qué?
   - No. 
  - Pero, ¿podrías dejar de hacerlo?
  - No. Me moriría... supongo que tú también tendrás que hacer necesariamente algo para seguir viviendo, ¿o no?
   - Pues sí. Mirándolo bien, sí. 
  - ¿Y qué haces? 
  - Respirar. 
 - ¿Respirar? ¿Qué es eso? 
  - Consiste en meter el aire en mis pulmones para que mi organismo absorba el oxígeno y así hacer posible que los glóbulos rojos de mi sangre transporten hasta las células de mi cuerpo ese oxígeno, con el cual...
   - me detuve, comprendiendo que toda aquella explicación era inútil, al tiempo que, confirmando mi pensamiento, mi interlocutor me acribillaba. 
  - ¿El oxígeno, las células, los pulmones, la sangre? ¿Qué es todo eso? 
   - Creo que sería imposible explicártelo ahora. Y no te serviría de nada. Lo cierto es que tenías razón: He de respirar continuamente porque, si no lo hago, me muero.
    - Pues lo mismo me pasa a mí si no empujo el aire. 
   - Y... ¿cómo lo empujas? Tú no tienes manos ni brazos ni...
   - No sé lo que es eso. Pero yo lo empujo normalmente. 
  - ¿O sea? 
  - Pienso en que corra o en que forme un remolino, lo deseo así y se hace.
   - ¿Eso sólo? - Sí. ¿Qué haces tú para respirar?
   - Bueno, poco más o menos, lo mismo.
   - Al fin y al cabo, estoy viendo que respirar es también empujar el aire en una determinada dirección, ¿no? 
  - Honradamente, podría decirse que sí. Pero oye, ¿tú puedes empujarlo más fuerte, si tú quieres? 
  - Sí. Puedo hacer lo que quiera en mi zona. Claro que sólo en parte. 
  - ¿Por qué en parte? 
  - Porque recibo el aire ya con una temperatura y una velocidad y en un lugar determinado y, por tanto, estoy siempre condicionado por eso. 
   - ¿Y quién es el que te entrega el aire en esas condiciones?
    - Otro como yo. 
  - ¿O sea, que os dedicáis a mover el aire entre todos? 
  - Nosotros, sí. 
   - ¿Y tienes una zona muy grande? 
   - Bueno, bastante. 
  - ¿Cómo de grande? - Desde el oeste de las islas Azores hasta más al este de la Isla de Menorca. 
   - Hombre, ¡qué casualidad! 
   - ¿Por qué?
   - Porque yo soy español, o sea, que respiro el aire que tú empujas.    - Es curioso. Pero, claro, por eso me has visto a mí. 
  - Parece lógico. Oye, ¿y todo ese trabajo lo haces tú sólo?
   - No, qué va. Somos muchos. Bueno, yo tengo muchos como yo, que son mis subordinados y que hacen lo que yo les digo.
   - ¿Y cómo se lo dices?
   - Ya te lo he explicado: Lo pienso, lo deseo y ellos lo hacen.
  - Ya comprendo. Pero, si tú quisieras, ¿podrías hacerlo tú personalmente?
   - Por supuesto. Yo ya fui como ellos y sé hacer su trabajo. Claro que sí. 
   - ¿Y puedes empujar el aire más fuerte o más flojo o dejarlo quieto el tiempo que quieras?
  - Sí. En mi zona puedo hacer lo que quiera, siempre que acabe traspasando el aire a mi siguiente compañero, jefe de la zona que se encuentra al este de la mía.
   - ¿Y puedes llevarlo por un sitio o por otro?
   - Dentro de mi zona, sí.
  - ¿Y cuáles son los límites de tu zona por el norte y por el sur?
   - Por arriba, llego hasta el Rin. Y, por debajo, hasta la costa norte de África. En ese momento volví a pensar que aquello, seguramente, no era más que un sueño. Pero, ante la duda, hice caso de cierta vocecita interior que me empezaba a sugerir algo y dije: 
  - Óyeme. Está claro que nuestro encuentro no es algo corriente. Así lo has dicho tú y, en cuanto a mí es también la primera vez que me sucede. 
  - Sí. Debe ser muy raro. 
  - Pero, por otra parte, a mí me ha parecido algo estupendo el conocerte y poder charlar contigo.
  - Y a mí también.
   - Entonces, si somos, podría decirse, amigos, ¿sería mucho pedir el que me hicieses un favor? 
   - ¿Un favor? ¿Qué es eso?
   - Algo que está en tu mano hacer, que no te cuesta nada, y que para mí puede ser muy interesante y hasta muy beneficioso. ¿Podrías hacerlo?
  - Si es dentro de mi zona y no noto la limitación, sí.
  - ¿Qué es eso de" la limitación"?
  - Cuando quiero hacer algo que, por lo visto, excede de mis facultades o contraviene determinados planes de orden superior, no puedo seguir y, por tanto, no puedo concluir lo que estaba intentando y he de hacerlo de otro modo o hacer otra cosa. O sea que, por experiencia, sé que tengo límites, no sólo en cuanto al terreno asignado, sino en cuanto a la temperatura, la dirección, la altura, etc., límites que no puedo sobrepasar. ¿A ti no te pasa algo así? - A mí, no. Bueno... espera... ¡Claro! Yo también tengo límites. Por ejemplo, cuando trato de entender algo, a veces, me ocurre que es como si tropezase con un muro, más allá del cual no puedo comprender nada. Y, a veces, también, aunque me empeñe en hacer algo, se tuerce todo y me veo obligado a hacer otra cosa. Y, en mi mundo, por ejemplo, yo no puedo volar ni hacer otras cosas. Sí. Son mis límites. Ahora me doy cuenta.
  - Veo que, a pesar de todo, no somos tan distintos.
  - Es verdad. Lo cual me hace pensar que, esté uno en el mundo en que esté, más o menos, es todo parecido.
  - Sí. Debe ser así.
  - Pero volvamos a lo de antes: ¿Me puedes hacer un favor?
  - Si está dentro de mis límites, ya te he dicho que sí. ¿De qué se trata?
  - Verás: Yo, como te he dicho, soy español. Pero España tiene un problema climático que le está perjudicando mucho.
  - ¿Qué problema?
  - Pues que tú, o tus subordinados, empujáis siempre las bajas presiones hacia el norte y, claro, en España casi no llueve y estamos teniendo grandes problemas.
  - ¿Qué problemas?
  - La sequía, la desertización, el empobrecimiento... Y mientras, otros países europeos, por el mero hecho de estar más al norte, tienen toda la lluvia, y por tanto, el agua que necesitan y, algunos, hasta más de la que necesitan. Y eso no resulta demasiado justo, ¿no te parece?
   - No parece justo, no. Pero es que mi trabajo no consiste en hacer lo justo, sino en empujar el aire.
  - De todos modos, ¿podrías probar a ver si está dentro de tus límites bajar un poco las borrascas y hacer así que llueva más en toda España, incluyendo, a ser posible, las islas Canarias?
  - En España y Baleares lo podemos probar, claro. Pero las Canarias ya no son de mi zona y allí no puedo hacer nada.
  - Bien, ¡qué le vamos a hacer! ¿Podrías, pues, intentarlo?
  - Sí, ya te lo he dicho.
  - ¿Cuándo? - Ahora, si quieres. ¿Tienes algún deseo especial?
 - No. Bueno, si pudiera ser me gustaría que lloviese preferentemente de noche. La lluvia de día se hace incómoda y crea problemas y...
 - De acuerdo.
 - ¿Es muy difícil?
 - No. Es facilísimo. 
 - ¿Facilísimo? 
 - Sí.
 - Me gustaría verlo. ¿Lo vas a hacer tú personalmente?. 
 - Sí. Ven conmigo y lo verás. Apenas pronunciadas estas palabras, me encontré sobrevolando el Atlántico. Adiviné la costa de Portugal y vislumbré, allá a lo lejos, un archipiélago que deduje eran las Azores, el límite oeste de la zona de mi amigo.
   - ¿Y en qué va a consistir la operación? - En mover dos piedras. - ¿Dos piedras?
  - Sí.
 - ¿Y con eso ya estará todo solucionado? 
 - Sí. Es muy sencillo. Claro que hay que saber qué piedras mover. Estábamos llegando a las Azores. Mi amigo descendió, y yo con él, hasta la ladera sur de un monte. 
 - ¿Dónde estamos?
  - En la cima del Ponta do Pico, en la isla Pico. 
  - ¿De Azores, claro? . Sí.
   - ¿Y qué piedra vas a mover?
  - Ésta. Y, diciéndolo, se concentró o, mejor dicho, sentí que se concentraba, y vi cómo una piedrecita, del tamaño de una canica, se desprendía de la ladera sur y se colocaba en otra zona alta de la ladera norte. 
  - Ya está. 
  - ¿Ya está? ¿Eso era todo? ¿Ahora lloverá más en España?
   - No, aún no. Hemos de mover otra piedra. 
  - ¿Dónde?
   - En España.
   - ¿En España?
   - Sí. 
  - Pero, ¿en qué parte de España?
   - En las proximidades de las Hurdes.
   - ¡No me digas! Yo no cabía en mí de asombro. Pero, sin más, mi amigo partió raudo en dirección este, y yo con él. No sabría decir si volábamos o no. Lo cierto es que, casi enseguida, nos detuvimos. - ¿Dónde estamos ahora? 
  - Sobre la Sierra de Gata. 
  - ¿Y qué vas a hacer?
   - Modificarla un poco. 
  - ¿Un poco? ¿Un poco nada más? Este pico, además, no es el más alto de la cordillera.
   - Pero, para lo que nos interesa, es el más importante. Como en Azores, más o menos. Y, dicho esto, se concentró de nuevo, y yo con él, y vi desprenderse, del picacho que teníamos debajo, un poco al sur del más alto, otra piedrecita diminuta, que rodó ladera abajo.     - Ya está.
   - ¿Tú crees? 
  - Por supuesto. Es mi trabajo. Desde ahora, en España lloverá más. 
    - Pero si sólo has movido dos piedrecitas insignificantes... 
   - Claro. Siempre ocurre que llega un momento en que un poco más de algo hace que cambie todo. Esas dos piedrecitas eran el "poco más" que hacía cambiar la dirección de los vientos. Eran piedras clave. La de las Azores impedía que los vientos bajasen hacia el sur y, por lo tanto, llegasen a España en buenas condiciones. Y la de aquí, impedía que penetrasen en la Meseta. Ahora, sin esos inconvenientes, tendréis lluvia. ¿Estás contento?
  - Contentísimo. Porque la lluvia es vida y riqueza y alegría. Muchas gracias. 
  - No tiene importancia. Por una vez que nos hemos encontrado, creo que ha valido la pena, ¿no?
   - Desde luego. En ese momento noté como si una fuerza tirase de mí. Y, aunque intenté resistirla y estar un poco más con mi nuevo amigo, no me fue posible. Tan sólo tuve tiempo, recordando mi deseo anterior y poniendo en funcionamiento el hábito adquirido para recordar los sueños, de grabar bien en mi memoria, aunque rápidamente, todo lo sucedido. Y, sin ningún trauma, sin sobresalto alguno, me encontré sentado, despierto y con el libro en el regazo.       Sentí fresco y miré al cielo. Negros nubarrones presagiaban lluvia, una lluvia que, lo recordaba bien, no había anunciado ni previsto el parte meteorológico. Y, a poco, empezó a llover. Desde entonces España, durante una larga temporada, dispuso de agua suficiente para todas sus necesidades de todo tipo.
    Y de un modo muy curioso: casi siempre llovió de noche. Luego, volvió al régimen de lluvias anterior. Seguramente, mi amigo recibió instrucciones de cambiar las cosas y, como no me ha sido posible volver a contactar con él, no puedo asegurar nada. Por supuesto, sé que no me puedo atribuir ningún mérito. Ni lo pretendo. Pero sí he aprendido una cosa: Que lo que nos parece lo menos importante, a veces es fundamental. Y que lo que parece importantísimo, es, con mucha frecuencia, insignificante. Y que los grandes problemas se pueden resolver con pequeñas soluciones. Y que todo influye en todo. Y que todos formamos un todo y ese todo nos contiene. Y que todo camina hacia un fin y actúa con lógica. Y que la libertad tiene unos límites. Y que, supongo, actuando en esas condiciones, libremente pero con ciertos límites, vamos todos los seres aprendiendo y evolucionando. Luego he caído en la cuenta de que podía haber hecho miles de preguntas a mi amigo. Pero no lo hice. Y he hecho infinitos intentos de enmimismarme de nuevo como aquella vez, incluso con la misma meditación y en las mismas circunstancias. Pero todo ha sido en vano. Claro que no puedo quejarme porque fue una experiencia impresionante y de las que no se olvidan. A veces vuelvo a pensar que fue un sueño, que no pudo ser nada más. O que – y es lo más seguro – se me quisiesen enseñar unas cuantas lecciones sobre cómo funciona el mundo y sobre la relativa importancia de las cosas. Pero, fuese lo que fuese, me sirvió para aprender. 

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