domingo, 20 de abril de 2014

El Calvario y la Resurrección



EL CALVARIO Y LA RESURRECCIÓN

¡Nada más profundo que el Misterio de la Sangre Purificadora del
Gólgota, derramada cuando Nuestro Señor, murió en la Cruz!
Cuando la sangre fluyó del santo cuerpo de Jesús, el Gran Espíritu Solar de Cristo, liberó, precisamente en los cinco puntos de la crucifixión, las corrientes del cuerpo vital y la Corona de Espinas, al ceñir la frente, produjo el flujo del gran seno frontal, donde el Pensador Silencioso Es.
El Señor Cristo es el mayor Iniciado del Período Solar, y tiene a Su
cargo, magnificar al Padre. Su misión es casi inconcebible para nosotros. El salvó al mundo y abrió las puertas de la Iniciación a todos los capaces, pero, como en la Creación nada ocurre de repente, ni aún dentro del plan de la Salvación, el Señor Cristo
no podría entrar directamente en contacto con la humanidad, ya que ésta no resistiría al influjo de sus rayos, por lo que fue necesaria la ayuda del Espíritu Santo, el anterior Regente de la Tierra, que, reflejando los rayos de la Luz de Cristo, pudo adaptar este
planeta y a la humanidad al nuevo evento.
Cristo trajo una nueva interpretación sobre la Ley. No negó las enseñanzas de Moisés, y, por el contrario dice “No vine a abolir la Ley, sino a que se cumpla por la gracia”. Así, se llega a la comprensión del Misterio de la Sangre Purificadora, ya que
uno es el significado de la muerte común, y el otro de la muerte sobre la cruz.

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Es fundamental poder distinguir como, por la evolución, el Espíritu tiene que liberar de su sangre todo vestigio del Espíritu de Raza. Los caudillos de la antigüedad, proyectaban en su sangre las experiencias de la vida, dentro del espíritu separatista y egoísta de raza, y por eso se dice veladamente que, “vivían y
morían”. Un ejemplo es el de Moisés, a quien el ángel Miguel “arrebató y transportó al Monte de Nebo”. Luego el renace y lo conocemos como Elías. En su día de vida siguiente se llama Juan, el Bautista. De la misma forma, Buda, que en otra vida física
es conocido como Shankarazharaya. Estos patriarcas fueron sin duda, grandes Maestros, que alcanzaron elevadas conquistas y, al morir, justificaron su grandeza ; a Moisés, le brilló el rostro ; Buda, se iluminó.
Por lo tanto, cuando se es muerto por heridas en los puntos en que se asientan los lazos del cuerpo vital, como los producidos en la Crucifixión en Cristo, se desatan esos lazos para poder fluir la Sangre Purificadora. De esta forma, el Gran Espíritu
Solar alcanzó a retirar del Cuerpo Físico, Su Cuerpo de Deseos purísimo, en el cual no podía haber ninguna adherencia con cualquier Espíritu de Raza, ya que esto sería de gran perturbación para su Gloriosa y Magna Obra, de salvar al mundo, todo por
Amor, a través del Cristianismo Universal.
He ahí la razón por la cual Cristo puede, por la Sangre
Purificadora, compenetrar la tierra y salvar al mundo, venciendo las cohesivas condiciones generadas por el egoísmo y la lujuria de las razas humanas.

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En este misterio de poder jerárquico, se ve como el Espíritu Santo sirvió de puente a las corrientes para la adaptación entre la humanidad y el sublime Cristo, para que éste pudiese comenzar el excelso magisterio de la Obra salvadora, que sólo tuvo
inicio después de su muerte física en la Cruz.
Después de la Crucifixión, Jesús retoma nuevamente el átomo simiente del Cuerpo Físico utilizado por Cristo en su estadía entre los humanos, y sigue en Su altísima misión de Gran Maestro. Jesús es la purísima flor de los Espíritus Virginales, y trabaja para impulsar la luz de la Fe, para el dulce amor cristiano. Este es
el auténtico trabajo de Jesús.
En Europa, en tiempos pasados, El impulsó a los Caballeros de la Mesa Redonda, dirigiéndolos a los mundos internos, para que ahí alcanzasen la nueva dispensación de los Misterios de la Iniciación; también los Caballeros del Grial, estuvieron bajo Su Influjo y fueron los poseedores del Cáliz que sirvió al Señor en la Ultima Cena, y en el cual, después, José de Arimatea, recibió la Sangre Purificadora, que fluyó de la herida del costado del Salvador, producida por la lanza.
Ambos objetos sagrados, fueron de nuevo entregados a Jesús para Su gran Obra, que no es de los hombres, pero sí de corrientes evolutivas que impulsan a la humanidad a la eterna conquista de la conciencia consciente.


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