lunes, 9 de marzo de 2015

La maternidad


LA MATERNIDAD
(La enfermedad como camino y proceso de curación)
(Lourdes Moreno.- Madrid)
 
      Vivimos  todos  sumergidos  en  una  sociedad  donde  los  valores  humanos  y espirituales  brillan  por  su  ausencia.  Los  valores  que  predominan  son  el  egoísmo,  el 
miedo,  la  inseguridad,  el  separatismo,  la  sensualidad,  etc.,  encubiertos  por  falta  de expectativas y de metas. Sólo se vive el momento presente, el placer por el placer. Pero, 
¿qué tipo de expectativas y qué tipo de metas son los que yo puedo indicar?
         
           Por mi propia experiencia y con mis propias limitaciones como ser humano, he podido ver que soy capaz de iluminar mi vida, cuando empiezo a ser consiente de que, dentro de mí, hay como una pequeña bombillita que se ilumina y que se enciende más y más, cuanto más se dirige mi tiempo de reflexión y de meditación a pensar en mi vida y en lo que he hecho con ella y en cómo me he ido relacionando con mi prójimo. Y en cómo empobrecemos lo que se nos dio como algo fértil y milagroso: la vida.
        
            Mi bombilla se enciende, como aquella naricita del reno que tenía Papá Noel, un poco olvidado, y que se iluminaba cuando lo enganchaba a su trineo y volaba por los cielos  para  llevar  los  regalos  a  los  niños  en  la  víspera  de  Navidad.  En  los  cuentos antiguos  hay  un  gran  saber  oculto  que  sólo  los  niños,  con  su  inteligencia  emocional, saben muy bien descifrar. Porque son mensajes de amor, de vida y de esperanza para el pequeño ser espiritual que vive en su interior pero que, en muchos casos, los adultos, ignorantes, los olvidan y no quieren ver. Ya desde la infancia, desde que tenemos en la cunita  a  nuestros  bebés,  deberíamos  darnos  cuenta  de  que  nuestra  responsabilidad espiritual es “abrirlos”. Y digo “abrirlos” en el más amplio sentido de la palabra, para que encuentren la puerta que conduce a SU CAMINO, con mayúsculas. Nuestra tarea como padres es aprender de nuestros errores, para iluminarlos a ellos. 
            Como madre y compañera de mi hija, gracias a ella he podido escuchar ciertas conversaciones  de  otras  personas,  también  mujeres,  en  el  patio  de  la  escuela.  Yo  iba 
recogiendo y guardando, para aprender y tomarle el pulso a esta sociedad. Iba viendo cosas que no me gustaban. Cosas que entristecían mi corazón. Me faltaban modelos a seguir,  me  faltaban  referencias  para  aprender  porque,  en  mi  afán  de  progresar materialmente, me había olvidado de hacerlo en espíritu.

            Ahora puedo sentir compasión por el otro cuando me molesta o cuando me pone la  zancadilla  o,  por  lo  menos,  comprender  en  qué  situación  o  en  qué  punto  está, sabiendo que, lo que le está pasando, también me ha ocurrido a mí. Y yo también lo he 
hecho. Y, sabiendo que esto que sé sólo lo he aprendido en la enfermedad, en el dolor, en  la  ausencia,  en  la  búsqueda.  Los  seres  humanos  tenemos  expectativas  materiales demasiado altas o difíciles de alcanzar y preferimos sacrificar la tolerancia, la escucha atenta del problema del otro, la paciencia, la generosidad. Sobre todo, la generosidad, el compartir algo, el dar sin esperar a cambio.
          
             Cristo  nos  dijo:  “Amaos  los  unos  a  los  otros.  En  esto  se  reconocerá  que  sois hermanos”.
        
            ¡Cuánta  belleza,  sensibilidad  e  inteligencia  en  nuestro  querido  Maestro  y Redentor del mundo! Todo lo que yo pueda escribir será pequeño y minúsculo, breve y poco preciso para poder describir, en pocas palabras, Sus mensajes.
           
            Pero hay muchos hermanos y hermanas que, a pesar de que su espíritu sí sabe y su  conciencia  también,  prefieren  tapar  la  bombillita  y,  no  sólo  lo  hacen  con  la  suya propia, sino con la de sus semejantes más próximos, con sus parejas, con sus hijos, en una palabra, con sus HERMANOS.

            Hoy  en  día  parece  que  la  sociedad  tiene  soluciones  para  todo:  si  no  tienes  el
campo o la naturaleza cerca, no importa, te ponemos un parquecito con columpios para que jueguen los niños. Si no tienes un río cerca, te ponemos el Aquápolis. Si te sientes solo, te ponemos el Teléfono dela Esperanza. Y, si sufres por los que mueren en África, hasta puedes colaborar con una ONG. 
            Hasta  en  la  solidaridad,  construida  por  los  mejores,  por  seres  humanos  con valores  altruistas  elevadísimos,  veo  nuestro  propio  egoísmo.  Y,  ¿por  qué  lo  veo?
Porque, primero, he pasado por ello. No hace falta irse tan lejos: al primer ser humano que  hay  que  salvar  es  a  uno  mismo.  Limpiar  de  la  personalidad  egótica,  egoísta  e inmadura,  todo  lo  que  la  aprisiona  y  le  impide  ser  como  dijo  Cristo  que  el  corazón 
debería ser: trasparente y luminoso como el de un niño. 
            Limpiar desde dentro hacia afuera, desde el interior de la casa, de la familia pero , no como un niño empobrecido y asustado que, desde la tierna infancia no sabe cómo es su camino, ni qué le espera, porque su madre sólo se dedica a cocinar o a limpiar, y su padre a ver el  fútbol y a trabajar. ¡Cuántos niños, vecinos,  amigos,  hermanos,  han crecido sin afecto espiritual, sólo engordados con comida para que sean muy lustrosos en lo externo! 
            Cuántas  niñas,  madres  ahora,  fuera  de  sus  papeles,  alejadas  de  su  verdadera energía  femenina  y  maternal,  dejadas  de  pequeñas  al  cuidado  de  otros  o  de  otras, abandonadas por el verdadero afecto y protección espiritual de sus padres, abandonan a sus hijos.

            Creo que ni los mismos psiquiatras saben cómo atajar o prevenir tanta “neurosis” de abandono y de soledad como hay en esta ciudad.

            Parece ser que nadie se quiere dar cuenta de lo que está ocurriendo, pero está ocurriendo.

            La maternidad está siendo uno de los valores más machacados y destruidos. Y me he preguntado por qué. Una y otra vez. Y sólo con mi enfermedad lo he descubierto. 
            Las mujeres, muchas, tienen esta opinión: “yo, la casa no la soporto, las faenas domésticas me humillan, los niños son insoportables, estoy deseando que se vayan a la guardería, etc. Menos mal que me voy al trabajo y me olvido. En el trabajo, hago mi papel y me dan dinero a cambio, etc.” Aquí está nuestra enfermedad, en nuestra propia familia, convirtiendo relaciones amorosas en relaciones comerciales: yo te doy y tú me das. 
            Al estar en este “mundillo”, he podido comprobar que la “neurosis” de la mujer puede ser su enfermedad, pero también su “cura” y su camino de salvación. ¿Por qué? Por que, sin darse cuenta, lo que ha sido una liberación, poco a poco, la ha convertido en un ser alejado de su naturaleza femenina (calor, protección, creatividad en el hogar, con los hijos, con el esposo, en la cocina, solidaridad con los vecinos, con los demás, etc.),  de  su  espiritualidad,  algo  que  nunca  les  preocupa  a  las  jóvenes  y  les  lleva  a  la sexualidad desenfrenada.

            Seres - con personalidad femenina - que pisan y humillan y se creen superiores por estar en un puesto de trabajo, tener dinero y conducir un coche.

            Seres - con personalidad femenina - que abandonan a sus compañeros por tener otros con más rango y posición social.

            Seres - con personalidad femenina - que maleducan a su prole, convirtiéndola en seres  agresivos,  huidizos  e  irresponsables  o  miedosos  e  inseguros  que  un  día  serán adultos inmaduros.
            Si, desde nuestras casas nos hiciésemos conscientes de que la sociedad está rota, pero  que  somos  todos  quienes  la  estamos  haciendo  así,  si  asumiésemos  la responsabilidad  efectiva  y  espiritual  desde  aquí,  desde  el  CORAZÓN  y,  en  vez  de  querer  ir  tan  lejos,  nos  quedásemos  aquí,  cerquita,  en  lo  próximo  y  cercano, sembraríamos poquitas semillas, pero de muy buena calidad. 
            No haría falta mucho más. Y, muchas personas que se sienten enfermas, poco a poco, irían sanando. Las madres que, en otros tiempo, fueron ensalzadas por los poetas y divinizadas por los antiguos son - serán - las posibles salvadoras de nuestra maltrecha sociedad.
            La Madre bondadosa y protectora del hogar, altruista y sacrificada, inteligente y fuerte son las cualidades a desarrollar por muchos egos femeninos que han desviado su polaridad  femenina  hacia  el  lado  más  antinatural  y  enfermizo,  alejándose  de  lo  más preciado que hay en sus propios seres espirituales.
          
           Cristo Jesús, en la cruz, dirigiéndose a María y a Juan, dijo: “Madre, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre.” 
            ¡Cuántas malas interpretaciones y desviaciones intentando descifrar el mensaje de nuestro Maestro y Redentor! ¡Cuánta palabra para eludir nuestras responsabilidades espirituales, afectivas y humanas!

            Poco a poco, como decía antes, irían sanando las madres, los hijos y la sociedad.
 

Boletín Nº 36 AÑO 2.000 - TERCER TRIMESTRE 
(Julio-Setiembre) FRATERNIDAD ROSACRUZ  MAX HEINDEL (MADRID) 


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