miércoles, 11 de marzo de 2015

Los pozos




LOS POZOS
(elaborado de un texto recibido del Centro Rosacruz de Corrientes - Argentina)
 
            Érase una vez una ciudad. Pero no estaba habitada por personas,  como todas las demás ciudades del planeta. Aquella ciudad estaba habitada por pozos. Pozos vivientes 
pero pozos, al fin. Los pozos se diferenciaban entre sí, no sólo por el lugar en el que estaban  excavados,  sino  también  por  el  brocal  o  abertura  que  los  conectaba  con  el exterior. 
            Había  pozos  pudientes  y  ostentosos,  con  brocales  de  mármol  y  de  metales preciosos;  pozos  humildes,  de  ladrillo  y  madera;  y  algunos  otros  más  pobres,  con simples agujeros pelados que se abrían en la tierra. 
            La comunicación entre los habitantes de la ciudad era de brocal a brocal, y las noticias cundían rápidamente, de punta a punta del poblado. 
            Un día, llegó a la ciudad una “moda” que, seguramente, había nacido en algún pueblecito  humano:  la  nueva  idea  decía  que  todo  ser  viviente  que  se  precie,  debería cuidar mucho más lo interior que lo exterior. Que lo importante no es lo superficial, sino el contenido. Así fue cómo los pozos empezaron a llenarse de cosas. 
            Algunos se llenaban de joyas, monedas de oro y piedras preciosas. Otros, más prácticos, se llenaron de electrodomésticos y aparatos mecánicos. Algunos más, optaron
por  el  arte,  y  fueron  llenándose  de  pinturas,  pianos  de  cola  y  sofisticadas  esculturas postmodernas.  Finalmente,  los  intelectuales  se  llenaron  de  libros,  de  manifiestos ideológicos y de revistas especializadas.
            Pasó el tiempo. La mayoría  de los pozos se llenaron hasta tal punto que ya no pudieron incorporar nada más. 
            Los pozos no eran todos iguales. Así que, si bien algunos se conformaron, hubo otros que pensaron que debían hacer algo para seguir metiendo cosas en su interior.  Uno fue el primero: en vez de comprimir el contenido, se le ocurrió aumentar su capacidad ensanchándose.

            No  pasó  mucho  tiempo  sin  que  la  idea  fuese  imitada  y  todos  los  pozos empezaron  a gastar gran parte de sus energías en ensancharse para poder disponer de más espacio en su interior con el fin de acumular más cosas. 
            Un  pozo,  pequeño  y  alejado  del  centro  de  la  ciudad,  empezó  a  ver  a  sus camaradas ensanchándose desmedidamente y pensó que, si seguían hinchándose de tal manera, pronto se confundirían los bordes y todos perderían su identidad.

            Quizá,  partiendo  de  esa  idea,  se  le  ocurrió  que,  otra  manera  de  aumentar  su capacidad era crecer, pero no a lo ancho, sino hacia lo profundo. Hacerse más hondo en 
lugar de más ancho. 
            Pronto se dio cuenta de que todo lo que tenía dentro de él le imposibilitaba la tarea de profundizar. Si quería ser más profundo, debía vaciarse de todo su contenido.
            Al  principio  tuvo  miedo  al  vacío  pero  luego,  cuando  vio  que  no  había  otra posibilidad, lo hizo. 
            Vacío de posesiones, el pozo empezó a volverse profundo, mientras los demás se apoderaban de las cosas de las que él se había deshecho.

             Un  día,  sorpresivamente,  el  pozo  que  crecía  hacia  dentro  tuvo  una  sorpresa: adentro, muy adentro, muy en el fondo, encontró ¡agua! Nunca antes ningún pozo había encontrado agua. 
            El  pozo  superó  su  sorpresa  y  empezó  a  jugar  con  el  agua  del  fondo, humedeciendo  las  paredes,  salpicando  los  bordes  y,  por  último,  sacando  agua  al exterior.

            La  ciudad  nunca  había  sido  regada  más  que  por  la  lluvia  que,  de  hecho,  era bastante escasa; así que la tierra de alrededor del pozo, revitalizada por el agua, empezó 
a despertar. 
            Las  semillas,  en  sus  entrañas,  brotaron  en  césped,  en  tréboles,  en  flores  y  en tronquitos endebles que de convirtieron luego en árboles. 
            La  vida  explotó  en  colores  alrededor  del  alejado  pozo,  al  que  empezaron  a llamar “el Vergel”. 
            Todos  le  preguntaban  cómo  había  conseguido  el  milagro.  Ningún  milagro  - contestaba el Vergel - hay que buscar en el interior, hacia lo profundo. 

            Muchos  quisieron  seguir  el  ejemplo  del  Vergel,  pero  abandonaron  la  idea cuando  se dieron  cuenta  de  que, para  profundizar,  debían antes  vaciarse.  Y siguieron ensanchándose cada vez más, para llenarse de más y más cosas. 
            En  la  otra  punta  de  la  ciudad,  otro  pozo,  decidió  correr  también  el  riesgo  del vacío.  Y también  empezó  a  profundizar.  Y  también  llegó  al  agua.  Y  también  salpicó 
hacia fuera, creando un segundo oasis en el pueblo. 
            ¿Qué harás cuando se termine el agua? - le preguntaban - No sé lo que pasará -contestaba - pero, por ahora, cuanto más agua saco, más agua hay. 
            Pasaron  unos  cuantos  meses  antes  del  gran  descubrimiento:  Un  día,  por casualidad, los dos pozos se dieron cuenta de que el agua que habían encontrado en el 
fondo de sí mismos era la misma.  Que el mismo río subterráneo que pasaba por uno, inundaba las profundidades del otro. Y se dieron cuenta de que se abría para ellos una nueva vida: no sólo podían comunicarse superficialmente, como todos los demás, sino que la búsqueda les había deparado un nuevo y secreto punto de contacto: 
            La comunicación  profunda, que sólo consiguen entre sí aquéllos que tienen el coraje de vaciarse de contenidos y buscar en lo profundo de su ser, lo que tienen para dar.

Boletín Nº 37 AÑO 2.000 - CUARTO TRIMESTRE 
(Octubre-Diciembre) FRATERNIDAD ROSACRUZ  MAX HEINDEL (MADRID) 
 

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