martes, 10 de marzo de 2015

Saludando




SALUDANDO
(elaborado de un mail de Egidio Caicedo, del Centro R. C. de Bogotá)
 
            El  párroco  hacía  su recorrido  habitual  de  mediodía  por la  iglesia.  De  repente,
oyó abrirse la puerta del templo y, al mirar en esa dirección, no pudo evitar fruncir el entrecejo al ver, avanzar por el pasillo central a un hombre de edad que lucía barba de varios días y vestía un abrigo raído, cuyos bordes habían comenzado a deshilacharse. El hombre se arrodilló ante el altar mayor, inclinó la cabeza y, acto seguido, se puso en pie y se fue.

            Durante los días siguientes, el mismo hombre, siempre a mediodía, entró en la iglesia, se arrodilló brevemente frente al altar mayor y luego volvió a salir.

            El sacerdote, un tanto temeroso, empezó a sospechar que pudiera tratarse de un ladrón.  Así  que,  un  día,  se  colocó  a  la  puerta  de  la  iglesia  y,  cuando  el  hombre  se
disponía a salir, le preguntó: “¿Qué haces aquí?” El hombre le dijo que trabajaba en una fábrica, situada bastante lejos y que sólo tenía media hora libre para el almuerzo, por lo que no le quedaba tiempo más que para llegar y decir: “Señor, sólo vengo, de nuevo, para decirte qué feliz me haces cuando me liberas de mis pecados. Yo no sé rezar muy  bien,  pero  pienso  en  Ti  todos  los  días.  Así  que,  Jesús,  éste  es Manuel saludándote”. 

            El  sacerdote,  sintiéndose  rebasado  por aquella  sencillez,  le  dijo  a  Manuel  que
estaba muy bien y que sería bienvenido en su iglesia cuando quisiera. Y luego, sintiendo
derretirse su corazón con el gran calor del amor, se arrodilló ante el altar y, derramando abundantes lágrimas, repitió la plegaria de Manuel: 

            “Sólo vine  para  decirte, Señor, cuán feliz he sido desde  que te encontré  a través  de  mis  semejantes  y  me  liberaste  de  mis  pecados.  No  sé  muy  bien cómo rezar, pero pienso en Ti todos los días. Así que, Jesús, éste soy yo saludándote.”

            Cierto día, el viejo Manuel no fue al templo. El sacerdote quedó expectante los días siguientes. Pero no apareció. El padre, pues, comenzó a preocuparse y acabó yendo a la fábrica a preguntar por él. Allí le dijeron que estaba enfermo pero que, a pesar del pesimismo de los médicos, creían que tenía probabilidades de sobrevivir. 

            Fue a visitarlo. La enfermera jefe, mientras iban hasta la cama de Manuel, le dijo que  la  semana  que  llevaba  éste  en  el  hospital  había  supuesto  muchos  cambios  para todos; que la sonrisa no se borraba de sus labios y resultaba verdaderamente contagiosa  y mientras se acercaban al enfermo - que no podía comprender por qué se sentía tan feliz, pues en ningún momento recibió flores, ni correo ni siquiera la visita de ningún pariente ni amigo. 
            Sorprendido,  el  viejo  Manuel  dijo  con  una  sonrisa:  “La  enfermera  está equivocada.  Porque  no  sabe  que,  todos  los  días,  desde  que  llegué  aquí,  a mediodía, viene un buen amigo, se sienta en el borde de mi cama, toma mis manos en las suyas, se inclina hacia mí y me dice:

            “Sólo vengo para decirte, Manuel, cuán feliz soy desde que me brindaste tu amistad y te liberé de tus pecados. Siempre me gustó oír tus plegarias. Pienso en ti cada día. Así que, Manuel, éste es Jesús saludándote”.
 

Boletín Nº 36 AÑO 2.000 - TERCER TRIMESTRE 
(Julio-Setiembre) FRATERNIDAD ROSACRUZ  MAX HEINDEL (MADRID) 


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