viernes, 23 de julio de 2010

PLENITUD DE VIDA, SALUD Y VIGOR DEL CUERPO - IV - por RODOLFO WALDO TRINE-



PLENITUD DE VIDA, SALUD
Y VIGOR DEL CUERPO - IV

Del libro: EN ARMONÍA CON EL INFINITO por RODOLFO WALDO TRINE


Si no sabéis gobernar el mundo desde vuestro propio centro, si
conferís a esto o aquello el poder de acarrearos molestia, daño o desgracia,
entonces recibid lo que os acarree y no injuriéis a la eterna bondad
y beneficencia de todas las cosas.

Plenitud encontrará en la tierra
Quien tenga cuerpo sano y alma entera;
Mas la tierra será yermo quebrado
Para quien haya el ánimo apocado.

Si la suciedad de materias extrañas ciega los ojos de vuestra alma,
sucio os parecerá el mundo que miréis por ellos, porque todo es del
color del cristal con que se mira. Por lo tanto, cesen vuestras lamentaciones;
guardaos vuestro pesimismo, vuestro ¡pobre de mí!; negad si os
place que los ojos de vuestra alma estén morbosamente necesitados
de algo; pero reconoced que el eterno Sol ilumina los limpios ojos de
vuestro hermano y le permite ver sin sombras el interior de su conciencia
y el mundo de los sentidos; reconoced que vuestro hermano vive en
un mundo distinto del vuestro. Esclareced vuestra vista y contemplaréis
la maravillosa hermosura de este otro mundo; y si en él no sabéis hallar
bellezas, prueba será de que jamás las hallaréis en parte alguna.

Hasta donde la vista del poeta alcanza
Se extiende por el bosque la poesía,
Y la calle se trueca en mascarada,
Cuando de ella hace Shakespeare su vida.

Shakespeare puso en boca de uno de sus personajes: “La culpa,
querido Bruto, no es del Destino, sino de nosotros mismos que nos
rendimos a él”.

La vida del gran poeta y su gigantesca labor son evidente prueba
de que supo reconocer la verdad que estamos considerando, como él
mismo nos dice en este pasaje: “Nuestras dudas son traidores que, con
el temor del intento nos hacen perder el bien que pudiéramos alcanzar”.
Acaso no hay pasión alguna de tan perniciosos efectos como el
miedo. Viviríamos libres de temor a cosa alguna si llegamos al completo
conocimiento de nosotros mismos. Un antiguo proverbio francés
dice: “Muchos temen males y daños que nunca llegan”.

El miedo y la falta de fe se dan la mano. De ésta nace aquél. Decidme
que alguien es pusilánime y os diré que no tiene fe. El miedo, lo mismo
que el desaliento, son huéspedes tan descontentadizos, que nada les
satisface. Así como nos entregamos al miedo, podríamos por distinta
disposición mental atraer influencias y condiciones contrarias. La mente
dominada por el temor da entrada a cosas de naturaleza semejante
al temor, actualizando con ello las mismas condiciones que teme.
Un peregrino encontró un día a la Peste y le preguntó: -¿A dónde
vas?- Voy a Bagdad a matar cinco mil personas.

Pocos días después, el mismo peregrino encontró de nuevo a la
Peste que volvía de su viaje y le habló de esta manera: -Me dijiste que
ibas a matar en Bagdad cinco mil personas, pero has matado cincuenta
mil. -No - contestó la peste-, yo sólo maté cinco mil, tal como te dije;
los otros se murieron de miedo.

El miedo puede paralizar los músculos y alterar la circulación de
la sangre y la normal y saludable acción de las fuerzas vitales. El miedo
puede producir la rigidez y parálisis de los músculos.
Al atraer a nosotros por el miedo lo que nos causa temor, atraemos
también todas cuantas condiciones contribuyen a mantener el miedo en
nuestro ánimo. Y esto sucederá en proporción a la intensidad temerosa de
nuestro pensamiento y según la mayor o menor afectividad de nuestro
organismo, aunque por nuestra parte no nos percatemos de su influencia.
Los niños, especialmente los pequeñuelos, se muestran por lo
general mucho más sensibles al medio ambiente que las personas
mayores. Algunos son verdaderos sensitivos que reciben cuantas influencias
los rodean y se asimilan sus efectos a medida que van creciendo.

Por esta razón los padres y maestros han de tener mucho
cuidado en normalizar las disposiciones mentales del niño y sobre
todo debe la madre, durante los meses de embarazo, normalizar de
una manera especialísima sus pensamientos y emociones, que tanta
y tan directa influencia ejercen en la vida del feto. No permitáis que
nadie infunda miedo a un niño, convirtiendo la edad que pudiéramos
llamar la inocencia en la del espanto y el recelo. Así se hace muchas
veces inadvertidamente, ya deprimiéndole el ánimo con la aspereza
del trato, ya, por el contrario, por miedo del mismo, tan nocivo como
el rigor.

Muchas veces ha sucedido que un niño criado en continuo temor
a fin de apartarle de tal o cual vicio, vióse después dominado por
el que de otro modo tal vez no hubiera llegado a dominarle. Algunas
veces no hay en el niño propensión natural al miedo; pero si la hay, lo
más conveniente es tomar la actitud opuesta, a fin de neutralizar la
energía viciosa y mantener al niño en pensamiento de prudencia y
firmeza que lo capacitan para afrontar las circunstancias y dominarlas
en vez de rendirse a ellas.

Hace poco me informó cierto amigo mío de una experiencia que
sobre el particular hizo en sí mismo. Durante el periodo en que hubo
de sostener terrible lucha contra una mala costumbre, le atemorizaban
continuamente su madre y su novia, hasta el punto de que él,
cuyo temperamento era muy delicado, sintió desde entonces sin cesar
los deprimentes y debilitantes efectos de aquella sugestión contraria
y temía responder a las preguntas y sospechas de ambas mujeres;
todo lo cual le produjo un aminoramiento en la confianza de
sus propias fuerzas y una paralizadora influencia en todo su ser, que
en vez de engendrar en él valor y fuerza contribuyen a su mayor
flaqueza de ánimo y a inutilizarlo para la lucha.

He aquí cómo las dos mujeres que más entrañablemente le amaban,
quisieron ponerle en posesión y dominio de sí mismo; pero ignorantes
del callado, sutil, infatigable y revelador poder de las fuerzas
mentales, en vez de acrecentarlas para infundirle valor, las debilitaron
añadiendo la flaqueza exterior a la flaqueza propia. De este
modo tuvo que luchar con un enemigo triplemente poderoso.

El miedo, el desaliento, el tedio y otras análogas disposiciones
de ánimo son muy perjudiciales para quien les da cabida en su interior,
sea hombre, mujer o niño. El miedo paraliza las acciones
salutíferas, el tedio corroe y abate el organismo y concluye por desmoronarlo.
Nada se gana y todo se pierde con ello y cada pérdida o daño
nos ocasionará una pesadumbre. Y cada vicio tiene su peculiar tribulación.

La avaricia producirá efectos semejantes a la tacañería y a la
codicia. La cólera, los celos, la ruindad, la envidia, la lujuria tienen cada
cual su peculiar manera de corroer, debilitar y destruir el organismo.

La armonía con las leyes superiores no sólo nos dará prosperidad
y dicha, sino también salud corporal. El gran vidente hebreo, el
rey Salomón, enunció una admirable regla de conducta cuando dijo:
“Así como la rectitud es para la vida, así quien sigue el mal es
para la muerte” (Proverbios 11:19). “En el camino de la rectitud está la
vida y la senda de su vereda no es muerte” (Proverbios 12:28).

Tiempo vendrá en que esto signifique todavía mucho más de lo
que la mayoría de las gentes no se atrevería hoy a sospechar. El hombre
ha de decir si su alma morará en su inderrocable mansión de creciente
esplendor y belleza o en una choza por él mismo edificada, que
al fin y a la postre caiga en ruinas.

***

455 - JOYAS ESPIRITUALES - 05/00 - FRATERNIDAD ROSACRUZ DEL PARAGUAY

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