miércoles, 18 de agosto de 2010

Carta Nro. 50 - Del Libro de T. Baico


Carta Nro. 50
Del Libro de T. Baico

Aprovechamos la oportunidad que nos ha brindado este día, de
relativa calma, dentro del cúmulo de nuestros deberes. Proporcionándonos
el placer de contestar con prontitud, su amable e interesante
carta, de fecha 8 del mes ppdo. Nos enteramos de sus presentes dificultades,
que nosotros las conceptuamos pasajeras, y no son posiblemente,
más que necesarias lecciones para la experiencia. El hecho de mantener
firme a su fe en el Maestro, a pesar de aquellas dificultades, es ya
un triunfo; pero con todo, hemos notado en Ud. cierto desaliento, cuando,
en el curso de su carta y al referirse a sus luchas por la vida, plantea
esta cuestión: “Si tanto he luchado por el bienestar, y sin embargo, no
puedo ser feliz, ¿cómo entonces conseguir la felicidad en la Tierra?”

Podemos asegurarle que es esta una cuestión que, quien más
quien menos, a todos interesa, y sin embargo, pocos son los que se
detienen a reflexionar sobre ella; en primer lugar, nosotros, preocupados
constantemente por ese bienestar material, nunca pensamos con
seriedad sobre nuestra misión en este planeta.

Cuál es el objeto de la vida en la Tierra? Las enseñanzas derivadas
de las dos leyes fundamentales de Renacimiento y de Consecuencia
son categóricas a este respecto; el objetivo primordial de la vida
dice, no es la felicidad sino la experiencia, esencialmente necesaria para
el progreso evolutivo del Ego; y aún agrega, que generalmente, el dolor
es la fuente de la experiencia. ¿Se infiere de esto que la felicidad no está
en la Tierra? Afirmamos que si. La cuestión es distinguir la felicidad verdadera
de la falsa y encontrar el camino que conduce a ella.

Y es el caso, querida amiga, que estamos acostumbrados a relacionar
demasiado la idea de la felicidad con la ilusión de un bien material,
asociándolo inseparablemente, ya con la posesión de la fortuna, la
conquista del poder, la satisfacción de los deseos inferiores, la vanidad
de la gloria, etc. etc. todo eso, que constituye el afán permanente en la
lucha sin tregua del hombre y forma el fondo del inmenso drama humano.

Si consideramos la felicidad con ese criterio y nos lanzamos en pos
de ella por el sendero del interés, podemos estar seguros que perseguimos
una ilusión; tal felicidad de sentido materialista no existe; es un
fuego fatuo que se enciende y se apaga ante los ojos ávidos del hombre.

Podrá éste, en algún minuto de su vida, recibir la caricia ilusoria de
una momentánea felicidad, pero ella será, tan fugaz, como la visita de la
mariposa a la flor, que se posa un segundo para volar, esquiva, inalcanzable
para la mano que la quiere aprisionar. Hasta que sepamos mirar
hacia adentro, podemos recorrer en vano el universo entero, que la felicidad
buscada no aparecerá, puesto que ella se esconde, como la joya
en el cofrecillo, en el fondo del corazón. He ahí el secreto. Mientras se
vive, se muere, se lucha, recorriendo tierras, revolviendo mares en pos
de una ilusión, la verdadera felicidad llevamos dentro, como un divino
tesoro, en el arca santa de nuestro pecho.

Se ha querido siempre alcanzar la felicidad por medios materiales,
sin pensarse que es una planta delicada, una flor espiritual. Cultivemos
cada uno nuestra planta con esmero, abonándola con nuestras obras
de bien; con servicio desinteresado a la humanidad; con pensamientos
de amor, de Generosidad y de altruismo; y la verdadera felicidad florecerá
seguramente en nuestro corazón. Sólo entonces podremos aspirar
el suave perfume de esa flor y conocer el supremo deleite de la verdadera
felicidad, ya como satisfacción del bien realizado o del deber cumplido;
ya como tranquilidad de conciencia, como serenidad de espíritu;
etc. en una palabra, como una expansión del alma hacia Dios. Pero
para ello es indispensable conocernos a nosotros mismos, porque solo
conociendo nuestra íntima naturaleza, podremos bajar hasta los secretos
del corazón. Y aquí estamos de nuevo ante la importancia de nuestra
Filosofía Rosacruz, que al ofrecernos, con las sublimes enseñanzas,
el conocimiento de nuestro ser, nos abre el camino para buscar la verdad,
y por tanto, la felicidad que llevamos dentro. “Buscad primero a
Dios y Su Justicia, y todo lo demás vendrá por añadidura”.

Mientras el materialista se esfuerza en un afán interminable por
conquistar lo inconquistable, y tan pronto cree estar en brazos de una
ficticia felicidad, cae en el hastío y el cansancio si es rico; en el temor y la
zozobra si es poderoso: en la disipación y la enfermedad si es amigo del
placer; y si el materialista es pobre, se pasa la vida, corroído por la
envidia, blasfemando contra Dios y la pobreza. Solo el que ha ingresado
en el sendero del conocimiento, para despertar las potencias del alma,
podrá recibir el beso permanente de la felicidad, porque sólo él está en
condiciones de buscar eficientemente a Dios, y buscándole a Él, vendrá
la felicidad por añadidura.

Como se ve, el concepto materialista de la vida es inconciliable con
la idea de la verdadera felicidad, y cuando más el hombre desecha de si
la vana posesión de los bienes materiales, tanto más eleva el corazón a
Dios, porque donde está tu tesoro ahí estará tu corazón. Suele decirse
que el verdadero hombre feliz es el hombre sin camisa; y San Francisco
de Asís, cuya mansedumbre rayó a tan gran altura, hasta llamar hermano
al lobo, al pájaro, a la flor, etc. hizo de la pobreza el lema de su vida,
estableciendo como regla de conducta, esta máxima económica: “Yo
quiero poco, y de ese poco quiero poco” y no solo conoció la felicidad
sino que la difundió a todo cuanto él tocaba y trataba.

Debemos aclarar, sin embargo, que lo condenable no es la posesión
en sí, de los bienes materiales, sino el mal uso y abuso de la fortuna;
ella puede traer la felicidad siempre que sea empleada como instrumento
del bien. Por otra parte, no pretendemos que nadie descuide
deberes ineludibles, so pretexto de buscar la felicidad a manera del santo
de Asís; hay deberes cuyo fiel cumplimiento ya se traduce también en
felicidad; pero es necesario recalcar, una vez más, que difícilmente llegaremos
a la meta de la felicidad, por el camino de las preocupaciones
exclusivamente materialistas, desviando el sendero espiritual. Cuando
lleguemos al conocimiento de esa dualidad, Espíritu y Materia, que constituye
el hombre, así como la cualidad, inmortal del primero y perecedero
del segundo, podremos, entonces, discernir a cada uno la importancia
que tiene y decir con el Maestro: “Al César lo que es del Cesar y a
Dios lo que es de Dios”.

Terminamos ésta enviándole un fraternal saludo y suscribiéndonos
siempre suyos en el Servicio de la Humanidad.

FRATERNIDAD ROSACRUZ DEL PARAGUAY

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458 - JOYAS ESPIRITUALES - 08/00

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