lunes, 30 de agosto de 2010

LA PERFECTA PAZ - I - por RODOLFO WALDO TRINE



LA PERFECTA PAZ - I
Del libro: EN ARMONÍA CON EL INFINITO por RODOLFO WALDO TRINE


Este es el Espíritu de infinita paz. En cuanto estemos en armonía
con Él, llegarán a nosotros corrientes y flujos de paz, porque paz es la
armonía. Profundo significado tiene aquella verdad que dice: “La prudencia
del espíritu es vida y paz” (Romanos 8:6).

Reconocer que somos espíritu y vivir en este pensamiento, es tener
espiritualizada la mente, y por lo tanto, estar en paz y armonía. ¡Oh! ¡cuántos
hombres cargados de cuidados en cuerpo, mente y alma, van y vuelven
por todo el orbe sin jamás hallarla! Y no la hallan al fin de la jornada
porque no han de buscarla de este modo; porque la buscan donde nunca
estuvo. Miran hacia afuera por ver si afuera está, cuando debieran mirar
hacia adentro. Solo en nuestro interior podemos hallar la paz, y quien allí
no la encuentre no la hallará en parte alguna.

La paz no mora en el mundo exterior; reside en nuestra propia alma.

Aunque la busquemos por diversos caminos, en los apetitos y pasiones
carnales, y por todos los rincones del mundo exterior, quedará siempre
más allá de nuestro alcance, pues la buscamos donde no está. Por consiguiente,
en el grado en que subordinemos las excitaciones de la carne a las
inspiraciones del alma, llegaremos a los más lejanos términos de felicidad y
paz; pero en el grado en que en esta obra desfallezcamos amargarán nuestra
vida la aflicción y el desasosiego, la inquietud y el sufrimiento.

Estar en unión con Dios es estar en paz. La ingenuidad infantil es
medio eficacísimo para alcanzar la plena y completa paz; la infantil ingenuidad
que reconoce sus verdaderas relaciones con la vida del Padre.

Los que conscientemente reconocen su unidad con Dios, Espíritu de infinita paz,
viven henchidos de gozo. Recuerdo entre estos varios, a un joven que
durante algunos años estuvo lisiado, además de tener muy quebrantada la
salud por agotamiento nervioso. Este joven lo veía todo triste y melancólico; y
así, todas las cosas se le presentaban tristes y melancólicas, hasta el punto de
hastiarle la vida y no hallar en nada aliciente alguno para vivir. No hace mucho
tiempo, reconoció su unidad con el infinito Poder, y abriéndose tan por entero al
divino flujo, que hoy disfruta de completa salud, y cuando con frecuencia lo
encuentro, no puede resistir el impulso de exclamar; “¡Oh! ¡qué gozo da vivir”!.

Quien alcanza este supremo convencimiento, nunca teme a nada, porque
siempre lleva consigo la égida que lo protege y ampara. De él puede
decirse con verdad:

“Embotadas quedarán las armas dirigidas contra ti” (Isaías 54:17). “La
enfermedad no será tu vecina”. “En alianzas estarás con las piedras del campo,
y las bestias del campo estarán en paz contigo” (Job 5:23).

Estos son los hombres que parecen vivir contentos. Desde el punto en
que algo tememos, abrimos las puertas de nuestro ser a lo mismo que tememos
para que allí se actualice. Un animal jamás dañará a quien no le manifieste
temor. Desde el instante en que lo tema, provocará el peligro; y algunos animales,
el perro de presa por ejemplo, conoce al punto si se les tiene miedo, esto
les da precisamente aliento para embestir. En el grado en que reconozcamos
nuestra unidad con Dios, obtendremos calma y sosiego, sin conturbarnos por
las menudencias que antes nos daban desazón y molestia. Ya no recelaremos
de las gentes, porque podremos conocer sus intenciones y descubrir en el
fondo de su alma las determinantes de sus actos.

Acercóse un caballero a un amigo mío, estrechóle la mano con grandes
muestras de cordialidad y le dijo; “¡Cuánto me alegro de verle” Rápido como el
rayo leyó mi amigo en el semblante del caballero, y mirándole de hito en hito,
replicó: “No; está usted equivocado; usted no se alegra de verme; al contrario,
se desconcierta por ello, y de tal modo, que el sonrojo lo denota en el semblante”.

El caballero respondió: “Bien; pero usted sabe que en estos tiempos de
convencionalismos y apariencia hemos de guardar las formas y fingir muchas
veces lo que en realidad no sentimos”. Mi amigo le miró todavía más fijamente
y dijo: “También está usted equivocado en eso. Permítame usted que le dé un
consejo: siempre le valdrá a usted más pensar y decir la verdad que fingirla”.

Lección que debemos guardar en nuestra memoria para no olvidarla.

Tan luego como seamos capaces de leer en el pensamiento ajeno,
cesará nuestro recelar de las gentes, y a nadie alzaremos sobre
pedestales; pronto o tarde llega fatalmente la caída, y entonces la decepción
nos vuelve injustos por algún tiempo con nuestros amigos. Cuando
estemos en armonía con el Espíritu de paz, no conturbarán nuestro
ánimo las murmuraciones malévolas ni los desaires explícitos, ya procedan
de amigos o de enemigos. Cuando tengamos conciencia de que
en nuestra vida y en nuestras horas somos fieles al eterno principio de
bondad, verdad y justicia que llena el universo, que lo gobierna y rige y
perpetuamente prevalece, entonces nada malo podrá avecinarse a nosotros
y sólo atraeremos lo que nos tranquilice y sosiegue.

Lo triste, aflictivo y penoso ya no podrá inquietarnos como ahora
nos inquieta, porque por verdadera sabiduría aprenderemos la exacta
relación entre las cosas. La muerte de parientes y amigos no entristecerá
el alma que haya llegado a la suprema realización de su vida, porque
sabrá que cada espíritu no solo es partícipe, sino eterno partícipe de la
infinita Vida. Sabrá también que el fin del cuerpo físico en nada afecta a
la vida real del alma. Con tranquilo ánimo dirá a los menos fuertes que
él: “¡Amantes amigos!, sed prudentes y enjugad sin tardanza vuestros
llorosos ojos. Lo que sobre el féretro dejáis, no merece ni una lágrima
siquiera, pues sólo es la concha de donde se desprendió la perla. Nada
vale la concha: dejadla acá. La perla, el alma, lo era todo: ya está allá”.

Tocante a esta separación, sabrá asimismo que el espíritu no tiene
límites y que la comunión espiritual entre dos almas está al alcance de
todos. En el grado en que se realizase la elevada vida espiritual, podremos
realizar esta comunión espiritual.

Siempre llegan a nosotros las cosas a que abrimos nuestro ser.

Las gentes de otros tiempos esperaban ver ángeles y los veían; pero
ninguna razón hay para que ellos los vieran entonces y no los veamos
ahora nosotros; ni tampoco para que aquellas gentes llegaran a morar
con los ángeles y no moremos nosotros con ellos, pues las capitales
leyes que todo lo rigen eran entonces las mismas que ahora. Si ya no
vienen los ángeles a ejercer su ministerio acerca de nosotros, es porque
nosotros no los invitamos y les cerramos la puerta por donde pudieran
entrar en nuestra alma.

En el grado en que nos llenemos de este Espíritu de paz, abriéndonos
a su divino flujo circulará a través de nuestro ser y lo llevaremos
con nosotros doquiera que vayamos. En el grado en que de esta suerte
nos abramos a Él, seremos como imanes que atraigan la paz de
todos sus manantiales; y en el grado que la atraigamos y la incorporemos
a nuestro ser, seremos capaces de comunicarla a los demás. Por
este medio llegaremos a poseer tan perfecta paz, que por doquiera
que vayamos derramaremos continuas bendiciones.

Hace dos o tres días, vi a una mujer que tomaba de la mano a un
hombre cuyo semblante parecía ser morada de Dios, diciéndole: “¡Oh! y
cuanto me satisface verle a usted! Ansiosa y desesperada he estado durante
algunas horas, pero la sola vista de usted ha desvanecido mi angustia”.

Personas como ésta hay en nuestro alrededor que continuamente
están repartiendo el cambio de la tristeza en alegría, el temor en ánimo,
la desesperación en esperanza, la flaqueza en fuerza y energía.

Quien reconoce su verdadero ser encuentra su centro, lleva consigo
esta fuerza y la irradia por doquiera. En todo el universo mundo no
hay más centro que el infinito Poder actuando en todo y a través de
todo; y sólo encuentra su centro quien se reconoce a sí mismo como ser
espiritual quien reconoce su unidad con este infinito Poder.

Tal el hombre potente. Concentrado en el infinito, se halla de este
modo en relación consigo mismo y tiene como ceñido a su cintura el gran
poder del universo. Sin cesar atrae hacia él toda clase de fuerzas, porque
así concentrado, conocedor de sí mismo, consciente de su propio poder,
los pensamientos que de su mente dimanan serán vigorosos pensamientos;
y por obra de la ley de que cada cosa atrae a su semejante, atraerá a
sí mismo continuamente y de todas partes, por virtud de estos pensamientos,
otros y otros igualmente vigorosos, quedando de esta suerte
unidos con los del último orden en todo el universo.

Así al que tiene le será dado. Esto es sencillo efecto de una ley natural.

Los vigorosos, positivos y edificadores pensamientos coadyuvan sin
cesar al éxito feliz en todas ocasiones y de todas partes allegan auxilio y
ayuda. Su ideal va revistiéndose de forma tangible y manifestándose en el
mundo físico por efecto de pensamientos sanos y vigorosos. Las calladas e
invencibles fuerzas que ocultamente actúan, se manifestarán tarde o temprano
en el mundo visible. El temor y otros efectos deprimentes nunca se
apoderarán de un hombre dueño de sí mismo; y en caso de que intentaran
apoderarse, los rechazaría al punto de su muerte, pues como son distintas
y aún contrarias las corrientes de sus habituales pensamientos, no dará
entrada en su ser a la flaqueza ni al pesimismo ni a la vacilación.

Quien por el contrario, no sepa ser dueño de sí mismo, no sólo verá
debilitadas y aun paralizadas sus energías corporales por el temor y otras
emociones semejantes nacidas en su ánimo, sino que se relacionará con
este orden de emociones en el mundo exterior. Y en el grado en que así
le suceda llegará a ser víctima de la debilidad, del temor y de todos los
pensamientos y emociones negativas que a su alrededor floten. En vez
de acrecentar su poder, acrecentará su flaqueza. Está en armonía con
el orden de pensamientos a que se esclavizó y que unos de otros derivan.

Otra vez tenemos la sencilla acción de una ley natural, aunque opuesta y
contraria a la anterior. El temor de perder, hace perder aun lo que más
empeño hay en conservar.


* * *

462 - JOYAS ESPIRITUALES -- 12/00 -- FRATERNIDAD ROSACRUZ DEL PARAGUAY

1 comentario:

  1. E leido el libro EN ARMONIA CON EL INFINITO, y me parece exelente ojala la mayoria de las personas en este mundo pudieran leerlo,me parece bien que publiques apartes del mismo, te felicito.

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