martes, 3 de agosto de 2010

PLENITUD DE VIDA, SALUD Y VIGOR DEL CUERPO - V - por RODOLFO WALDO TRINE




PLENITUD DE VIDA, SALUD
Y VIGOR DEL CUERPO - V

Del libro: EN ARMONÍA CON EL INFINITO por RODOLFO WALDO TRINE


Multitud de gentes viven sin preocuparse de otra cosa que de
satisfacer sus pasiones en desarreglada vida; y sus cuerpos debilitados
por nocivas influencias, van cayendo antes de tiempo por el camino.

¡Pobres mansiones corpóreas! Las destinadas a ser templos hermosísimos
se desmoronan por ignorancia, atolondramiento y alucinación
de sus moradores. ¡Pobres moradas!

El observador sagaz que cuidadosamente estudie el poder de las
fuerzas mentales, pronto será capaz de conocer en la voz, ademanes y
semblante los efectos producidos por la emoción prevaleciente en el ánimo.
O al contrario de las emociones del ánimo puede colegir la voz, los
ademanes, el semblante y aun los achaques y dolencias del individuo.

De labios de una respetable autoridad científica hemos oído que el
estudio del cuerpo humano, su estructura y el tiempo que tarda en llegar
a su completo crecimiento, en comparación con el que tarda el de varios
animales y su correspondiente longevidad, nos revela que el hombre
debería vivir naturalmente cerca de ciento veinte años; pero que sólo
alcanza la duración media a causa de la multitud de nocivas influencias
a las cuales se abandona, y lo avejentan, debilitan y destruyen.

Acortada así la natural longevidad de la vida, se ha llegado a creer
comúnmente que es su normal período de duración. Y, en consecuencia,
al ver que por regla general a cierta edad dan las gentes señales
de vejez, creen muchos que lo mismo les ha de suceder a ellos; y
engolfados en esta idea de muerte, atraen sobre sí condiciones de
decrepitud mucho antes de lo que por ley natural habría de sobrevenir.

Tan poderosas como ocultas son las influencias de la mente en
la construcción y reconstrucción del cuerpo. Conforme vayamos descubriéndolas,
irá arraigando en las gentes la esperanza de contar los
años de un segundo siglo.

Recuerdo en este momento a una señora amiga, que frisa en los
ochenta; una vieja como la llamarían la mayor parte de las gentes,
especialmente aquellos que cuentan los años por primaveras; pero
llamar vieja a nuestra amiga sería decir que la nieve es negra, porque
no es más vieja que una muchacha de veinticinco, y aun en realidad
más joven, según el punto de vista desde que se considere a una
muchacha de esta edad.

Nuestra amiga ha sembrado el bien por doquiera y sólo bondad
quiso ver en todas las gentes y en todas las cosas. La agudeza de su
ingenio y la dulzura de su voz le dieron los bellos atractivos que aún
conserva y que le conquistaron el amor de cuantos la conocieron.
Empleó su vida en infundir tranquilidad, esperanza, valor y fortaleza en
cientos y millares de personas; y así continuará haciéndolo indudablemente
por algunos años.

Ni temores, ni desalientos, ni odios, ni recelos, ni tristezas, ni pesadumbres,
ni codicias, ni ruindades, incurrieron jamás en los dominios
de su pensamiento. En consecuencia, libre la mente de estados y condiciones
anormales, no exteriorizó en el cuerpo las diferentes dolencias
físicas que se atraen la mayoría de las gentes creídas en su ignorancia
de que por naturaleza derivan del eterno orden de las cosas. Su vida
ha sido demasiado larga para que por inexperiencia permitiera la entrada
de maléficas influencias en el reino de su mente; por el contrario, fue
lo bastante avisada para conocer que en su diminuto reino era la soberana,
y que por lo tanto, sólo a ella le tocaba decidir quién podía o no
entrar en sus dominios. Sabía además, que con ello determinaba las
condiciones de su verdadera vida. Era realmente gozoso y ejemplar a
un tiempo verla ir de acá para allá, con ánimo sereno y juvenil continente
y oír su placentera risa. En verdad que Shakespeare supo lo que dijo
al decir: “La mente robustece el cuerpo”.

Con vivo placer observaba yo a mi amiga cuando, no ha mucho
yendo ella calle abajo vi que se detenía para conversar maternalmente
con unos chiquillos que jugaban en el arroyo; luego aceleró el paso
para decirle dos palabras a una lavandera que iba cargada con su lío
de ropa; después se paró a hablar con un labrador que regresaba del
campo con el cesto de la comida en la mano; y de este modo compartía
las riquezas de su abundosa vida con cuantos se ponían en contacto
con ella.

Y para mayor fortuna, mientras yo la estaba contemplando, pasó
otra señora anciana (anciana de veras), aunque en realidad era diez o
quince años más joven que mi amiga, si por inviernos se cuentan los
años. Sin embargo, andaba encorvada y con evidentes muestras de
embarazo en los remos. Una cofia de sombríos colores y un velo aun
más sombrío y muy espeso, acrecentaban el taciturno y melancólico
aspecto de anciana, cuyo traje, tan tétrico como el tocado y su peculiar
continente, proclamaban a voz en grito la tristeza y la pena que en su
ánimo mantenía con su conducta y su falta de fe en la eterna bondad
de las cosas, su falta de fe en la misericordia sin límites y en el sempiterno
amor del eterno Padre.

Dominada únicamente por la idea de sus propias aflicciones, tristezas
y pesares, era su corazón inaccesible al bien, y, por lo tanto, no
podía transmitir gozo, ni esperanza, ni fortaleza, ni nada de positivo valor
a quienes con ella se relacionaban. Antes al contrario, infundía y
sustentaba en muchos, con nociva eficacia, los estados y disposiciones
de ánimo que por lo común prevalecen en la vida humana. Al pasar
junto a nuestra amiga, miró a ésta de soslayo con aire que parecía decirle:
“Vuestro traje y porte no convienen a una señora de vuestra edad”.

Dad gracias a Dios -podría replicárselo-, dad gracias a Dios que no
convengan. Y pluguiese a su infinita bondad y amor enviarnos innumerables
mujeres como ella, que por muchos años bendijeran al género
humano, compartiendo las vivificantes influencias de su propio ser con
el incalculable número de gentes que de ellas andan necesitadas.

¿Queréis permanecer siempre jóvenes y conservar en la vejez,
la alegría y pujanza de los años juveniles? Pues ved tan sólo como

vivís en el mundo de vuestros pensamientos. Eso lo determinará todo.
Dijo Gautama el Buda: “La mente lo es todo; lo que pienses, eso llegarás
a ser”. Y del mismo modo opinaba Ruskin al decir “Fabricaos un
nido de pensamientos agradables. Nadie, que sepamos, fue educado
durante su niñez en tan hermosos palacios como los que podemos
edificar con los buenos pensamientos, preservativo de la adversidad”.

¿Queréis conservar en vuestro cuerpo toda la flexibilidad, todo el
vigor, toda la belleza de la juventud? Pues vivid juvenilmente en vuestros
pensamientos, no dando cabida a los impuros, y exteriorizaréis su
bondad en vuestro cuerpo. En el grado en que os conservéis jóvenes
de mente, permaneceréis jóvenes de cuerpo. Y veréis cómo el cuerpo
acude en auxilio de la mente porque el cuerpo ayuda a la mente del
mismo modo que la mente ayuda al cuerpo.

Estáis edificando sin cesar, y, por consiguiente, exteriorizaréis en
el cuerpo las condiciones más semejantes a vuestros pensamientos y
emociones. Y no sólo edificáis interiormente sino que traéis sin tregua
fuerzas exteriores de naturaleza análoga. Vuestra peculiar calidad de
pensamientos os pone en relación con el mismo linaje de pensamientos
ajenos. Si los vuestros son lúcidos, placenteros y de esperanza
henchidos, os pondréis en relación con una corriente de pensamiento
que con vosotros se relacionen.

Si es siniestra la índole de vuestros pensamientos, tal vez sea
que inconscientemente y por grado os hayáis puesto en conexión con
ellos. Necesario es entonces que os volváis como niños, retrocediendo
a la edad de los placenteros, inocentes y sencillos pensamientos.

Las jubilosas mentes de un tropel de chiquillos entregados al juego
atraen sin darse ellos cuenta una corriente de gozosos pensamientos.

Aislad a un niño, privadle de la compañía de los demás, y pronto le
asaltará la melancolía y no tendrá aliento para moverse, pues quedará
separado de aquella corriente y fuera de su elemento. Necesitáis, por
lo tanto, atraer de nuevo la corriente de pensamientos placenteros de
la cual os apartasteis gradualmente. Si estáis demasiado serios y tristes,
o preocupados por graves negocios de la vida, podréis estar alegres
y contentos con sólo volveros sencillos e ingenuos como niños;
podréis prosperar en vuestros negocios llevándolos con la misma tranquilidad
que si no os ocuparais en ellos. Nada hay de efectos tan nocivos
como una continua propensión a la gravedad y tristeza, y muchos
que por largo tiempo se mantuvieron en tal estado de ánimo, llegaron
a no experimentar alegría por cosa alguna.

A los dieciocho o veinte años empiezan a desviarse las placenteras
inclinaciones de la pubertad. La vida ofrece ya más graves aspectos.

Entráis en los negocios y quedáis más o menos envueltos en sus
cuidados, vacilaciones y responsabilidades; vuestro ánimo comienza
a estar apesadumbrado o inquieto, y de tal modo llegáis a preocuparos
de los negocios, que por atender a ellos os falta tiempo para el recreo
y el descanso. Si tratáis con gente rutinaria, os empaparéis de sus
rutinarias ideas y de sus mecánicos modos de pensar, aceptando todos
sus errores como si fuesen certidumbres. Así daréis entrada en
vuestra mente a una pesada y embarazosa serie de pensamientos
que os arrastrarán inconscientemente. Estos pensamientos se materializan
en vuestro cuerpo, porque los sentidos físicos son como un
depósito o cristalización de los elementos invisibles que de la mente
fluyen al organismo. Van pasando así los años hasta que notáis que
vuestros movimientos son tardos y pesados y con dificultad podéis
trepar a un árbol a los cuarenta. Durante todo este tiempo vuestra
mente ha ido enviando al cuerpo los pesados y rígidos elementos que
hicieron de él lo que actualmente es.

La mudanza a otro mejor estado debe ser gradual y sólo puede
realizarse por medio de corrientes mentales que entrañen fuerzas diametralmente
opuestas, impetrando de Dios la perseverancia en el buen
camino y eliminando de la mente los malos pensamientos que a hurtadillas
hayan entrado en ella, para convertirla a los buenos y saludables.

Como el de los irracionales, debilitóse y degeneró en pasados tiempos
el organismo humano. Esto no ha de suceder siempre. La mayor
profundidad de conocimientos psíquicos demostrará la causa de tal degeneración
evidenciando cómo en obediencia a una ley o fuerza edificante,
se renovará continuamente el organismo, dándole más y más
vigor, mientras que el ciego empleo de esta ley o fuerza, como se hizo
en lo pasado, debilita nuestros cuerpos y lo destruye al fin.

Plena, preciosa y abundante salud es la normal y natural condición
de vida. Cualquiera otra es anormal; y las condiciones anormales
se establecen como regla a causa de la perversión.

Dios no engendra jamás la enfermedad ni el sufrimiento, ni la
aflicción; estos males son obra exclusiva del hombre que los acarrea
al transgredir las leyes de la vida; pero tan acostumbrados estamos a
verlos sobrevivir, que nos parecen naturales y necesarios.

Día llegará en que la labor del médico sea procurar, no la salud
del cuerpo, sino la de la mente, que a su vez curará el cuerpo enfermo.

En otros términos: el verdadero médico será el maestro, y su obra
consistirá en guiar a los hombres y guardarlos de todo mal, en vez de
esperar a curarlos después que el mal se haya cebado en ellos. Todavía
más: día llegará en que cada cual sea su propio médico.

En el grado en que vivamos acordes con las capitales leyes de
nuestro ser en el grado en que mejor conozcamos las fuerzas mentales
y espirituales, atenderemos menos al cuerpo, es decir, no con menos
solicitud, sino con menor atención.

Muchos más sanos estarían millares de individuos si no se preocuparan
tanto de su salud. Por regla general, quienes menos piensan
en su cuerpo gozan de mejor salud. Gran número de enfermizos
lo son por la desconsiderada atención con que cuidan a su cuerpo.

Dale a tu cuerpo el necesario alimento, el conveniente ejercicio
al sol y aire, manténlo limpio y no te preocupes de lo demás. Aparta
tus pensamientos y esquiva tus conversaciones de enfermedades y
dolencias, porque al hablar de ellas te causarán daño a ti y a quien te
escuche. Habla de cosas provechosas para tu oyente, convéncele de
la bondad de Dios y así le comunicarás salud y vigor en vez de enfermedad
y flaqueza.

Siempre es nocivo inclinarse al pesimismo y al siniestro aspecto
de las cosas. Y si esto es verdad por lo que respecta al cuerpo, también
lo es tocante a todo lo demás.

Un médico que complementó su práctica profesional con profundos
estudios y observaciones psíquicas, dice a este propósito algo de
especial significación y valor en la materia que tratamos:

“Jamás podremos recobrar la salud pensando en la enfermedad,
ni alcanzar la perfección hablando de imperfecciones, ni llegar a la
armonía por medio de la discordancia. Hemos de tener siempre ante
los ojos de la mente ideales de salud y armonía ...

“Nunca afirméis o repitáis respecto a vuestra salud lo que no deseéis
que sea verdad. No tratéis de vuestras dolencias ni examinéis
vuestros síntomas. No cedáis jamás el convencimiento de que no sois
dueños de vosotros mismos. Afirmad resueltamente vuestra superioridad
sobre las enfermedades corporales, y no os reconozcáis esclavos
de ninguna potestad inferior. Quisiera enseñar a los niños a levantar
desde pequeños una fortísima barrera contra las enfermedades por
medio de un saludable ejercicio mental de elevados pensamientos y
pureza de vida. Quisiera enseñarles a rechazar todo pensamiento de
muerte, toda imagen de enfermedad, toda emoción nociva como el
odio, la ruindad, la venganza, la envidia, la concupiscencia, para que
venciesen toda mala tentación. Les enseñaría que los alimentos y bebidas
malsanas y el aire mefítico envenenan la sangre, que la mala
sangre nutre viciosamente los tejidos y enjendra las enfermedades del
ánimo. Les enseñaría que los pensamientos saludables son tan necesarios
a la salud del cuerpo como los pensamientos puros a la pureza
de conducta. Les enseñaría a fortalecer poderosamente su voluntad y
a luchar por todos los medios contra los enemigos de la vida. Enseñaría
al enfermo a tener esperanza, resolución y ánimo. Nuestros prejuicios
y aprensiones son los únicos límites de nuestro poder. El hombre
no logrará éxito alguno sin confianza en sí mismo. Por regla general
nosotros nos cerramos el camino.

“Cada cosa engendra su semejante en el universo entero. El odio, la
envidia, la ruindad, los celos y la venganza tienen sus cachorros. Cada mal
pensamiento engendra otro, y cada uno de estos, otros y otros en reproducción
incesante, hasta abrumarnos con su innumerable descendencia”.

“Los médicos del porvenir no curarán el cuerpo con medicamentos
de farmacopea, sino la mente con preceptos”.

“La madre futura enseñará a sus hijos a calmar la fiebre de la ira,
del odio y de la malicia, con la gran panacea universal: el amor. El
médico del porvenir enseñará a las gentes la práctica placentera de
las buenas acciones como tónico del corazón y elixir de vida, pues un
corazón alegre vale por la mejor medicina”.

La salud de tu cuerpo, lo mismo que la fortaleza y sanidad de tu
mente dependen de lo que relaciones contigo mismo. Según hemos
visto, Dios, en infinito Espíritu de vida, la Fuente de todo bien, excluye
por su propia esencia toda enfermedad y flaqueza. Alcanza, pues, el
pleno, consciente y vital convencimiento de tu unidad con Dios, y constantemente
renovarás tu cuerpo vigoroso y sano.

“Siempre vence a la maldad el bien; y a la salud a donde el dolor
se marcha. El hombre es tal como son sus pensamientos. Levanta el
corazón a Dios”.
Todo cuanto hemos dicho puede resumirse en una frase: “Dios es
para vosotros lo mismo que vosotros sois”. Debéis despertaros al conocimiento
de vuestro verdadero ser. Al despertar determinaréis las
condiciones que han de exteriorizarse en vuestro cuerpo. Debéis
convenceros por vosotros mismos de vuestra unidad con Dios. La voluntad
divina será entonces vuestra voluntad. La de Dios, y con Dios
todas las cosas son posibles. Cuando reconozcamos con entera independencia
esta unidad, no solo desaparecerán nuestras enfermedades
y dolencias corporales, sino toda clase de obstáculos, limitaciones
y entorpecimientos.

Entonces se cumplirá: “Deléitase en el Señor y Él satisfará los
deseos de tu corazón”. (Salmo 37:4). Entonces dirás: “Las cuerdas me
cayeron en lugar deleitoso y verdaderamente hermoso de mi herencia”.
(Salmo 16:6). Con ánimo tranquilo confiarás en el porvenir. Alcanza desde
luego la verdadera vida y acuérdate que sólo lo óptimo es suficiente
bien para quienes como nosotros tenemos tan regia herencia.

***

456 - JOYAS ESPIRITUALES - 06/00 - FRATERNIDAD ROSACRUZ DEL PARAGUAY

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